Capítulo Final

Tras superar fuertes ventiscas y temperaturas bajo cero, Félix y los demás por fin llegaron a Prox, la norteña aldea a los pies del faro. Allí se enteraron de que ellos ya habían iniciado el ascenso hacia el faro, así que fueron detrás. A los pies de la torre se extendía un tremendo vacío que crecía poco a poco. Tendrían que darse prisa si no querían que el faro cayese en el abismo y fuese imposible evitar la destrucción del mundo. Tras sortear durísimas trampas, llegaron a una sala donde dos enormes dragones de fuego les cortaban el paso. Tras un duro combate contra ellos, los dragones, semiinconscientes, se transformaron en Karst y Agatio. A duras penas lograron farfullar que, estando a punto de encender el faro, un misterioso ser los había transformado en dragones. Le pidieron a Félix que encendiese el faro por ellos, y Agatio le entregó la Estrella de Marte. Con ella en su poder, Félix y los demás lograron subir a la cima del faro.

Allí estaba el altar del cuarto faro. La Alquimia estaba a punto de ser liberada. Félix caminó seguro hacia el altar, confiado en que toda esta historia terminaría pronto. Pero entonces apareció alguien. Una enorme roca con un solo ojo cerró el paso al Adepto de Tierra. Era el Sabio. Se dirigió a Hans y le dijo:

-¡Traidores! ¡Me habéis desobedecido! Os dije que evitaseis que encendiesen los faros, no que les ayudaseis a hacerlo.

-Pero gran Sabio,- contestó Hans, midiendo sus palabras- si no liberamos la Alquimia el mundo de Weyard será destruido.

-Y si la liberáis, la humanidad de encargara de hacerlo, como hizo en el pasado.

-No tiene por qué- le reprochó Kraden- podemos utilizar la Alquimia para hacer el bien. Con ella podríamos crear grandes ciudades y avanzar como civilización. Podría ser el inicio de una nueva edad dorada.

-Los humanos somos por naturaleza egoístas. Llevo sobre esta tierra muchos más años que todos vosotros juntos, y he podido observar con detenimiento la forma de ser y de pensar de la humanidad. La ambición, el ansia de poder, es característica de nuestra especie. Siempre va a haber alguien dispuesto a utilizar el poder de la Alquimia sobre los demás, y, de hecho, ya lo hay… Mientras nosotros hablamos, vuestro amigo Alex está escalando el Monte Aleph.

-¿El Monte Aleph? –pregunto Mía-  ¿Qué hace Alex tan lejos de aquí?

-Ha sido más inteligente que vosotros. Sabe que cuando los cuatro faros sean encendidos, todo el poder antaño sellado, la Alquimia pura, se concentrará sobre el Monte Aleph. Aquel al que bañe esa luz sagrada, el llamado Sol Dorado, recibirá un poder sin límites y la vida eterna. Alex ambiciona todo esto, os ha estado utilizando desde el principio, a vosotros, a Saturos y a Menardi, a Karst y Agatio, para lograr su propósito. Él es el verdadero peligro, por eso los faros no deben de ser encendidos.

Una exclamación de sorpresa general sonó entre el rugir de la ventisca que arreciaba por momentos.

-¿¿Qué?? No es posible… –murmuró Mía- Alex nunca haría algo así… Lo conozco desde pequeño. Puede que en estos últimos años se haya vuelto más frío y egoísta, pero en el fondo tiene buen corazón.

-De todos modos -dijo Félix- sino liberamos la Alquimia, Weyard estará condenado igualmente a su destrucción. Así que no tenemos más remedio que encender este faro.

-Veo que no os puedo hacer cambiar de opinión. Mi papel como guardián me impide intervenir en las acciones de la humanidad…

-¡Pues entonces apártate –bramó Garet- y deja a Félix encender el faro!

-Sin embargo –continuó el Sabio- podría ocurrir un milagro… Un milagro que impidiese que el faro fuese encendido. Un milagro…, ¡como este!

De repente, un rugido infernal ahogó el aullido constante de la ventisca. Una sombra gigantesca se fue acercando al faro. Pronto, Félix y los demás pudieron vislumbrar que esa misteriosa criatura que se acercaba no era ni nada más ni nada menos que un dragón de tres cabezas.

