Capítulo 24: Estrategia burocrática

A las pocas horas de concluir la batalla del sector T-37 alfa, la noticia ya había llegado a Arcadia. El bullicio de las calles de la capital era, si cabía, aún más ruidoso de lo habitual. Se habían producido diversos altercados a lo largo del planeta, consecuencia del pánico y de las persecuciones a los orcos y trasgos que se encontraban en Arcadia. La improvisada policía militar había suprimido la mayoría de ellos, pero a cada minuto surgían nuevos incidentes que ponían en jaque al ejército.

Max, Diana y Aura bajaron del transbordador en el Portón para tomar luego otra nave hacia la capital. Durante su travesía les habían informado de la batalla que se acababa de producir. Una mezcla de alivio e intranquilidad les había invadido, al saber lo cerca que habían estado de verse involucrados en ella, pero a la vez de lo que esta implicaba para el futuro de la República. Su alivio desapareció en cuanto aterrizaron en el planeta, pues el pánico general era extremadamente contagioso. Los hechiceros, montados en un jeep y escoltados por varios militares, lograron llegar sanos y salvos a Khaiden, no sin antes sortear varios altercados por el camino.

-¡Nunca había estado tan feliz de volver a la escuela! –exclamó Aura mientras entraban en el interior de la torre. Al contrario que en el exterior, los únicos ruidos que se escuchaban eran los pasos de los alumnos y los susurros de las túnicas al arrastrarse por el suelo.

-Aquí parece que todo el mundo está tranquilo –opinó Max, mientras un grupo de hechiceros pasaron a su lado saludándolos con un leve gesto de sus manos-.

-Tranquilos de más, ¿no crees? –observó Diana, mirando a su hermano-. Fíjate en sus ojos, están muertos de miedo. Tan sólo la estricta educación que nos han impuesto les contiene de ponerse a gritar como los de allá afuera.

-Y para no estarlo, con la que se ha montado –comentó Aura, con tono preocupado-. Mirad, ahora lo único que me apetece es darme una ducha calentita en mi habitación y tumbarme un rato a ordenar mis pensamientos. No sé cuánto durará la guerra, pero no pienso moverme de aquí hasta que termine. Ya he tenido suficiente con lo del campamento. Además… quizás Pete vuelva aquí algún día.

-Yo tengo curiosidad por saber por qué nos han atacado –dijo Max, colocándose su sombrero-. ¿Tendrá algo que ver con lo que nos dijo aquel hechicero imperial? Hablaba sobre ataques por parte de la República. Aunque seguro que se los han inventado para así tener una excusa para apoderarse del sector alfa.

-Yo no sacaría esas conclusiones sin tener pruebas, hermanito –le cortó Diana-. El Senado o algún otro grupo de la élite política podrían haber ordenado esos ataques para eliminar la competencia imperial en el sector. Hay que recordar que los que descubrimos las gemas contenedoras fuimos nosotros, y ellos los que vinieron a aprovecharse.

-Bueno, lo que es innegable es que ellos también atacaron –terció Aura-. Y hablando de atacar, estoy deseando hacerlo a la cena de esta noche. Si no han cambiado el menú, los miércoles toca pizza.

Mientras los hechiceros se dirigían tranquilamente a sus habitaciones, en la otra punta de Arcadia, concretamente en la cámara del Senado, se estaba produciendo el pleno más importante de la historia republicana. Todos los senadores, sin excepción, se encontraban presentes en aquella sala. Algunos habían tenido que recorrer cientos de sistemas en apenas unas horas para poder asistir a aquel comicio.

Robert Vanegan se encontraba sentado en su escaño de canciller, con la mirada perdida entre los cientos de bulliciosos senadores que compartían sus opiniones entre sí, no siempre de una forma acorde a su cargo político. Había intentado durante varios minutos acallar el murmullo general para así poder empezar el pleno pero, cuando se disponía a hablar, alguien gritaba una frase subversiva en algún punto de la cámara y el bullicio volvía de nuevo a aparecer, con tal fuerza que enmudecía hasta sus propios pensamientos.

