Capítulo 6: Todo tiene un precio

Lo primero en lo que se fijó el Médium al traspasar la puerta del estudio fue en la gran cantidad de estanterías de roble oscuro que se combaban con el peso de los enormes grimorios y tratados de magia del hechicero personal del Emperador. “Un hombre podría pasarse toda su vida encerrado en esta habitación y jamás lograría leer todos estos libros”, pensó el Médium mientras se dirigía hacia la figura que descansaba sobre un sillón de piel, enfrascada en la lectura de un enorme libro de hojas gastadas. Vestía una túnica roja con un ojo estampado que lo identificaba inequívocamente como el hombre que le estaba esperando.

-Buenos días -saludó el Médium mientras se acercaba lentamente al mago. Su aspecto distaba mucho del de un humano normal, con una piel de tono azulado y un rostro que recordaba vagamente al de un orco-. La verdad, debo felicitarle por su impresionante biblioteca. Me extraña no ver a algún estudiante de la torre negra fisgoneando por aquí.

El hechicero cerró despacio el libro, con cuidado de no dañar las delicadas páginas, y luego miró hacia su interlocutor.

-No creo que ninguno de estos libros pueda interesarle a un proyecto de nigromante. Siendo sincero, muchos de ellos ni siquiera soy capaz de leerlos. Y hasta hay alguno cuyas páginas están sellado con magia. Pero no has venido aquí a hablar sobre mi biblioteca, supongo.

-Siendo yo también sincero, ni siquiera sé por qué estoy aquí -contestó el Médium-. El Emperador, mi alma está a su servicio, me ha mandado a hablar con usted…

-Por favor, ahórrate los formalismos -le interrumpió el hechicero-. Si hay algo que detesto es el protocolo. Puedes llamarme Agahnim. A diferencia de ti, yo si se por qué estás aquí, Médium. Hoy en día los renegados somos un bien escaso. El Consejo de Sabios se encarga de que ninguno de nosotros llegue vivo a la frontera. La Torre de Khaiden, como bien sabes, es una de las escuelas de hechicería más herméticas de la República. Y cualquier información sobre sus actividades siempre es bien recibida por aquí.

Agahnim se levantó del sillón y se acercó al Médium para observarlo mejor. Le apartó la capucha de la túnica del cuello, descubriendo una cicatriz que estaba tapada estratégicamente por ella.

-La verdad me gustaría oír tu historia, como burlaste al Consejo, como te libraste del chip localizador… Yo tuve que sacármelo por cuenta propia, con un cuchillo y un espejo como única ayuda. Los muy cabrones te lo ponen justo debajo de la carótida para que te desangres al intentar quitártelo. Tuve mucha suerte y fui capaz de reconstruir la arteria antes de perder el conocimiento. Cuando me desperté estaba empapado de sangre, pero vivo.

Agahnim se apartó de pronto y fue hacia una de sus librerías, donde comenzó a buscar entre los títulos de los volúmenes.

-Sin embargo, hay un asunto que urge más. Ya tendremos tiempo de charlar sobre vicisitudes sin importancia, como el final de la historia del profesor Gotoh. Cuando me fui de allí corría el rumor de que se había encontrado un tratado sobre vampiros liche en su mesa del despacho. ¿Sabes lo qué es un vampiro liche, Med? Esos bichos son vampiros y zombies a la vez, vuelan y no hay quien se los cargue. Por suerte no existen de por sí en la naturaleza, sólo se pueden crear con magia negra. Y no hay ni que decir que convocarlos está terminantemente prohibido por el Consejo, sobre todo desde que Athos, firme detractor de la magia negra, llegó al poder.

-La verdad no conozco la historia- contestó el Médium-. Nunca tuve la… suerte de conocer a Gotoh pero siendo el archimago de Devahood, y por lo tanto un miembro del Consejo, dudo que le haya pasado nada. Los que promulgan las leyes son los que más fácil pueden romperlas. Y por cierto, no me llames Med.

-¡Vaya!, miembro del Consejo…- exclamó Agahnim, torciendo su monstruosa boca mientras continuaba su búsqueda-. Cuando me fui era un simple profesor… Bueno, era de esperar, siendo amigo de Athos… Ah, ¡aquí está!

El hechicero del Emperador cogió con ambas manos un pesado volumen y lo puso sobre su mesa de estudio. Hojeó el libro durante unos instantes y se detuvo.

-Acércate, -dijo volviendo la cabeza y haciéndole un gesto al Médium- y dime si reconoces esto.

