Capítulo 4: Sobre caoba

La larga y estrecha mesa de caoba estaba repleta de humeantes alimentos de todas clases y tamaños. Faisán con trufas, cochinillo al horno, ternera estofada, carpas rellenas, langosta gratinada, sopas de todos los colores y sabores posibles… “Aquí hay suficiente comida como para alimentar a un regimiento”- Pensó el invitado, sorprendido tras comprobar que sólo cuatro comensales iban a disfrutar de esas suculentas viandas.

Presidiendo la mesa, un colosal sitial de ébano denotaba el puesto que el Emperador solía ocupar cada noche. A cada lado del pequeño trono  había dos lujosas sillas de menor tamaño, que el mago dedujo que ocuparían sus hermanos. Al otro extremo de la mesa se encontraba, situado a un lado, un sillón que no encajaba con el diseño de la estancia. “El Emperador no debe de estar acostumbrado a cenar con invitados”- pensó el mago mientras se dirigía al que supuso su sitio.

-¡Espere!- Le advirtió el chambelán, tocándole con su bastón de ceremonias.- El protocolo dicta que el primero en sentarse siempre es su Majestad, el Emperador.

Resignado, el invitado tuvo que esperar cerca de veinte minutos, los cuales invirtió en indagar sobre el estado actual del Imperio, del cual el risible esqueleto parecía estar bien informado. Las relaciones diplomáticas con la República se habían enfriado durante los últimos años debido a la agresiva campaña de colonización llevada a cabo por las fuerzas imperiales. La gran cantidad de recursos minerales descubiertos con los novedosos sistemas de radiodetección habían inspirado una política de “el primero que llega se lo queda” sobre una extensa zona inexplorada situada en la parte occidental del Través. La industria pesada imperial y las marchas “voluntarias” de mineros habían ganado la batalla a la lentitud burocrática republicana, por lo que la gran mayoría de esas nuevas colonias pertenecían al Imperio. Debido a ello, se rumoreaba que el Senado estaba financiando en secreto ataques oportunistas de piratas espaciales a las neonatas colonias, así como sublevaciones locales, como medio para frenar la rápida expansión imperial el tiempo suficiente como para poner en marcha el lento proyecto de colonización republicano.

El ruido sordo de unas pisadas interrumpió la conversación. Al momento, el esqueleto se acercó a la puerta y la abrió, descubriendo a una gran figura que avanzaba hacia ellos, escoltada por otras dos más pequeñas. Cuando llegaron al umbral del comedor, el chambelán anunció con su característica voz:

-Su Majestad Genonheart, Emperador del Mal. Emperador Genonheart, mi alma está a su servicio. Su Alteza Ganondorf, Rey de los Ladrones. Su Alteza Tetragold, Adalid del caos.

Las tres figuras fueron entrando por el orden en que habían sido nombradas y, aparentemente sin percibir la inusual presencia del mago, ocuparon sus asientos y empezaron a cenar. El chambelán, ante la cara de sorpresa del invitado, le aconsejó que se sentara y esperase a que le hablasen. Pacientemente, el mago esperó a que, en algún momento, la banal conversación tornase hacia su persona.

Cuando acabó de rebañar su plato, el Emperador soltó un poderoso eructo que sobresalto al invitado, haciéndole derramar su vaso de vino sobre el mantel que protegía la caoba del deterioro típico de una mesa de comedor. Sólo en ese momento, los tres hermanos parecieron percatarse de su presencia.

-Disculpad, ya lo limpio yo- dijo casi entre susurros el mago, intentando conservar un tono de voz neutral.

-No te preocupes, Huesitos se ocupará de eso. -dijo Tetragold, mientras apartaba la mano del invitado, que ya se disponía a limpiar con su servilleta el pequeño desastre.

Huesitos, que así llamaban cariñosamente los tres hermanos al chambelán, se acercó rápidamente a la mesa portando una servilleta blanca con la que absorbió gran parte del vino derramado.

Mientras el mago observaba la escena, el Emperador carraspeó, para acto seguido preguntar:

-¿Así que tú solo detuviste la rebelión de Beaufar?

-Así es -respondió el mago, orgulloso-, probablemente sin mi intervención los guardias no hubiesen sofocado la revuelta.

-Veo que no te andas con rodeos –comentó Ganondorf.

-Me extraña que un solo hombre pueda derrotar a todo un regimiento de mineros cabreados –opinó Tetragold-. Más bien creo que los orcos tuvieron su papel en el desgaste previo, y tú solamente los remataste y te llevaste el mérito.

-Seguramente tengas razón, hermano. Pero no cabe duda que su actuación fue de lo más oportuna, así que -dijo Ganondorf, levantando su copa- obviemos estas menudencias y brindemos por la victoria.

