Capítulo 20: Vientos de recuerdo IV

Finalmente me atreví a dar el paso. Estaba asustado, lo recuerdo. Temía el rechazo, la vergüenza, la desilusión. Pero mi corazón lo pedía a gritos. Tenía que confesarle mis sentimientos a Aura. Quería salir con ella, abrazarla, besarla, pasear por el campo, ver juntos un anochecer, deseosos de que el sol no volviese a alzarse para poder amarnos eternamente en la oscuridad de la noche. 

Con la caída del sol, otra jornada de estudio llegaba a su fin en la torre de Khaiden. Los alumnos se retiraban a sus habitaciones deseosos de aprovechar las pocas horas de esparcimiento antes de que sus fatigados cuerpos exigiesen el sueño. Pete y Aura caminaban por uno de los pasillos superiores de la Torre de vuelta a sus alcobas tras una larga tarde en la biblioteca haciendo un trabajo de una asignatura común.

Pete se detuvo repentinamente. Miró fijamente a su amiga, que caminó varios pasos antes de darse la vuelta y mirar al hechicero interrogativamente.

-Oye Aura –dijo Pete con voz nerviosa-, me gustaría… hablar de una cosa importante contigo.

-Claro Pete, ¿qué ocurre?

-Verás… tengo… tengo que confesarte algo –Pete clavó los ojos en los pantalones de Aura pues no era capaz de mirarla a la cara. Estaba muy sonrojado-. Me… me pareces una chica fenomenal y eso… y eres muy buena conmigo siempre. Me lo paso muy bien contigo, ¿sabes?

-Ehm… creo que no te sigo –dijo Aura, ladeando la cabeza-. ¿A qué viene todo eso? ¿Me has roto algo y no sabes como pedirme disculpas?

-No, no es eso –Pete seguía rojo como un tomate-. Verás, es que… me… me gustas mucho.

Se hizo el silencio. Las mejillas salpicadas de pecas de Aura comenzaron a ruborizarse dándoles un precioso tono colorado. La hechicera bajó la vista y musitó unas palabras con un tono casi inaudible.

-No… no te oigo, Aura – dijo Pete, que no paraba de cambiar el peso de una pierna a otra-. Habla… habla más alto por favor.

-Tú… tú también me gustas, Pete –afirmó Aura, alzando la vista-. No… no sabía que yo te gustaba. ¿Qué bien, no?

En ese momento estalló en el interior de Pete una burbuja de júbilo, estrés y nervios que lo llevó a darle un brusco beso en los labios a la hechicera. Aura se echó para atrás, sobresaltada.

-Perdón, perdón, perdón –balbuceó Pete apresuradamente, sintiéndose tremendamente estúpido-. No quería ser tan impulsivo. Es que estoy contento porque llevaba mucho tiempo esperando decirte esto y sabes no sabía si ibas a decirme que sí o que no y claro me he dejado llevar y entonces…

Aura lo calló con un suave beso en los labios.

Recuerdo aquel instante como si fuese ayer. Su forma tierna y cuidadosa de besar, su respiración nerviosa de quién acaba de dar un gran paso, o hasta el calor que desprendía su cuerpo en contacto con el mío. Fue un momento único, que quedaría grabado para siempre en mi memoria. 

Cuando el largo beso tornó a su fin, los dos hechiceros se separaron. Sus mejillas parecían estar inmersas en una competición de a ver quién se ruboriza más. Se miraron a los ojos y sonrieron prácticamente al mismo tiempo.

Pete fue el primero en hablar.

-Entonces… ¿quieres que salgamos juntos? –las últimas palabras de Pete se perdieron en un hilo de voz. A pesar de ello, Aura las entendió perfectamente-.

-Pues… vale. Pero no esperes un trato distinto, ¿eh? –contestó la hechicera intentando aliviar la tensión-. ¡No te pienso hacer los deberes!

-¡Lástima! Pues yo no pienso dejar de meterme contigo, mona –replicó Pete con una carcajada, siguiéndole el juego-.

Aura le respondió con una sonrisa, y ambos comenzaron a andar rumbo a sus habitaciones. Una vez allí, se despidieron con un abrazo y un largo beso. Pete tardó en acostarse, pues el reciente acontecimiento le había desvelado, pero finalmente se tumbó en la cama y durmió plácidamente hasta el amanecer.

Al día siguiente, la pareja decidió anunciar la gran noticia durante la comida. Mientras Max y Diana devoraban sus platos como cada mediodía, Pete y Aura se miraron a los ojos, sonrieron y se abrazaron.

-¡Estamos saliendo! -dijeron a la vez.

La maniobra cogió por sorpresa a Max, que se estaba llevando una cucharada de sopa de miso a la boca. El hirviente líquido se derramó por encima del hechicero, haciéndole saltar de la silla mientras se sacudía violentamente la túnica.

Diana no reaccionó, en cierto modo porque la noticia no le era novedosa. Había comenzado a sospechar después de observar los gestos de cariño mal disimulados de la pareja durante la clase de Historia de la magia de aquella mañana. Se dedicó a suspirar y a seguir comiendo sus macarrones con tomate.

En aquel momento, mientras abrazaba a Aura, me di cuenta de que estaba comenzando la que probablemente sería la mejor época de mi vida. Y así fue. A pesar de que no teníamos muchos momentos a solas debido a las largas jornadas de estudio en solitario, y a que casi siempre estábamos los cuatro juntos en nuestro tiempo libre, nosotros siempre encontrábamos algún momento para intimar: paseos esporádicos por los jardines de Khaiden mientras la acompañaba a alguna clase, caricias amparados en la oscuridad mientras veíamos películas en el proyector de Max, e incluso visitas nocturnas furtivas a su dormitorio. 

 Era en aquellas últimas donde más disfrutaba de nuestra relación. Al principio nos pasábamos las noches hablando sobre nuestras vidas y planes futuros hasta quedarnos dormidos abrazados el uno al otro. Pero al poco tiempo la pasión nos pudo. Los labios pararon de pronunciar y comenzaron a besar, las manos dejaron de abrazar y empezaron a buscar. Mis ojos devoraban cada palmo de su cuerpo desnudo bajo la luz de la luna, parándose en cada pequeño detalle, contando sus lunares, subiendo y bajando por las curvas de sus pechos, perdiéndose en la profundidad de sus piernas.

Un día decidí que era hora de dar el paso y consumar nuestra relación.

Anuncios