Capítulo X+1: Latido mudo

El interior de la torre de Khaiden parecía haber sufrido los efectos de un devastador terremoto. Todo aquello que había estado en su momento colgado de las paredes de piedra ahora yacía destrozado en el suelo. Las vibraciones causadas por el bombardeo orbital habían derribado armaduras, tumbado estanterías y descolgado cuadros y tapices. También se apreciaban los estragos típicos de una batalla. Columnas derruidas, muros agrietados y… cadáveres. Allá donde alcanzase la vista, los cuerpos de los alumnos y profesores de Khaiden yacían sobre las baldosas, ahora carmesíes a causa de la sangre derramada.

-Mierda… he llegado demasiado tarde-.

A lo lejos se escuchaba un griterío y algún que otro estruendo intermitente, signo inequívoco de una batalla aún por concluir. El hombre se dirigió rápidamente hacia esa dirección. Todavía quedaba esperanza.

Dos hechiceros con túnicas azul brillante le cortaron el paso. Lo habían visto venir desde lejos y habían cargado un hechizo en sus varitas para atacarle por sorpresa. El hombre logró esquivar los conjuros en el último instante, teletransportándose detrás de ellos. Aprovechando el factor sorpresa, conjuró una bola naranja en sus manos. La lanzó contra el hechicero más cercano, al cual le impactó de lleno, derribándolo. La bola de energía rebotó tras impactar, directamente hacia el lanzador. Aprovechando la inercia de su propio conjuro, el hombre lo golpeó con su mano, redirigiéndolo contra el otro hechicero. Aunque estaba prevenido de lo que iba a suceder, la bola iba demasiado rápida como para esquivarla, por lo que el segundo hombre de túnica azul salió despedido varios metros antes de chocar contra la pared de piedra. El hechizo volvió a salir rebotado, pero esta vez el lanzador decidió apartarse. El conjuro estalló a su espalda, astillando una estantería y agrietando la pared.

El ruido atrajo a varios soldados del Imperio. Iban ataviados con un traje de aramida negro de cuerpo entero y armados con rifles láser, lo que implicaba que eran tropas de élite de la Mano Negra. Se desplegaron rápidamente por la sala, asegurando el perímetro sin dejar de apuntar en ningún momento al hombre ni a los hechiceros derribados. El soldado que parecía estar al mando se acercó al hombre.

-Identifíquese- dijo el soldado, sin dejar de apuntarle-.

-Soy Agahnim, el hechicero personal del Emperador, y por lo tanto su superior. Identifíquese usted.

El soldado se percató de la túnica roja con el ojo estampado que llevaba el hombre debajo de la capa de viaje marrón. Dio una orden en voz alta y el resto de soldados dejaron de apuntarle.

-Soy el capitán O’Brian, de la Fuerza Operativa Foxtrot, señor –dijo el militar, haciendo el clásico saludo militar imperial apoyando el puño cerrado en la sien-. Le ruego que me disculpe por haberle apuntado, pero estamos en una zona de guerra.

-Lo sé, no se preocupe, capitán. Escuche atentamente. Debe retirar todas las tropas de la torre. Necesito encontrar a una hechicera, viva.

-Pero señor… tenemos órdenes directas del general Sturm de tomar la torre…

-¡Capitán! -gritó Agahnim, con tono severo-. Estoy por encima de los generales en la escala de mando. Le repito que ordene el cese del fuego de todas las unidades de Khaiden.

-¡Sí, señor! -exclamó O’Brian, haciendo el saludo militar. Luego presionó el botón del intercomunicador de su uniforme-. A todas las unidades. Aquí el capitán O’Brian con órdenes directas del alto mando. Que cese el fuego. Repito, que cese el fuego.

O’Brian tuvo que discutir unos instantes con su superior directo, hasta que finalmente logró convencerlo de la validez de las órdenes.

-Ya está solucionado, señor. Le escoltaremos a la zona de batalla.

-No. Podría haber más bajas de las necesarias. Tan sólo indíqueme el camino, capitán.

Agahnim siguió las indicaciones de O’Brian. Por el camino se encontró a varias tropas del Imperio en retirada. Para evitar más pérdidas de tiempo en identificaciones, el hechicero decidió prescindir de la capa de viaje. La túnica roja hizo su función. Los soldados pasaban de largo, mirando al hechicero con una mezcla de incredulidad y respeto. Agahnim tardó pocos minutos en llegar al antiguo frente de batalla. Lanzó un conjuro de invisibilidad sobre sí mismo para pasar inadvertido entre los miembros de Khaiden supervivientes. Reconoció a algunos de ellos. La mayor parte estaban heridos, pero aún así se afanaban en recorrer uno a uno todos los cuerpos caídos buscando más supervivientes. Agahnim hizo lo mismo, buscando con desesperación una cara que ya creía olvidada. En el fondo esperaba no encontrarla allí. Eso significaría que podría estar en alguna colonia perdida en lo más profundo del Espacio Republicano, alejada de la guerra, a salvo junto a Max y a Diana. De ellos dos tampoco había ni rastro.