Acto seguido, el mediano de los tres hermanos terminó su copa de vino de un trago.

-¿Dónde has estudiado magia, joven?– preguntó el Emperador.

Veamos –el mago miró al techo, pensativo- estudié diez años en la torre de Khaiden, tras los cuales me gradué con honores. Empecé a trabajar en la misma como profesor un año después, pero la actitud tan conservadora e inmovilista de los sabios capó muchas de mis investigaciones, sobre todo las relacionadas con los morphs. Decían que crear seres vivos a partir de la magia era algo antinatural, y que no podía jugar a ser Dios. Así que, obviamente, me largué de allí. Precisamente me dirigía hacia Gerudo, había oído que el archimante de la torre negra es toda una eminencia de la morphología.

-Así es -respondió el Emperador-, Nergal está haciendo un buen trabajo. Según sus informes, pronto podríamos poner en marcha la creación de una división íntegramente morph. Sería realmente útil en primera línea, pues tienen una inteligencia y habilidad

superiores a la de los trasgos que mandamos actualmente, además de ser más baratos.

-Beaufar no queda de camino a Gerudo –inquirió Tetragold-. ¿Qué hacías allí?

-Ciertamente podría haber escogido el camino rápido y predecible. En el mejor de los casos, ahora mismo estaría en una cárcel de la República, y vuestra colonia sería una comuna hippie –respondió el mago sarcásticamente-. Desertar de Khaiden siendo un sabio es considerado alta traición, no creo que el Consejo me dejase escapar tan fácilmente con sus secretos.

Tetragold emitió un rugido de desaprobación, no le gustaba que un desconocido le hablase de esa manera, y menos siendo un invitado. Ganondorf, así mismo, emitió otro gruñido. Pero el suyo era de aceptación, le gustaba el carácter de ese chico. De fuerte personalidad, él odiaba los protocolos y las falsas modestias. Nunca se cortaba un pelo en recriminar algo, incluso al propio Emperador, lo que provocaba a menudo disputas entre los hermanos que Tetragold tenía que mediar. Sin embargo, gracias a esta diversidad de opiniones, el Imperio no cometía apenas errores.

Tetragold era, en cambio, todo lo contrario a Ganondorf. Detrás de su aparentemente macabro título, se escondía una persona tranquila y pensativa. Físicamente aparentaba ser un hombre de unos veinticinco años. De cabellos morenos y tez clara, su rasgo más característico era el carácter heterocrómatico de sus ojos. Mientras que el derecho brillaba con un intenso color ambarino, el izquierdo lo hacía con un fuerte color rojo sangre. A Tetragold le gustaba resolver los problemas dialogando, y siempre buscaba una vía diplomática para los conflictos militares que su hermano, tan belicista, trataba de dinamitar por todos los medios posibles. Así mismo, poseía grandes conocimientos en todo tipo de artes, fruto de su pasión por la lectura y la observación, lo cual le había sido de gran ayuda al mando de los Halcones Negros. Todo esto no quitaba que el menor de los tres hermanos fuese letal en cualquier combate, pues Hawkeye poseía la nada desdeñable habilidad de manejar cualquier tipo de arma con la máxima destreza adquirible por un ser humano. Esta virtud le había hecho ganarse el respeto de Ganondorf quien muy, muy en el fondo, le idolatraba.

Genonheart carraspeó, rompiendo el incómodo silencio, para luego decir:

-Sean cuales fueren tus motivos para estar en Beaufar, lo cierto es que has sido de lo más oportuno. Me gustaría recompensarte a cambio dándote la oportunidad de tener una audiencia con Nergal. Probablemente no tenga ningún reparo en recibir a cualquiera que pueda aportar algo a su investigación. Además, te proporcionaremos un alojamiento temporal en el barrio residencial destinado a los funcionarios de la Torre hasta que sepas que hacer con tu vida.

El mago acabó de rebañar la salsa de trufas de su ya desaparecida codorniz rellena de foie-gras con el delicioso pan de centeno. Tras engullir el delicioso manjar, contestó.

-Majestad, le estoy profundamente agradecido por su ofrecimiento y por su hospitalidad. La cena estaba realmente deliciosa, le ruego que felicite al chef de mi parte.

Tetragold soltó otro gruñido, sorprendido de la repentina educación del invitado. El Emperador se rió y exclamó.

-¡Pues aún queda lo mejor! Los postres de Huesitos son… ¡de otro mundo! –el Emperador soltó una carcajada, riendo su propio chiste- Me alegro de que te haya gustado… –Genonheart dudó unos instantes-, vaya, la verdad es que ni siquiera conozco tu nombre.