El canciller finalmente se cansó de tanta formalidad. Se levantó de su escaño, cogió aire y gritó con todas las fuerzas que pudo: “Silencio”. Aquella palabra tan irónicamente pronunciada logró finalmente acallar el murmullo general, o al menos reducirlo a unos pocos cuchicheos.

Aprovechando que se encontraba de pie, Robert comenzó el pleno.

“Señorías, como todos bien sabrán, el Imperio del Mal nos ha declarado la guerra. Se han producido ataques en diversos puntos del Través Neutral, y ya hemos perdido bastantes bases de operaciones. Inteligencia nos ha informado que las flotas imperiales se han agrupado en tres zonas. Al norte del Través, la tercera y la sexta flota han tomado la mayor parte de nuestras colonias y se encuentran a apenas cinco saltos de Gundabad. Nuestra segunda flota, al mando del general Nogrod, ha detenido su avance hacia el planeta natal enano, pero es cuestión de tiempo que logren abrir una brecha en sus defensas.”

“En el sur, la primera flota imperial entabló una violenta batalla en el sector T-37 alfa con parte de nuestra cuarta flota, que estaba esta estacionada allí para investigar los ataques a nuestros campamentos mineros. El general Yoda logró retirarse, pero no sin antes sufrir numerosas bajas, incluido uno de sus acorazados. Tras la batalla, la flota imperial ocupó todas nuestras colonias mineras del sector. Afortunadamente, casi toda la gema contenedora había sido evacuada de ellas el día anterior ante el temor de más ataques imperiales a campamentos mineros, y ahora se encuentra a salvo en la capital.”

“En el centro, la segunda y tercera flota imperiales han hecho un avance extremadamente rápido a lo largo del Través, pero los hemos detenido en Torvetto. La quinta flota, en manos del general, Andrew “Ender” Wiggin, se encuentra en estos momentos defendiendo su posición allí”.

“Como pueden comprobar, la situación es muy delicada. Como canciller, y según ordena la Constitución, me corresponde a mí la proposición de los movimientos de nuestras flotas, pero estos deben de ser aprobados por el Senado. Tras discutir la situación con los distintos generales, hemos acordado la siguiente estrategia. La primera flota del general Anderson se unirá a la quinta flota para bloquear el avance hacia la capital en Torvetto. La tercera flota de Belegost se unirá a su congénere Nogrod en la defensa de su planeta natal. Las flotas élficas, sexta y séptima, lanzaran una contraofensiva en el sur para recuperar el sector T-37 alfa. Comencemos con la votación. Señor James Khorovir, del PER, tiene la palabra”

El senador expansionista se levantó enérgicamente al ser nombrado, carraspeó y habló con voz decidida.

“Gracias, señor canciller. El Partido Expansionista republicano apoya  incondicionalmente las decisiones del canciller. Será un placer ofrecer las flotas humanas para combatir a quién ha osado atacar por sorpresa nuestras colonias, legitimadas por el Tratado de Libre Colonización. Defenderemos la ruta a la capital con uñas y dientes. Sus acciones no quedarán impunes.”

-Gracias, senador –contestó Robert, con una sonrisa.-. Señor Zolvan Ironhide, del POR, tiene la palabra.

El senador enano, que había permanecido de pie durante todo el pleno, golpeó sonoramente con el puño su mesa.

-Perdonen, Señorías, que me salte el protocolo. Pero espero sinceramente que les pateemos el culo a esos puñeteros imperiales y les mandemos de vuelta a su jodida casa. El POR apoya que nuestros hermanos de la segunda y tercera flota defiendan nuestro hogar. Faltaría más. Armaremos buques civiles si es necesario antes de dejar que esos cabrones pongan un pie en Gundabad. A propósito, ¿se sabe algo más del arma de Athos?