-¿Este es tu milagro? ¿Otro jodido dragón? –gritó Garet, desenvainando su espada- Acabamos de derrotar a otros dos, este será pan comido.

A pesar de sus palabras optimistas, había miedo en los ojos de los guerreros.

Kraden, nada más ver que su nuevo enemigo era también un dragón, se quedó pensativo. No podía ser una coincidencia. Si los otros dos eran Karst y Agatio transformados por un misterioso ser, y este tenía tres cabezas, pensó el erudito, no podían ser más que…

-¡FÉLIX! ¡DETENTE! –gritó Kraden- ese dragón es en realidad…

Pero era ya tarde, la batalla ya había comenzado. Y desgraciadamente, esta vez no fue pan comido. Sin embargo, la derrota no era una opción. El faro debía de ser encendido. Con el poder de los ocho guerreros juntos, y con toda su fuerza de voluntad y coraje, los Adeptos lograron acabar con el dragón.

Tras darle el golpe de gracia, el dragón se transformo tal y como habían hecho los dos anteriores. En el suelo yacían tres cuerpos, dos hombres y una mujer.

-Me lo temía… –las palabras de Kraden apenas salían temblorosamente de su boca- son vuestros padres…

Efectivamente, eran el padre de Hans y los padres de Félix y Nadia. La sonrisa y el color se borraron de la cara de los dos guerreros, mientras que a Nadia le fallaron las piernas y se echó a llorar. Piers y Mía intentaron curar a los tres caídos, sin éxito.

-¡SABIO!- gritó entre sollozos Félix- ¡no eres digno de ser llamado guardián, no eres más que un demonio sin alma! Pero la muerte de mis padres no será en vano, ¡pienso encender el faro y acabar con esta historia de una vez por todas!

Tras estas palabras, Félix se dirigió al altar y arrojó la Estrella de Marte. Una enorme bola de luz carmesí se formó sobre sus cabezas. Por fin, los cuatro faros habían sido encendidos.

De repente, los guerreros empezaron a escuchar voces de gente que se encontraba en otros faros. Les contaban que el Sabio se les había aparecido en sueños y les había avisado de que se apartasen de las almenaras y del Monte Aleph, pues serían lugares peligrosos durante la liberación de la Alquimia. Todos se extrañaron, pues a pesar de haber utilizado sin escrúpulos a sus propios padres contra ellos, el Sabio ahora parecía estar intentando salvar a la gente.

Pero no había tiempo para reflexionar. El faro empezó a temblar, así que los guerreros intentaron huir con los cuerpos de sus padres. Desgraciadamente, era demasiado tarde. Las esferas de los faros se rompieron, y una intensa luz salió de ellas. La luz de Marte les cogió de lleno a todos.

Cuando por fin todo se despejó, Félix abrió los ojos, pero inmediatamente volvió a cerrarlos y a frotarlos. No podía creer lo que acababa de ver. Al volver a abrirlos, se dio cuenta de que no era una ilusión. Los tres guerreros caídos, sus padres, se encontraban de pie, sin ningún rasguño. De algún modo, la luz de Marte los había resucitado.

Mientras tanto, en el Monte Aleph, Alex había llegado por fin a la cima, justo a tiempo para recibir de lleno la luz del Sol Dorado. Tras bañar el haz de Alquimia pura su cuerpo, Alex, deseoso de probar sus nuevos poderes, intentó convocar una tormenta eléctrica. Sin embargó, no apareció ni una chispa.

-No entiendo nada…, ¿si se supone que tengo un poder ilimitado, como es que no puedo convocar una simple tormenta?

-Igual no es tan ilimitado como tú crees…

Alex, sorprendido, se dio la vuelta. Flotando en el aire, una gran roca de un solo ojo lo miraba fijamente.

-¿Quién eres tú? ¿Y a que te refieres?, ¿acaso el Sol Dorado no me ha conferido el poder supremo de la Alquimia?, ¿acaso no soy inmortal?- preguntó nerviosamente el Adepto.

-Me llaman el Sabio. Y sí, el poder es tuyo, pero eso no significa que tenga la fuerza que tu esperabas. Simplemente, tu Psinergía es algo más potente, y tu vida un poco más larga…

Alex no podía creerlo. El esfuerzo de tantos años parecía desmoronarse por momentos.