El hechicero no se rindió. Siguió registrando los cuerpos caídos y observando las caras de los supervivientes. Uno tras otro. Habitación por habitación. Sin descanso.

El sombrero…

Lo vio a lo lejos. Un sombrero de fieltro color caqui. Lo hubiese reconocido en cualquier parte. Lo había comprado él mismo, durante uno de sus paseos por la capital. Cuando todavía estaban juntos.

Agahnim se acercó, corriendo. No le importó que sus pisadas resonasen en toda la estancia, atrayendo la mirada de algún curioso que rastreaba su origen. Buscó alrededor del sombrero. Había varios cuerpos esparcidos. Miró uno por uno.

Y la encontró.

Estaba inconsciente. Tenía varias quemaduras de láser por todo el cuerpo, y su abdomen estaba empapado en sangre. Agahnim acercó su mano al cuello, buscándole el pulso. Durante un segundo el tiempo se congeló. El hechicero contuvo la respiración.

Latido.

Estaba viva. Tenía que salvarla. No sabía apenas nada de magia curativa pero lanzó un hechizo muy básico que había aprendido entre esas paredes.

El resplandor atrajo a varios curiosos. Agahnim entendió que el hechizo de invisibilidad carecía de sentido, así que lo desactivó.

-¡Que alguien me ayude! -les gritó Agahnim a los hechiceros que se estaban acercando-. Se está muriendo, ¡necesita asistencia!

Los curiosos, en cuanto vieron ondear la túnica roja de Agahnim, salieron corriendo. Lo habían reconocido. Sabían que no tenían nada que hacer contra uno de los hechiceros más poderosos del Imperio. No escucharon sus palabras. Simplemente huyeron.

-Aura, despierta, por favor. Despierta. Soy Pete. He vuelto.

El hechizo estaba agotando a Agahnim. Era demasiado simple como para canalizar eficazmente su energía. No lo iba a conseguir.

Aura abrió los ojos.

Agahnim los miró. Aquellos enormes faros de color almendra que una vez lo habían enamorado. Le vinieron a la mente cientos de escenas, recuerdos que había recluido selectivamente en su memoria. Las partidas de cartas, los paseos por Arcadia…

Aura gritó, asustada al ver al orco azul que lo miraba desde arriba.

-Aura, Aura, soy yo, Pete. Soy Pete. ¿No me recuerdas?

-¡Sal de mi vista, engendro! -gritó Aura, para luego gemir de dolor-. ¡Tú no eres Pete,  eres el mago que nos habló en el desierto!

-Sí, es cierto. Soy Agahnim, el hechicero personal del Emperador. Pero antes fui Pete. ¿No me recuerdas, mona?

El hechicero se llevó la mano a la frente y se quitó la diadema. Se la acercó a Aura, enseñándole la piedra incrustada.

-Es el granate que me regalaste. ¿No te acuerdas? Lo he llevado desde que me lo diste. Te prometí que estaría siempre contigo. Pero no pude cumplir esa promesa. Matar a Henry fue el peor error que he cometido, y me arrepiento a cada instante. Porque la venganza me separó de ti.

-¿Pete? ¿En serio… eres tú? -Aura abrió mucho los ojos. No terminaba de creérselo-. ¿Por qué… estás tan azul y horrible?

-Tuve que tomar una poción mutágena para salir de Khaiden sin ser reconocido. Iba a ser temporal, pero debí de prepararla mal. Los efectos se volvieron permanentes. No hablemos ahora. Tengo que sacarte de aquí. Necesitas un médico.

-No…, no me muevas, Pete. La última explosión…Me he caído sobre algo afilado, creo.

Agahnim se fijó en el abdomen de la hechicera. De la herida, de la que no paraba de brotar sangre, sobresalía una varilla metálica.

-¡Mierda, mierda, mierda! Aura, no te mueras, por favor. Tengo muchas cosas que decirte. Te llevaré conmigo a Gerudo, lo prometo. No pienso volver a abandonarte.

-Pete… ¿por qué no volviste antes? Te esperé… todo este tiempo. Max me dijo que estabas bien. Pensé que… algún día volverías.

-No podía volver. El Consejo me buscaba. Y después me fue imposible. Deje de ser Pete y me convertí en Agahnim. Pero nunca te olvidé. Siempre conservé el granate. Y… aún te amo como el primer día. No he pensado en nadie más que en ti durante todos estos años.

-Pete… yo… yo… siento que haya sido todo así. Fui débil… con Henry. Nunca… nunca te he olvidado. Siempre has sido mi… mi… tonto favorito.

