Capítulo 7: El Mundo Libre

…pues bien es sabido que todo buen líder de esta gran nación debe de poseer las tres grandes virtudes del Ser Superior; nunca en defecto ni en exceso, sino en el justo punto medio que permita la prosperidad y el progreso para la República. Un buen líder poseerá el justo Poder, pues su exceso provoca la corrupción de la persona y la caída en ignominiosos métodos de gobierno propios del Imperio y su defecto incapacita al gobernante para defender a la nación de sus enemigos. También poseerá la justa Sabiduría, pues su exceso desemboca en un gobierno elitista, mecánico y alejado de la voluntad del pueblo y su defecto origina un gobierno incapaz de tomar las decisiones correctas para el beneficio de sus ciudadanos. Por último, un buen líder debe de tener el justo Valor, pues su exceso desencadena guerras innecesarias y su defecto incapacita al gobierno para hacer frente a los obstáculos que se le presenten a la República…

“No aguanto más”, pensó. A él le encantaba la lectura, disfrutaba devorando las comedias de Helidonte, lloraba con las trágicas desventuras del explorador Golomino y, de vez en cuando, se permitía noches de reflexión enriqueciéndose con las obras de los filósofos clásicos, como Eurócide o Calisteo. Pero ese denso volumen de política podía con él. Desgraciadamente, como canciller recién electo, se le requerían ciertos conocimientos de la Política Clásica de Pontier. “Demasiado idealista para mí.”, pensaba mientras cerraba el libro, marcando cuidadosamente la página, y lo dejaba encima de su recién estrenado escritorio de su recién estrenado despacho de canciller, “Es imposible encontrar a nadie que aúne a la perfección esas supuestas virtudes, todos tenemos nuestros pequeños defectos. Además, la política actual solo depende de dos virtudes esenciales, la amplitud de tu agenda y el grosor de tu cartera”.

Robert Vanegan se asomó a la ventana. Las vistas desde el despacho presidencial no podían ser mejores. Desde allí se divisaban en su totalidad los jardines del Senado, repletos de rosas, lirios, orquídeas, jazmines, gladiolos, nomeolvides… cientos de especies distintas dotaban al níveo edificio del Senado de un variado abanico de colores, como un pintor puntillista haría sobre un lienzo en blanco. Robert aún no había asimilado del todo el hecho de estar al frente del gobierno de una nación de naciones. Criado en una familia rica dedicada desde hace generaciones a la política, no tuvo difícil hacerse un hueco entre los líderes humanos gracias a las influencias de su padre, Vincent Vanegan, actual senador y excanciller del Senado. Pronto aprendió los entresijos de la clase dirigente: en quién debía confiar, a quién debía comprar, con qué senadores le convenía codearse… Cuanto más aprendía Robert sobre el arte de la política, más le repugnaba. Al principio se sorprendió de lo extendidas que tenía sus garras la corrupción y la usura en un gobierno que promulgaba como sus principales ideales la bondad, el honor y la humildad. Al final acabó acostumbrándose y, con cierta desgana, usó sus conocimientos recién adquiridos para escalar posiciones en las altas esferas. Finalmente, en las últimas elecciones, había sido elegido canciller con el apoyo de la amplia mayoría humana y, sorprendentemente, de la totalidad de los enanos, a los que su programa electoral basado en el expansionismo y la explotación minera de las colonias había agradado ampliamente.

Robert consultó su PDA. Tenía su primer pleno del Senado a la mañana siguiente. Sabía cuál sería el punto principal de la asamblea, pues su recién estrenado secretario le había puesto al día hacía apenas unas horas. Debido a la reciente campaña electoral, Robert había estado ausente de los últimos plenos y había perdido el hilo de los temas de actualidad. Un pequeño precio a pagar por su victoria, que había sido subsanado tras dos horas de inmersión en los informes de su secretario. “Sin duda una lectura mucho más ligera que Pontier”, había pensado el canciller al despachar los informes.