-¡Deja de decir tonterías!, ¡ahora soy invencible, prueba un poco de mi poder! ¡¡Fuerza!!

Un haz de energía salió de la mano de Alex directo al Sabio. Este, sin pestañear, murmuró “Reflejar”. El rayo salió rebotado y terminó impactando contra su lanzador, tirándolo al suelo.

-No…entiendo…nada…Mi…sueño…perdido…

-Alex, no eres invencible, tu poder tiene límites, al igual que tu cuerpo. Y tampoco eres el único poseedor del poder de la Alquimia. La luz de Marte ha alcanzado de lleno a Félix y los demás guerreros, y eso les ha dado parte del poder del Sol Dorado.

El suelo de repente comenzó a temblar violentamente. Alex, que trataba de levantarse, volvió a caer al suelo debido al fuerte seísmo.

-El Monte Aleph se está derrumbando debido a la gran carga energética que acaba de recibir. Tu egoísmo y tu ansia de poder han sido tu perdición. Venir hasta aquí ha sido un error, ahora serás enterrado junto con toda la montaña…

El monte finalmente se colapsó, y toneladas de piedra cayeron en todas direcciones provocando un gran estruendo. El Sabio se acercó a observar el desastre. Tras un rato esperando, suspiró aliviado.

-Ha estado cerca…-pensó el Sabio- si la montaña llega a tardar unos minutos más en derrumbarse, Alex se hubiese dado cuenta de que le estaba mintiendo. Recibir de pleno una de las más poderosas energías del universo no es algo que un cuerpo humano asimile rápidamente. Pero unos instantes más y la Psinergía de Alex hubiese crecido tanto que probablemente hubiese podido escapar. Si pudiese interferir en las acciones de la humanidad todo hubiese sido mucho más fácil…

El Sabio ya había dado media vuelta y se dirigía a comprobar si los habitantes de Tale habían escapado después de su aviso cuando ocurrió… un milagro. Un milagro que quiso que el poder del Sol Dorado se asentase lo suficiente en el maltrecho cuerpo de Alex como para que este, en un desesperado intento de sobrevivir, lograse crear un escudo de energía a su alrededor. Un milagro que permitió que ese débil escudo resistiese la caída de toneladas de roca.

Un milagro que sellaría el destino del universo.

El Sabio se volvió, temiéndose lo peor, al oír una explosión a su espalda. Cuando se despejó el humo, pudo vislumbrar la figura de Alex flotando en el aire. Su cuerpo estaba rodeado de ondas psinérgicas muy energéticas que alteraban la atmósfera del lugar. Comenzaron a saltar chispas de su cuerpo en todas direcciones. El Sabio observó una leve sonrisa en el semblante impávido de Alex, que estaba tan sorprendido como él del giro de los acontecimientos. De repente, Alex estalló en una carcajada macabra, mezcla de su ira y del júbilo producido por poseer un poder infinito.

Entonces, Alex alzó lentamente la mano hacia el Sabio y con una voz fría, serena y llena de odio, dijo.

-Que iluso… ¿pensaste que me podrías engañar con tus absurdas historias? Las leyendas hablaban claramente de un poder infinito, el que poseo yo ahora. Pero no estés triste, siéntete orgulloso, pues tendrás el privilegio de ser el primero que caiga ante el poder del Sol Dorado. ¡¡¡Rayo Agudo!!!.

Un rayo calorífico de grandes dimensiones salió de la mano de Alex  y desintegró por completo al Sabio. Lo único que quedo de él fueron pequeños fragmentos de roca que se desperdigaron por todo el lugar.

Durante los siguientes meses Weyard sufrió tormentas, inundaciones, erupciones y otros fenómenos naturales catastróficos que causaron numerosas muertes a lo largo y ancho de los continentes, sobre todo en la ciudad de Ímil, que desapareció por completo bajo la lava de un volcán aledaño. Todas estas catástrofes fueron atribuidas a la liberación de la Alquimia. Pero ningún Adepto sabía que en realidad se había consumado la tan ansiada venganza de Alex.

Un día, las catástrofes desaparecieron. Y no se supo en Weyard nada más de Alex.