Capítulo 23-Vientos de recuerdo V

-Pues hoy hacemos un mes, ¿sabes?

Max, que se dirigía junto con Pete a su clase de Alquimia avanzada, se llevó la mano a la cabeza en un gesto de sorpresa.

-¿¡Ya ha pasado un mes!? Que rápido pasa el tiempo cuando te matan a trabajos y exámenes. Me arrepiento de haber cogido tantas asignaturas este curso. Entre Rúnica y Alquimia no tengo tiempo para practicar los glifos de….

-Pues había pensado hacerle una cena -cortó rápidamente Pete antes de que su amigo se fuese por las ramas-. Así romántica, los dos solos a la luz de las velas… Además estaría bien que fuese todo una sorpresa, ¿podéis entretenerla o algo mientras la preparo y luego traérmela a mi habitación sobre las… diez?

-Claro, amigo, sin problema. Mmm…Diana tiene que hacer un trabajo con ella por la tarde, así que no nos debería resultar muy complicado. Allí la tendrás.

Durante toda la tarde, Pete trabajó duró en las cocinas de Khaiden para preparar una cena especial. Preparó un suculento pavo al limón con guarnición de patatas panadera, y como postre horneó una deliciosa tarta de tres chocolates, la favorita de su novia. Improvisó una mesa con su escritorio y las sillas que encontró a mano, y la decoró con velas y un jarrón de rosas. A las diez en punto, Max trajo a Aura a la habitación poniéndole como escusa una partida de cartas. La cena fue tal y como había previsto Pete: pavo delicioso, tarta tierna, vino suculento y palabras dulces. De la mesa pasaron a la cama, donde continuaron cenándose el uno al otro con besos y caricias. “Hoy es el día”, pensó Pete mientras despojaba a Aura de su recién estrenado vestido azul, para luego pelearse durante unos instantes con el sujetador, que se resistía a abandonar su función de tapar los generosos senos de la hechicera. Con un hábil movimiento de dedos logró finalmente vencer a su textil enemigo y pudo contemplar con su habitual fascinación el cuerpo desnudo de Aura. Lo había visto ya varias veces, pero seguía causando en él una excitación similar a la del primer día. Pasó suavemente los labios sobre su vientre pálido, subiendo desde el ombligo hasta la curvatura de sus pechos, escalándolos sin dificultad, ansiando llegar a la cumbre coronada por el rígido pezón que besó con dulzura. Se detuvo a observar la mancha de nacimiento que tenía al lado de su pezón derecho. Se sentía orgulloso de saber que pocas personas en el mundo sabían de su existencia. Siguió subiendo y la besó en los labios con pasión, bailando junto a su lengua un vals ardiente e intenso. Las manos de Pete buscaron despojar a Aura de su prenda más íntima. Estaba realmente húmeda, y eso lo excito aún más. El hechicero se desnudó por completo y se lanzó al ataque, con delicadeza pero con ansia, buscando finalmente consumar la relación. Entró, aún con cierta dificultad, y comenzó a moverse acompasadamente. Aura estaba tensa. Pete buscó en su mirada el placer que le estaba proporcionando, pero en sus ojos contempló lo último que esperaba ver. Terror. Aura estaba muy tensa. Comenzó a gemir, pero no de placer. Pete se apartó de repente, pensando que le estaba haciendo daño. La hechicera rompió a llorar y se alejó de su novio, tapándose con las sábanas. Pete intentó abrazarla para consolarla, sin saber muy bien qué hacer, pero Aura lo empujó muy fuerte y lo tiró al suelo. Comenzó a vestirse atropelladamente, mientras el hechicero la miraba atónito desde su posición.

-¿Qué… qué te pasa, Aura? –preguntó Pete, con los ojos abiertos de par en par por el shock del momento-.

La hechicera no respondió. Terminó de vestirse y se dirigió a la puerta. Pete insistió.

-Aura, por favor, ¿qué coño te pasa? No te vayas así sin decírmelo.

-Lo… lo siento -respondió la hechicera. Abrió la puerta y se marchó. Pete se quedó un largo rato en el suelo, pensativo, sin saber qué hacer. Finalmente, se echó a llorar, amparado por el silencio y la soledad de la noche.

No tuvo noticias de ella durante varios días. No iba a comer con ellos, ni la venía a buscar a sus clases. Fue varias veces a su habitación, pero la puerta estaba cerrada y nadie respondía a su llamada. Como último recurso, decidió ir a la habitación de Diana y le comentó lo que había ocurrido. La hechicera le escuchó con atención, con una mirada que daba a entender que ya se esperaba esta conversación.

-Bueno, y eso es todo -dijo Pete al terminar su relato-. ¿Qué crees que le ha pasado?

-Ese comportamiento, aunque no te lo parezca, era de esperar -dijo Diana con voz neutra-. Si te sirve de consuelo, ella ahora está mejor, y de hecho me ha pedido que te dijese que la vayas a ver mañana por la noche a su habitación, sobre las diez. Supongo que finalmente va a atreverse a contarte lo que le sucedió.

