Capítulo 2: El trono de un Dios

Cualquiera que viese aquella estancia pensaría que había entrado en la sala del trono de algún dios. Las enormes paredes recubiertas de frescos de diversos lugares y épocas representaban batallas que solo recordaban los libros de historia. En el suelo, una larga y oscura alfombra conectaba la puerta de la colosal sala, franqueada por dos guardias orcos de indudable habilidad en combate, al enorme trono que presidía el lugar. Reposaba en él una gigantesca figura de al menos cuatro metros. No se podían adivinar sus facciones, pues la totalidad de su cuerpo estaba recubierto por una armadura negra como el ébano. No se veían abolladuras ni cortes, lo que indicaba la excelente calidad de la misma teniendo en cuenta la cantidad de batallas en las que había tomado parte.

Lo primero en lo que uno se fijaba al encontrase por primera vez con el Emperador era en su aterrador yelmo, que tapaba su cara por completo a excepción de dos orificios que dejaban ver un par de ojos rojo sangre. En la parte superior, sobresalían dos cuernos negros que conferían un aspecto diabólico a la figura. También llamaba la atención un artilugio extraño que sobresalía de su espalda. Los pocos que habían visto en combate al Emperador sabían que no era otra cosa que su arma favorita, un lanzador de proyectiles que desintegraban a todo aquel ser orgánico que tuviese la desgracia de ser su objetivo. Cariñosamente, el Emperador los llamaba Misiles Muerte. Aún estando tranquilamente en su trono, su aspecto resultaba aterrador.

La puerta se abrió con un leve crujir, rompiendo el silencio de la estancia. La atravesó un pequeño esqueleto ataviado con un frac y con la cabeza cubierta por una elegante chistera. Nada más pisar la alfombra, se hizo a un lado. Portaba un bastón de cristal coronado por una pequeña calavera decorativa. Tras hacer un sonido parecido al de un carraspeo, la extraña figura golpeó tres veces el suelo con la punta del bastón para luego anunciar, con una simpática voz aguda que no pegaba con su naturaleza de ultratumba:

-Su alteza Ganondorf, Rey de los ladrones.

Una figura mucho más grande atravesó la puerta. Medía alrededor de dos metros y tenía un tono de piel muy oscura, que contrastaba con su cabello rojizo y sus ojos ambarinos. Vestía una armadura negra con motivos dorados y una capa bicolor, negra por fuera y roja por dentro. En su cintura portaba una espada plateada.

Ganondorf avanzó lentamente hacia el Emperador. Al llegar al trono, hizo una rápida reverencia mientras pronunciaba de forma casi automática el saludo protocolario “Emperador Genonheart, mi alma está a su servicio”. El Emperador, que hasta ese momento no parecía haberse inmutado de la entrada de Ganondorf, movió la cabeza.

-Déjame adivinar, la República nos ha declarado la guerra y en estos momentos están asediando la capital.

-No tendrás esa suerte, hermano, Gerudo está más tranquilo que la Torre un día festivo- dijo Ganondorf esbozando una sonrisa- Pero tengo interesantes noticias para ti. La reunión con el embajador republicano sobre la venta de argelita se ha pospuesto para el lunes. Ah, y recuerda que tienes que inaugurar el nuevo coliseo del barrio sur.

Todo lo que obtuvo Ganondorf por respuesta fue un bufido de exasperación. El visitante soltó una carcajada.

-Venga, si sabes que te encantan las inauguraciones. Siempre acabas tú sólo con todos los canapés. Me parece a mí que los de catering aún no debieron entender que un cuerpo tamaño ”imperial” no se llena a base de tostadas con paté.

-Si me diesen un medín por cada reunión, entrevista o acto al que he asistido desde mi último combate podría comprarme diez Repúblicas. Ellos son más inteligentes, tienen cientos de senadores que se reparten los marrones diplomáticos, y así tienen todo el tiempo de mundo para rascar su democrático culo.

-Pues ya sabes, hermano- respondió Ganondorf con una sonrisa-, coge un par de orcos, nómbralos senadores, y así podrás dedicar quince horas al día a quejarte de tu miserable vida en vez de las diez de rigor. Lo que hay que oír, ¡y yo trabajando todo el día como un esclavo!

-Sí hermanito, ya veo que te tienen “negro”.

Los dos soltaron una carcajada a la vez. El informe diario era el único momento en el que el Emperador y su hermano pequeño podían verse, y el principal motivo por el que Genonheart no había nombrado a un secretario para ello. Aunque no lo pareciese, siempre había algo que hacer.

-Bueno Ganondorf, si me disculpas tengo que seguir con la ardua tarea de contar los caballos que hay en los frescos de la sala. Puedes retirarte.

-Chist, chist… un momento. Cuando digo que hay algo interesante es que lo hay- Ganondorf sonrió para sus adentros, había dejado lo mejor para el final, siempre lo hacía- Ayer los mineros de Beaufar se rebelaron y atacaron la capital.

-Hermano, sabes que prefiero las malas noticias al principio. Beaufar es uno de  nuestros principales productores de beauxelita del Través. Perderlo nos costará caro.

-No te preocupes, la rebelión fue sofocada. Thurk’hal hizo un buen trabajo a pesar de lo que se dice de él. Aunque, según he oído, los orcos hubiesen sido derrotados sino llega a ser por.., ¿adivinas quién?, un mago que estaba de paso. Y no era de la República.

Ganondorf percibió una expresión de sorpresa en su hermano que le hizo sonreír. A pesar de tener todo el rostro cubierto, conocía lo suficiente a Genonheart como para saber cuando había logrado atraer su interés.

-Vaya, vaya, un renegado. Interesante- Genonheart dedujo rápidamente que al llamarlo “mago” a secas, y no nigromante o mago oscuro, indicaba que no pertenecía al Imperio. Así que solo podía tratarse de un mago que había desertado de la República, es decir, un renegado- Me gustaría hablar con él, igual tiene información interesante sobre los movimientos del Consejo de Sabios. Siempre es mejor ir un paso por delante de ellos, antes de que saqueen todos los artefactos del Través.

-Supondría que dirías eso, hermano. A estas horas debe de estar llegando al Nexo. Ya he mandado un transbordador a recogerle. Estará en la Torre para la cena.

-Siempre tan eficiente, hermanito, ya podías cagarla algún día, que hace tiempo que no te suelto un sermón.

Ganondorf esbozó una sonrisa de orgullo, él nunca fallaba una misión, no le daría esa satisfacción al Emperador. Sin esperar la orden de su hermano, hizo la reverencia de rigor y se marchó de la sala. Genonheart se quedó pensativo. Hacía tiempo que no se veía un renegado por el Imperio, generalmente eran eliminados por el Consejo al mínimo indicio de traición, antes de que revelasen sus secretos al Imperio. El mago de Beaufar podría serle útil. Sus ojos se movieron inconscientemente a una puerta lateral, que conducía a los aposentos de su hechicero personal. En su tiempo también había sido un renegado. Había llegado a Gerudo metamorfoseado en orco para escapar de la Republica, que lo buscaba por todo el universo. Su inventiva y su enorme poder mágico le habían impresionado, por lo que no sólo le había proporcionado asilo en la capital, sino que, tras pasar un examen previo, lo había nombrado su mago personal. Sus consejos y su inteligencia habían sido decisivos en muchos conflictos, por lo que Genonheart le tenía una gran estima. Es posible que este nuevo renegado le resultase de la misma utilidad.

Entre estos y otros pensamientos, Genonheart se quedó dormido.

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