Capítulo 1: Introducción

Todo empezó hace unos cuantos milenios. En una galaxia perdida en el vasto universo, existía un pequeño planeta en el cual la presencia de la magia era tan intensa que hasta su forma, en diferencia a la esférica habitual, era plana. En Weyard, que así se llamaba este mundo, la magia era algo común. Sus practicantes se hacían llamar Adeptos, y controlaban un tipo de magia denominado Alquimia o Psinergía. Esta se basaba en el control de los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire. La Alquimia convivía con los habitantes de Weyard haciéndoles la vida más fácil, apagando los incendios con lluvias torrenciales, mejorando los cultivos con tierra fértil, cambiando los vientos para favorecer la navegación…

Pero la codicia y el ansia de poder acabaron por corromper la pureza de algunos de los habitantes, sobre todo de los Adeptos más poderosos que querían gobernar sobre los demás con su avanzado poder. Los más sabios de Weyard, que formaban el Gran Consejo, decidieron que la única manera de evitar una futura guerra global era confinar la Alquimia de forma que nadie más pudiese volver a utilizarla. Para ello, los setenta y dos sabios que lo formaban se sacrificaron para sellar todo el poder elemental en cuatro joyas que llamaron Estrellas Elementales. Para protegerlas contra cualquier intento de robo, los sabios se transformaron en pequeñas criaturas llamadas Djinns. El líder del Consejo, considerado el mejor Adepto de Weyard, fue el responsable de controlarlos, y para ello se reencarnó al morir en una roca Psinérgica, que le proporcionaba un uso de esa magia casi ilimitado, aunque no por ello más poderoso. Por si alguna vez se necesitase romper el sello, se construyeron cuatro grandes faros en distintos puntos de Weyard. Si se introducían las Estrellas en el pequeño altar que coronaba la cima de cada uno, estas se romperían y liberarían todo su poder en forma de un pequeño Sol Dorado sobre el Monte Aleph, un volcán donde fueron guardadas las Estrellas, ocultas en un gran templo bajo tierra lleno de trampas. Y allí estuvieron durante mucho, mucho tiempo…

Siglos más tarde, el mundo estaba sumido en el caos. Al privarse de la Alquimia, Weyard se desestabilizó y comenzó poco a poco a desaparecer. Había mucha gente a favor de que se encendiesen los faros, pero nadie había dado el primer paso y las Estrellas seguían en el templo.

Al mismo tiempo, en la fría aldea de Ímil, a los pies del Faro de Mercurio (es decir, el faro del elemento agua), vivía un joven pero poderoso Adepto llamado Alex. Sus padres habían muerto durante una ventisca cuando él era sólo un niño. Como no tenía más familia, tuvo que sobrevivir haciendo trabajos mal pagados donde podía, sufriendo a veces por ello macabras humillaciones a manos de sus jefes. Tras años de abusos, el carácter de Alex, en su día ingenuo y amable, fue volviéndose más frío y egoísta, y su ansia de venganza crecía con el tiempo en su castigado corazón. Él quería ser más fuerte, tan fuerte que nadie pudiese ordenarle nada nunca, que nadie pudiese reírse de él jamás. Quería ser temido por todos los seres de Weyard.

Un día le encargaron ordenar todos los libros de la biblioteca que se habían caído de las estanterías, tras uno de los muchos terremotos que últimamente asolaban el mundo. A Alex le encantaba leer, así que siempre que le ordenaban algún trabajo en la biblioteca solía echar una ojeada a los títulos y llevarse algunos sin que se dieran cuenta. Pero ese día iba a ser distinto.

Mientras revolvía entre un montón de libros viejos, Alex encontró uno que trataba de viejas leyendas. Una de ellas, que trataba sobre el Sol Dorado, le llamó la atención. Contaba que todo aquel Adepto que tocase la luz que caería sobre el Monte Aleph el día que todos los faros estuviesen encendidos poseería un poder tan inmenso que lo volvería totalmente invencible. Alex vio la oportunidad de salir de aquella mísera vida y de hacer pagar a todos el daño que le habían hecho, pero se dio cuenta de que si quería encender los faros tendría que conseguir ayuda de otros Adeptos. El sólo no podría sortear todas las trampas y derrotar al mismísimo Sabio, el líder del Gran Consejo.

Durante varios años, Alex viajó por todo el mundo en busca de alguien lo suficientemente fuerte como para luchar a su lado, hasta que un día, en una perdida aldea del Extremo Norte sumida en ventiscas perpetuas, descubrió algo que lo dejó atónito. El Faro de Marte, es decir, el faro del elemento fuego, que según los libros de historia fue edificado al pie de un gran lago helado, ahora estaba a punto de ser tragado por una grieta de un tamaño descomunal. Hablando con los jefes de la aldea, desesperados por frenar la grieta que también amenazaba con tragárselos a ellos, se enteró de que habían estado entrenando a un pequeño grupo de Adeptos para que fuesen a encender los faros y poder salvar el planeta de su inequívoca destrucción. Alex, decidido, se unió a ellos, y juntos se dirigieron al Monte Aleph.