-¿Contarme el qué? -preguntó Pete sorprendido- ¿Tiene algo que ver con lo que le pasó hace unos meses?

-Sí, de hecho es precisamente el motivo de ello. Si te soy sincera, esperaba que esto no fuese a suceder -Pete notó un cierto tono de tristeza en su voz-. Me da pena que tenga que terminar así, Aura no se lo merece. Si me disculpas, voy a seguir leyendo.

Pete entendió la indirecta y se marchó de su habitación. El tiempo hasta la cita con su novia transcurrió tremendamente despacio. Pasó la noche en vela, y la tarde del día siguiente no era ni siquiera capaz de leer dos palabras seguidas de sus apuntes sin quedarse mirando al vacío pensando en lo que le iba a decir Aura. Finalmente, la hora llegó. El hechicero fue puntualmente a la habitación de su novia. Llamó, y escuchó un débil “Pasa” desde el otro lado. Abrió la puerta y se encontró a Aura sentada en su cama, mirándole con ojos tristes. “Siéntate”, le dijo mientras palpaba el colchón a su lado. Pete obedeció. Intentó saludarla con un beso en los labios, pero Aura se apartó. La pareja se quedo mirándose a los ojos. Tras dos minutos de tenso silencio, la hechicera empezó a hablar.

-Esto es muy difícil para mí, pero… creo que es justo que lo sepas. Recuerdas que hace unos meses tuve una época difícil, ¿verdad?

-Sí, me preocupé mucho por ti.

-Normal… verás, lo que sucedió fue que… ¿te acuerdas de ese chico, Henry?

A Pete le dio un vuelco al corazón. Los celos le punzaron con fuerza.

-Sí –contestó secamente-.

-Verás… de aquellas me gustaba un poco. Era muy atento conmigo con el tema de los estudios, y todo lo que me decía eran buenas palabras. Un día decidí darle una oportunidad y le invité a tomar un café por la mañana. Después le acompañé al despacho de su padre… no recuerdo por qué. Y una vez dentro…

Aura se calló y bajó la cabeza. El corazón de Pete quería salírsele del pecho, pero aguantó estoicamente hasta que Aura volvió a hablar. Fueron unas palabras pausadas, que disminuyeron en intensidad según iban saliendo de su boca.

-Allí dentro quiso besarme… y yo no quería. No tan pronto. Pero me sentía rara. Estaba como…ida. No… no era capaz de resistirme. Y me… me… me arrancó la ropa, y me… me violó.

El tiempo pareció congelarse para Pete. Se esperaba cualquier cosa menos esta. Tras la sorpresa vino el odio, y tras el odio la impotencia. Aura se echó a llorar, y Pete se puso rojo de rabia. Pero ante todo pronóstico, supo contenerse y decir algo coherente.

-¿Lo denunciaste?

Aura levantó la mirada. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas. Apenas se le entendían las palabras.

-¿Cómo lo iba a denunciar? ¿Tú sabes lo que me ha costado contártelo a ti? Sólo lo sabéis Diana y tú.

-Debe de pagar por lo que ha hecho -contestó Pete conteniendo su ira a duras penas-.

-No pagará, su padre es muy amigo de Athos. Como mucho le caerá una reprimenda. Y ni siquiera hay pruebas…

-¿Una puta reprimenda? -explotó Pete, sin poder aguantarse más-. Te droga o lo que coño te haya hecho para llevarte allí, te viola y sólo se lleva una puta reprimenda? A ese tío tienen que colgarlo por los huevos del puto Muro para que se lo coman los buitres.

Aura lloró aún más fuerte. Pete se dio cuenta de que en su arrebato se había puesto de pie y había gritado muy alto, probablemente asustándola. Se volvió a sentar e intentó tranquilizarla con un abrazo. Aura se apartó con un grito.

-Pete… no, por favor. No… no me toques. Mira, no quiero seguir hablando de esto. Es algo que pasó y punto. No quiero que nadie lo sepa, por favor, entiéndelo.

-Pero Aura… -replicó Pete- él debe pagar. Te ha hecho mucho daño, no es justo que salga impune.

-Por favor… -insistió Aura- prométeme que no harás ni dirás nada sobre esto.

-Sólo si tú me prometes que dejarás de llorar. Cuando lo haces estás más fea que la profe de Rúnica.

Las últimas palabras de Pete, dichas en tono de burla, arrancaron una sonrisa entre las empapadas mejillas de Aura. Pete también sonrió, y aprovechó el momento para darle un abrazo y un beso a su novia. La hechicera volvió a echarse hacia atrás con un grito.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué te apartas tanto?

Aura lo miró muy serio. La expresión de felicidad que hace unos minutos se le había dibujado a Pete desapareció por completo. Jamás había visto a Aura mirar a nadie de esa manera.