-Gracias… senador –respondió el canciller un poco avergonzado de la conducta de Zolvan-. El arma está todavía en desarrollo, pero es probable que tengamos un prototipo en menos de dos meses.

Robert había intentado inconscientemente prorrogar la declaración del senador Ithorièl, pero había llegado la hora de que el PNR manifestase su opinión.

El elfo se levantó de su escaño, bebió un trago de agua y carraspeó. Sus ojos centelleaban con odio y arrogancia.

-El PNR –comenzó Ithorièl, con un tono artificial- ha convocado una reunión extraordinaria esta mañana con los líderes élficos de Cuiviénen y Lúthien sobre la situación de guerra actual. En la susodicha reunión hemos decidido por unanimidad acogernos a Ley Fundamental de Libertad de Escisión, y por lo tanto desde este instante los mundos élficos recogidos en el Registro Republicano de Planetas no forman parte de la República, así como la sexta y séptima flota. Os habéis buscado esta guerra con vuestros sueños expansionistas, y no caeremos con vosotros. Buenos días.

A una orden de Ithorièl, todos los senadores del PNR se levantaron de sus escaños y comenzaron a salir del hemiciclo, repitiendo los acontecimientos del día de proclamación del canciller. Zolvan fue el primero en reaccionar a la inesperada noticia.

-¡Traidores! –gritó, agitando el puño hacia los fugitivos-. ¡Cobardes! ¡El Imperio os atacará igualmente, idiotas! ¡Estáis en esta guerra, lo queráis o no!

Ningún senador élfico respondió a las réplicas. Salieron ordenadamente de la sala y cerraron la puerta tras de sí. Robert no daba crédito a lo que ocurría.

-Hablaré con Ithorièl personalmente, seguro que es tan sólo una rabieta –comentó el canciller, dejando ya a un lado totalmente el protocolo-. Bueno, Khorovir, ¿podemos recurrir a lo que queda de la cuarta flota para retomar el sector alfa?

-No sé mucho sobre estrategias militares, pero si la mitad de la flota no pudo con ellos, dudo que la otra mitad consiga retomar el sector. Creo que lo ideal sería rearmarla primero.

-Es cierto, senador, pero piense que a cada día que transcurre, los imperiales extraen más y más gema contenedora. Si descubren como construir el arma antes que nosotros podríamos perder fácilmente la guerra. Deberíamos mandar a Anderson allí.

-Y si toman la capital perderemos igualmente, canciller –terció Zolvan-. No podemos dejar a Ender sólo defendiendo Torvetto. Puede que ese asteroide sea un bastión casi inexpugnable, pero siguen siendo dos flotas contra una. Anderson debe de ir con Ender. Y no te preocupes por el sector alfa, dudo que los imperiales se hayan dado cuenta aún de para qué sirven esas piedras.

-Está bien –concedió Robert, frunciendo el ceño-. Desplegaré la cuarta flota en Mervial y la rearmaré allí. Puede que a los imperiales les dé por continuar atacando por el sur y avanzar hacia las colonias mineras del sector Omicron. Así al menos la entrada estará defendida.

-Sí, es un buen movimiento, Robert –aprobó Khorovir-. Pero no te confíes. No creo que el Imperio se haya arriesgado a atacarnos sin tener un as en la manga.

En el rostro del canciller se dibujó una repentina expresión de preocupación debido a  las palabras del senador expansionista. Había tenido la misma impresión cuando esa mañana su secretario le había informado de los ataques. Ambas naciones estaban relativamente igualadas militarmente, y ni siquiera con la escisión de los elfos la situación podía volverse preocupante, pues una de las principales máximas bélicas es que defender una posición es mucho más sencillo que atacarla. El Imperio debía de tener una buena razón para declarar la guerra. Y esa razón no podía ser otra que la certeza de saber que la ganaría.