Capítulo 21: Partida

El día amanecía rojo en aquel solitario planeta del sector T-37 alfa. Aura, Max y Diana aprovechaban las primeras luces del alba para empaquetar sus enseres. Era hora de marcharse. Los últimos sondeos perpetrados en la mina indicaban que las principales vetas de gema contenedora estaban agotadas, por lo que la prospección en el planeta había dejado de ser rentable respecto a los costes de reconstrucción del campamento y de ampliación de las minas. Los hechiceros se habían tomado la noticia con gran alegría. El extraño discurso de aquel hechicero, acusándoles de atacar los campamentos imperiales, les había descolocado totalmente.

-Sigo pensando que el Imperio está tramando algo gordo -comentó Max por enésima vez, mientras guardaba sus túnicas en una maleta de piel-. Seguro que está provocando a la República para que dé un paso en falso.

-Y yo sigo pensando que eres un paranoico -le respondió su hermana, exasperada-. Llevas ya dos días con lo mismo. Puede que haya habido ataques de piratas y piensen que fuimos nosotros. O incluso puede que quisiera decir otra cosa. El tío ese no paraba de tartamudear, no se le entendía nada.

-Bueno, sea lo que sea, es mejor largarnos de aquí cuanto antes -terció Aura, que ya había terminado de guardar sus pertenencias-. Si atacaron una vez, pueden volver a hacerlo. Me sentiré más segura en Arcadia.

-Ya, en ningún lugar como en casa -comentó Diana, con un leve tono alegre-. Bueno, terminad rápido, que nuestra nave sale en una hora.

Al poco rato, los tres hechiceros subieron a uno de los transbordadores dedicados a evacuar a los miembros de la expedición. De camino se encontraron a tropas regulares de la Mano Blanca. Habían establecido una base a las afueras del campamento, y no parecía que fuesen a marcharse en un corto período de tiempo.

-¿Para qué se van a quedar aquí? -preguntó Aura, curiosa- Si ya no queda nada de valor.

-El planeta en sí es valioso -respondió Max, alzando la voz por encima del ruido que producían los motores del transbordador durante el despegue-. Por lo que les he escuchado decir a los soldados, este sector está trayendo muchos quebraderos de cabeza al Senado. Supongo que quieren asegurar una posición estratégica antes… de que ocurra algo.

-No empieces otra vez, Max…

El estruendo de los motores ahogó las palabras de Diana. Las puertas se cerraron y el transbordador aceleró hasta alcanzar la velocidad de escape del planeta. Aura no pudo resistirse a mirar por la ventana. A pesar de haber estado en incontables vuelos espaciales, seguía maravillándole la imagen de los planetas alejándose lentamente durante el despegue. Sin embargo, esta vez no tuvo ninguna sensación de nostalgia por marcharse de esa roca marrón. No guardaba ningún buen recuerdo de ella.

Tras dejar atrás la exosfera, la propulsión se apagó y se hizo el silencio. Los hechiceros contemplaron asombrados la cantidad de naves republicanas que orbitaban en el pozo gravitacional. Max calculó en voz alta que debía de haber sobre trescientas astronaves, aunque en realidad eran más. La mayor parte de ellas eran fragatas. Armadas con turboláseres ligeros, impulsores de masa y varios cañones de iones, la función básica de las fragatas era proteger a las naves capitales del ataque de misiles, drones de  combate o cazabombarderos, además de proporcionar cierta potencia de fuego a la flota. Sus “escudos”, como era comúnmente llamado el sistema de defensa del casco resultado de la combinación de barreras cinéticas y pantallas de onda de fase, eran bastante precarios y caían rápidamente a los pocos impactos directos. Compensaban esa debilidad con una gran velocidad sub-luz y, sobre todo, con su número.