Aura cerró los ojos y sonrió. Era una sonrisa sincera, de paz.

-Aura, no fue culpa tuya. Yo fui quien lo jodió todó al matar a…

Agahnim se calló de repente. La expresión de Aura no cambiaba. Seguía sonriendo. Y sus ojos cerrados.

-¿Aura? ¡Aura, despierta! ¡AURAAA!

La hechicera no respondía. Agahnim le puso el dedo sobre el cuello. Otra vez el tiempo se congeló.

No había pulso.

-Hasta el último suspiro de tus pulmones, hasta el último latido de tu corazón…

Agahnim rompió a llorar. Abrazó el cuerpo de la hechicera y ahogó sus lágrimas en él. Estuvo allí tendido varios minutos, sollozando. Finalmente, se levantó, cubrió el cuerpo de Aura con su capa bermellón y avisó telepáticamente al capitán O’Brian de que asegurasen la zona y llevasen el cadáver marcado a su transbordador. Después, el hechicero salió de la estancia en la dirección en la que habían huido los demás hechiceros.

Quería venganza.

Rastreó sus auras hasta que los encontró. Se habían atrincherado en el comedor principal de la torre. Agahnim reventó la puerta con un hechizo y entró en la amplia estancia en la que tanta veces había estado.

Los hechiceros reaccionaron rápido. Lanzaron todos los conjuros que pudieron contra el intruso. Agahnim levantó una barrera delante de él y los bloqueó.

Luego generó dos bolas de energía. Una en cada mano.

-¡Acabo de perder lo único que amaba en este universo! -dijo en voz alta, para que todos los hechiceros lo escuchasen-. Ahora tan sólo queda odio en mi interior. Odio hacia todo miembro de esta maldita escuela, que permitió violaciones entre sus paredes, odio hacia toda la República, que provocó esta absurda guerra. Pero a vosotros os tengo un odio especial. Decidisteis no ayudar a una compañera herida, y por vuestra culpa acaba de morir. ¡Ahora, cabrones, pagaréis por ello con vuestra propia vida!

Agahnim lanzó sus conjuros hacia los objetivos más cercanos, y con extraordinaria habilidad, fue rebotando las bolas de energía hacia cada uno de los hechiceros de la sala. En cada viaje, las esferas ganaban velocidad y, por lo tanto, se volvían más letales. A los primeros hechiceros simplemente los derribaban pero, tras unos cuantos rebotes, las dos bolas desintegraban todo objetivo al que impactaban. Los hechiceros eran incapaz de esquivar tan mortíferos y veloces proyectiles. Los pocos que lograron bloquear los conjuros con escudos protectores vieron impotentes como las esferas de energía simplemente rebotaban de nuevo hacia el lanzador, el cual con una velocidad pasmosa las volvía a redirigir hacia ellos. En menos de un minuto, Agahnim había acabado con todos los hechiceros de la sala. Finalmente, dirigió las bolas contra las paredes. La energía cinética que habían acumulado originó una explosión descomunal que provocó el derrumbe del comedor. El hechicero escapó de allí rápidamente para evitar ser aplastado.

Tras ello, Agahnim salió de la Torre de Khaiden en dirección a su transbordador. Allí se encontró con O’Brian, que había cumplido su misión. El cuerpo de Aura, cubierto con la túnica bermellón, se encontraba a salvo en el interior de la nave. Agahnim subió en ella.

-¿Alguna orden más, señor? -preguntó el capitán-.

-Sí. Que todas las tropas se retiren de la torre y sus alrededores.

-Pero señor, aún no hemos asegurado los pisos superiores. El general Sturm nos ordenó registrarlos en busca de artefactos…

Agahnim lo penetró con la mirada. El capitán se estremeció de los pies a la cabeza.

-¡Sí, señor! –gritó realizando el saludo militar más perfecto de su vida-.

El transbordador despegó a los pocos minutos, rumbo al Executor. Una vez allí, Agahnim fue directo al puente, donde se encontraba el general Vader.

-General, no he encontrado nada de valor en la torre de Khaiden. Proceda a su bombardeo.

-A sus órdenes -respondió Vader, para luego dirigirse al oficial al mando del Executor-. Almirante Ozzel, inicie el bombardeo orbital de precisión en las coordenadas designadas como Kilo Hotel Alfa. Utilicen armamento nuclear.

A los pocos minutos, tres misiles nucleares procedentes del Executor impactaron con extraordinaria precisión contra la Torre de Khaiden. Se produjo una violenta explosión que redujo a escombros el colosal edificio y una extensa área a su alrededor.

Agahnim lo observó todo desde una ventana de la titánica nave capital de la Tercera Flota. No pudo evitar que una solitaria lágrima se deslizase por su mejilla. Sería la última que derramaría en su vida.