-Pete -dijo con un extraño tono neutro-. Quiero que lo dejemos. Te quiero demasiado como para dejar que mi problema te afecte. Prefiero que seamos de nuevo sólo amigos.

Pete sintió como si le echasen un enorme jarro de agua fría sobre la cabeza. Notó una tremenda opresión sobre el pecho. Su mundo se derrumbaba.

-¿Pero por qué? No entiendo en qué puede afectarnos eso. Y si lo hiciese, superémoslo juntos, ¿no? Es lo que hacen las parejas.

-Esto no podemos superarlo juntos, tengo que hacerlo yo por mí misma -contestó Aura, muy seria-.Y me va a costar mucho. No quiero arrastrarte contigo por ese camino.

-Pero Aura, no puedes dejarme así -insistió Pete, a la desesperada-. ¿No entiendes que al cortar conmigo me haces más daño que el que intentas evitar? Además, las cargas es mejor llevarlas…

Aura le interrumpió.

-Mira, Pete. No podemos seguir juntos, ¿vale? Desde lo que me pasó no aguanto el contacto físico de nadie, ni siquiera el de Diana. Pensé que al salir contigo podría superarlo. He aguantado mucho, créeme, ha sido muy difícil para mí. Pero lo de hace unos días… fue demasiado. Me volví a ver en esa situación… y no pude más. No creo que esté preparada para tener un novio ahora mismo.

-Pero… pero… podemos tener una relación sin contacto -Pete ya no sabía cómo convencerla-. Y poco a poco ir superándolo, ¿no?

-Pete, ¿en serio crees que eso lo aguantarías? Piensa, tú no paras de intentar abrazarme, besarme y darme mimos. Si hiciésemos eso estarías todo el rato sufriendo. No quiero eso, Pete, entiéndelo. Quiero que lo dejemos. Deja de intentar convencerme, por favor.

El hechicero no aguantó más. Bajo la cabeza y se echó a llorar. Era la primera vez que lo hacía delante de Aura, pero no fue capaz de contener las lágrimas. Aura reaccionó de inmediato.

-No llores, por favor -rogó, con voz temblorosa-. Podemos seguir siendo amigos, seguir dando paseos y cenando juntos y riéndonos y haciendo todas esas cosas, ¿vale? Por favor, deja de llorar. Mira, tengo un regalo para ti.

Aura se levantó de la cama de un salto y empezó a hurgar en un cajón. Sacó un paquete envuelto en papel oscuro y atado con un cordón. Pete levantó la mirada. Ahora eran sus mejillas las empapadas en lágrimas. Aura le tendió el regalo, y el hechicero lo abrió.

-¿Qué es esto? -preguntó mirando a la piedra roja que tenía entre sus manos-.

-Es un granate. Mi padre tenía uno enorme al lado de la chimenea. Un regalo de boda, creo. Cuando era pequeña me pasaba horas mirando como difractaba la luz de las llamas. Tanta era mi pasión que al cumplir los doce le pedí una y otra vez una colección de gemas a mi padre hasta que me la compró. Decía que era un regalo inútil, pero gracias a él descubrí que mi pasión eran los minerales. Si no hubiese tenido aquel granate al lado de la chimenea, hoy en día estaría… no sé, estudiando derecho o incluso labrando las fincas de mi padre. Y no te habría conocido.

-¿No será este el granate de tu padre?

-No, no -contestó rápidamente Aura-. Tuvieron que empeñarlo para pagarme la escuela, junto con otras muchas cosas. A veces hay que hacer sacrificios para poder cumplir nuestros sueños. Me puse muy triste cuando lo vendieron, pero gracias a ello ahora estoy estudiando Geología en Khaiden. Esta piedra es el granate que venía en aquella colección de gemas. Siempre le he tenido un cariño especial, pero prefiero que lo tengas tú. No, no pongas esa cara, vas a aceptar este regalo. Es mi pequeño sacrificio, para que recuerdes, estés donde estés, que siempre tendrás una amiga loca por las gemas en algún lugar de este universo.

A pesar de la horrible sensación que sentía en aquellos momentos, Pete se sintió levemente reconfortado al acariciar el granate. Miró a los ojos a Aura y le hizo una promesa que sabía que no iba a ser capaz de cumplir.

-No hará falta el granate para recordármelo, Aura, pues te prometo que nunca te abandonaré. Aunque sea como amigos, estaré a tu lado hasta el último suspiro de tus pulmones, hasta el último latido de tu corazón.

El día en que lo nuestro terminó, mi corazón se rompió en mil y un pedacitos. Jamás he logrado reconstruirlo, tampoco lo he intentando. Sé que nunca encontraré a otra como tú, aunque la busque en los confines de este marchito universo. Pero si hay algo que no me puede ser arrebatado son los recuerdos de aquel mes a tu lado. Recuerdos que seguirán soplando en mi memoria hasta el fin de mis días. Hasta el último suspiro vivirás en mí. Pues desde aquella promesa nuestros caminos están ligados. Desde aquel  día, mi corazón es granate.