Junto a las fragatas, Diana contó tres acorazados. Estas impresionantes naves de varios kilómetros de largo eran la principal potencia de fuego de las flotas interestelares. Tenían un amplia variedad de armamento disponible: desde los pesados cañones de plasma, capaces de destruir una fragata de un sólo impacto, hasta los veloces impulsores de masa, el terror de los cazas y cazabombarderos espaciales. Poseían además cientos de baterías de misiles con múltiples funciones, desde la intercepción de proyectiles hasta la destrucción selectiva de blancos a cientos de kilómetros de distancia. Algunos de los acorazados estaban equipados además con cabezas nucleares, bombas de neutrones y demás armamento de asedio planetario, aunque está función solía estar reservada a los bombarderos, los cuales Aura descubrió en la retaguardia de la flota al aproximarse el transbordador a uno de los acorazados. Conformaban el resto de la flota los cruceros, naves a medio camino entre fragatas y acorazados, los portanaves, encargados de llevar los miles de cazas y cazabombarderos que combatían su propia batalla en el fuego cruzado de las flotas interestelares, y los buques de apoyo táctico, que se encargaban de múltiples tareas como la reparación de cascos, la regeneración de escudos o hasta la guerra electrónica.

La nave aterrizó en uno de los hangares del acorazado Libertad, el buque insignia de la flota. Tras salir del transbordador, los soldados del acorazado, ataviados con armaduras blancas integrales, escoltaron a los hechiceros al puente de mando. Allí los recibió un pequeño ser de color verde, piel arrugada y orejas puntiagudas que apenas medía más de medio metro. Parecía bastante mayor y se apoyaba en un pequeño bastón de madera.  Los hechiceros lo reconocieron al instante.

-Maestro Yoda, es un honor –dijo Max, haciendo una reverencia al general de la Cuarta Flota-.

-Mío el honor es, mmm… –respondió Yoda, con su característica forma de hablar, plagada de hipérbatos-. Daros la enhorabuena personalmente yo quería. Defender el campamento difícil debe haber sido. Descansar ahora debéis. Que una nave os lleve a Arcadia inmediatamente ordenaré.

-¡Gracias, Maestro! –exclamó Aura, visiblemente alegrada-. Estamos deseando volver a casa.

-Lo cierto es que ha sido una experiencia bastante traumática para todos –añadió Max-. ¿Se sabe ya el motivo del ataque?

-Ignoro el motivo. Oscuros secretos detrás se ocultan. –respondió Yoda, con una repentina expresión de preocupación-. Una fuerte perturbación en la Fuerza percibo. Mmm… Algo horrible se acerca. Partir ya debéis, jóvenes magos. Para vosotros este lugar recomendable no es.

El general dio por concluida la conversación. Los hechiceros fueron escoltados rápidamente hasta un hangar distinto, donde subieron a un gran transbordador equipado con motor hiperespacial. Tan pronto como se cerraron las puertas, la nave despegó del acorazado.

-No me gusta cómo suena lo que dijo el Maestro –comentó Diana, mirando el cúmulo de naves del exterior a través de la ventana-. Es cierto lo que dice. Yo también percibo algo extraño. Como si estuviese a punto de suceder algo gordo.

-Veo que no soy el único paranoico ahora, ¿eh? –dijo Max, en tono jocoso.

Luego se calló. El ambiente no estaba para bromas. La nave salió finalmente del pozo gravitacional del planeta y saltó al hiperespacio. Tardaron un cuarto de hora en llegar al sistema donde se encontraba el portal dimensional. El transbordador lo atravesó, comenzando así el primero de los muchos saltos interdimensionales que les esperaban hasta llegar a la capital de la República.

Mientras tanto, en el acorazado Libertad, el Maestro Yoda miraba entristecido la pantalla del radar. Habían aparecido de pronto miles de pequeños puntos que se acercaban hacia ellos lentamente.

Los oficiales miraban con atención al general, esperando una orden. Finalmente, Yoda cerró los ojos y habló con una voz dura como el acero.

-De combate todos a sus puestos. Las armas preparad. Formación defensiva tipo tres. Alerta todos estad.

Los oficiales comenzaron a moverse a toda prisa. El general se acercó al ventanal del puente de mando y miró hacia el espacio profundo. Murmuró unas palabras tan bajo que nadie pudo oírlas.

-Finalmente el caos me temo que desatado se ha.