Una sirena sonó en la lejanía. Era la segunda de la tarde. Robert comprobó su reloj de pulsera, que marcaba exactamente las nueve menos cuarto. “En un cuarto de hora cerrarán el Muro” pensó el canciller mientras echaba un último vistazo a los jardines antes de cerrar las contraventanas. “Las calles ya deberían de ser seguras, es hora de ir para casa. Mañana me espera un largo día…”

Mientras Robert introducía la tarjeta llave en la ranura situada al lado del portal de su edificio, escuchó la última sirena del día, que indicaba el cierre del Muro. Esta gigantesca muralla de ocho metros y medio de altura separaba el núcleo político de Arcadia de los barrios residenciales adyacentes. Durante el día, sus puertas estaban abiertas a turistas, comerciantes y curiosos, pero entre las nueve de la noche y las nueve la mañana se declaraba el toque de queda selectivo, y todo individuo sin autorización que se encontrase intramuros era inmediatamente detenido. Existían murallas a lo largo y ancho de la ecumenópolis, que protegían los edificios administrativos de los diferentes distritos y, por qué no decirlo, las residencias de la clase alta de Arcadia. Sin embargo, el Muro era la más importante pues delimitaba el centro neurálgico de la República: las embajadas, el Senado, la Cámara del Consejo de Sabios, la sede del Banco Nacional…

A pesar de su elitista sistema de seguridad, Arcadia era considerado un mundo libre. Por sus calles deambulaban de día seres de prácticamente todas las razas inteligentes del universo, sin control ni restricción alguno, lo que provocaba unos índices de criminalidad insoportables para cualquier mundo civilizado. La policía diurna de Arcadia, en el caso de existir, sería incapaz de contener las infinitas peleas raciales, los incontables robos, el contrabando o el tráfico de sustancias ilegales. La República había optado por una solución más sencilla, permitir todos los delitos durante el día y proteger a los valiosos ciudadanos de Arcadia durante la noche. Aquellos que se pudiesen permitir el certificado de ciudadanía de Arcadia, y por lo tanto el salvoconducto durante el toque de queda, podían realizar una segura vida nocturna en el interior de las murallas, mientras que durante el día permanecían a salvo en el interior de sus casas o lugares de trabajo. Sin embargo, la gran mayoría de habitantes de Arcadia debían de llevar un ojo a sus espaldas y un arma bajo el brazo, cuidando de no destacar entre la sempiterna multitud.

Robert desactivó la alarma de su despertador a las siete menos un minuto de la mañana. Los nervios no le habían permitido dormir bien esa noche. Llevaba desde las seis dando vueltas en la cama repasando mentalmente su discurso. Cada vez que lo repetía encontraba algo que podía mejorar: dos palabras repetidas demasiado juntas, un término demasiado técnico, pocas pausas para respirar… “Cuanto más piense en el maldito discurso, más nervioso me voy a poner”, pensaba Robert mientras esperaba a que la cafetera terminase su único cometido. Tras un frugal desayuno, el canciller, aún adormilado, se tomó una desagradable pero necesaria ducha de agua fría y se vistió con un fresco traje de lino oscuro con camisa blanca y corbata color aguamarina. Debido al potente efecto invernadero provocado principalmente por la superpoblación de Arcadia, el clima de la capital imposibilitaba el uso de una prenda más formal.

El canciller llegó al Senado muy pronto. Faltaba todavía una hora para el comienzo del pleno, así que Robert aprovechó para hojear los periódicos del día. La portada de uno rezaba: ¡La República te necesita! Se buscan familias deseosas de un futuro mejor para ayudar a establecer colonias en el Través. Trabajo garantizado. En otro se podía leer: Las fronteras se expanden. La carrera colonial avanza a pasos agigantados. Por cada colonia que funda el Imperio, nosotros fundamos tres. Robert, harto de tanta propaganda, fue directo a buscar el titular que le interesaba. Lo encontró finalmente mientras hojeaba el tercer periódico. Robert Vanegan se estrena hoy como nuevo canciller del Senado. ¿Logrará seguir la estela de su padre? “No han tardado ni una línea en mencionarlo.”, pensaba el canciller mientras empezaba a leer el artículo. El senador Robert Vanegan, nombrado canciller el pasado dos de junio, debuta hoy en su primer pleno como máximo mandatario de nuestra gran nación. Se espera que intensifique las políticas coloniales de su predecesor y compañero del PER, el senador Sahil Bonthar, durante su futura década al mando de nuestra amada República. Pero la pregunta que todos los ciudadanos se hacen es… ¿Estará a la altura del excanciller Vincent Vanegan, padre y mentor del nuevo mandatario? Para responder a esa cuestión debemos de analizar los numerosos logros políticos del excanciller, como la brillante gestión del conflicto independentista originado en el mundo élfico de Lúthien…

 Robert Vanegan abrió el periódico por la sección de pasatiempos y comenzó a resolver un crucigrama.

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