El Médium caminó hacia la mesa y miró la página por la que estaba abierto el libro. Había una fotografía de una enorme gema amorfa transparente de al menos veinte centímetros. Parecía un gigantesco diamante en bruto, pero el Médium sabía perfectamente lo que era.

-Eso es una gema contenedora, ¿no?- dijo el Médium-. Creo que es de lo único que se hablaba en Khaiden cuando me fui.

-¡Exacto! -respondió el hechicero visiblemente alegrado-. Como bien sabrás, la República las descubrió hace un par de años en un sistema estelar del Través. Son muy escasas, y sólo se encuentran allí. A pesar de no parecer más valiosas que cualquier otro cristal de bisutería, la República no ha escatimado gastos en su búsqueda y prospección. Difícilmente fueron capaces de ocultar tal movimiento minero, por lo que los Halcones lograron descubrir hará unos seis meses todo este asunto. Sin embargo, no sabemos más de esas malditas gemas que su nombre y que la República se está dejando el alma, o más bien sus sacres, en encontrar todas las que pueda. Por lo de pronto, el Imperio ha mandado un par de escuadras de la Armada a colonizar todos los planetas de ese sistema que sean capaces, para que al menos los republicanos no se hagan con todas las gemas contenedoras. Aunque no tengamos ni idea de que hacen, cualquier mindundi con ciertas nociones de comercio se daría cuenta de que son extremadamente valiosas. Aunque puede que por fin descubramos su función… ¿y bien, Med, tienes algo que contarnos?

-Esas gemas son más que simples cristales de bisutería, Agah -respondió el Médium haciendo énfasis en el diminutivo del hechicero-. Las descubrieron por casualidad en una expedición de exploración por ese sistema. Si son pulidas de una determinada forma son capaces de acumular energía mágica, bien de luz u oscuridad. Existen muchos recipientes mágicos de este tipo a lo largo del universo, como bien sabrás, pero estas gemas son únicas por un sencillo motivo. Poseen una capacidad diez mil veces superior a la capatita, la actualmente utilizada en los condensadores de motores hiperespaciales.

-Vaya, entiendo que la República esté interesado en esas gemas -comentó pensativo Agahnim-. Podrían hacerse bombas más potentes, baterías más duraderas…

-No van por ahí los tiros -cortó el Médium-. Se cree que hay muy pocas de esas gemas por las extremas condiciones necesarias para su formación, además de que se pierde bastante material durante el pulido. Como mucho se prevén un par de toneladas métricas utilizables en todo el sistema. Así que el Consejo de Sabios ha buscado un fin mucho más… ambicioso para estas escasas maravillas de la naturaleza.

-¿De qué se trata? –inquirió el hechicero sin ocultar su impaciencia-.

 

-No tan deprisa, Agah -El Médium parecía disfrutar de la situación-. Creo que esta información ya ha compensado la hospitalidad que me habéis ofrecido. A partir de aquí,  todo comienza a tener un precio.

 

Agahnim lo miró fijamente. Tras unos segundos de tensión, dijo:

 

-¿Sabes?, no sería difícil sacarte la información. Podría enviarte a la torre negra y dejar que los aprendices experimentasen sus hechizos contigo. Sólo hay una cosa peor que una maldición de tortura, una maldición de tortura mal conjurada -Agahnim se volvió para cerrar el libro de su mesa y lo llevó hasta su estantería-. De todos modos, es mejor no arriesgarse, ¿no crees? Di que es lo qué deseas a cambio de la información, pero procura no caer en la codicia, por tu bien…

 

El Médium permaneció inmutable ante la amenaza del hechicero.

 

-Quiero acceso total a las investigaciones de Nergal sobre los morphs. El Emperador me ha concedido una audiencia con el archimante, pero es poco probable que quiera compartir sus descubrimientos conmigo. Prefiero asegurarme por mi cuenta de no tener problemas durante esa reunión.

 

Agahnim se quedó pensativo durante unos instantes. Luego contestó:

 

-Ciertamente no creo que a mi colega le haga gracia compartir sus investigaciones con un completo desconocido, pero probablemente también se alegrará de conocer el secreto de estas gemas, y si no ya me encargaré personalmente de que lo haga. Sí, me parece un precio justo. Hay trato.

 

El Médium sonrió satisfecho. Se llevó la mano al bolsillo interior de la túnica para luego sacar una serie de papeles manuscritos que posó encima de la mesa.

 

-Digamos que no me fui de Khaiden con las manos vacías. Aproveché para coger estos documentos de la mesa de Athos, sabía que me vendrían bien.

 

Agahnim se acercó rápidamente a la mesa para leer los papeles. En el primer folio podía leerse con letras grandes: Proyecto Trifuerza.