Capítulo 19: Ocaso divino

El Bárbaro se acercó al trono, desde donde Genonheart le brindaba una mirada amenazadora. Una vez enfrente del Emperador, Günter se cruzó de brazos y comenzó a hablar con tono imponente a la vez que burlón.

-Soy el senador Günter Gergen, y la República me envía para que el Imperio dé una explicación sobre el ataque a uno de nuestros campamentos mineros del sector T-37 alfa. Personalmente, me parece detestable que una nación se dedique a asesinar a civiles por motivos económicos, aunque tratándose del Imperio también era previsible. Espero que tengáis una explicación ya preparada, porque no tengo todo el día. Ni yo ni el Senado, que está bastante quemado con el asunto.

El Emperador, furioso ante las amenazantes palabras del diplomático, estalló. Se levantó de un salto y empezó a gritar.

-¿Pero quién cojones te crees que eres, puto senador de mierda? ¿Tienes la osadía de presentarte en mi capital cuando yo había requerido la presencia del canciller, y encima me vienes pidiendo explicaciones de un ataque que jamás ha ocurrido, cuando debería ser yo quién te las pidiese?

Los gritos de Genonheart resonaron por toda la sala del trono. Agahnim y el Médium se asomaron por una puerta lateral, atraídos por el ruido.

-¿Pedirnos explicaciones? -respondió el Bárbaro, haciendo aspavientos con las manos-. ¿De qué estás hablando? El Imperio ha atacado y destruido un campamento minero republicano legitimado por el Tratado de Libre Colonización, lo que básicamente es un asalto directo contra territorio de la República. No es culpa nuestra que hayáis llegado tarde a colonizar el sector alfa. A veces, Emperador, hay que saber perder.

Agahnim se anticipó a la reacción del Emperador y se acercó corriendo para mediar.

-Un momento, senador. Sin entrar en detalles de si esos ataques contra la República son ciertos o no, es un hecho incuestionable que la República ha destruido dos prospecciones mineras del sector con tropas regulares. Así que en el peor de los casos, ambos estaríamos manchados de sangre.

-¿Y tú quien coño eres? –inquirió Günter, mirando con desprecio a quien osaba interrumpirle. -¿Un puto orco azul con una capa roja roñosa y una diadema con una gema a juego? ¿Quién te viste, tu abuela?

-Soy Agahnim –respondió, haciendo caso omiso a las provocaciones del senador-, hechicero personal del Emperador. Soy el encargado de dirigir las prospecciones en el sector alfa. He estado personalmente en los campamentos destruidos, y puedo asegurar sin ninguna duda que fueron atacados por vosotros. Los atacantes iban encapuchados y vestidos con túnicas lisas, pero llevaban bajo ellas uniformes de la Mano Blanca.

-¿Pero qué coño estás inventado?  -gritó el Bárbaro, dando un paso hacia él-. Espera, ya sé quién eres. Tú mandaste ese mensaje absurdo a los hechiceros que sobrevivieron a la masacre, instándoles a que cesásemos los ataques a vuestros campamentos. El Senado ya discutió sobre ese asunto, y no se tiene constancia de ningún ataque por nuestra parte. Así que vuestra estúpida trampa para provocarnos no os va a funcionar. ¡En el sector alfa sólo ha habido un ataque, y ha sido el vuestro!

Tetragold apareció por la puerta principal de la sala, caminando a paso ligero. Huesitos no se atrevió a anunciarlo por miedo a interrumpir la conversación.

Genonheart, fuera de sí, arrancó el trono de su base de una patada. El sillón salió volando varios metros, golpeando estruendosamente contra la pared de piedra. Los ojos del Emperador, más rojos de lo habitual, centelleaban con furia.

-¡Ya está bien! –gritó, encolerizado-. ¡Me he cansado de tu puta estampa, gordo de mierda! ¡Nosotros no hemos atacado vuestro puto campamento! Si os han atacado unos jodidos piratas no nos vengáis a echar las culpas. Defended mejor vuestro territorio o la próxima vez seremos nosotros los que os masacremos de verdad.

Tetragold alcanzó el final de la sala. No esperó a sobrepasar al senador, sino que gritó desde su posición.

-¡Hermano! ¡He encontrado algo muy extraño! Resulta que…

Günter no le dejó terminar la frase. Se vio acorralado, con su única vía de escape cortada por el recién llegado. Enajenado, se alejó del Emperador sin dejar de mirarlo, vociferando como un puerco frente al cuchillo del matarife.

-¡Sois despreciables! ¡Todos vosotros! Mi hijo estaba en ese campamento que arrasasteis, ¿sabéis? No era más que un mecánico, pero os lo cargasteis igual. ¡Y tú, Emperador de mierda, ni siquiera tienes el puto honor de confesarlo! ¡Hijo de mil putas! ¡Ojalá te pudras dentro de esa maldita armadura por toda la eternidad!

Genonheart se agachó hacia delante con un movimiento brusco. Del artilugio de su espalda asomó una pequeña cabeza puntiaguda.

-¡Pagarás esas palabras con tu vida, cabrón!

Günter, que creía que a esa distancia estaba a salvo del Emperador, se sorprendió al ver un pequeño misil dirigirse hacia él. A pesar de sus más de doscientos kilos de peso, el Bárbaro era extraordinariamente ágil, y su tiempo de reacción era digno de un espadachín. Se tiró hacia un lado, intentado escapar de la trayectoria del proyectil. La cabeza puntiaguda del Misil Muerte pasó rasgando su caftán, pero sin llegar a rozar la piel. Sin desviarse, el proyectil siguió su camino, hacia un Tetragold que miraba paralizado como se le acercaba directamente.

En el último momento, el hermano menor logró apartarse. El proyectil salió desviado hacia un lado y se estrelló contra uno de los frescos que decoraban la estancia. Tras el impacto, la sala quedó en silencio. Todas las miradas estaban fijas en Tetragold, que se agarraba una hombrera en la que aparecía progresivamente una mancha de sangre. El Emperador fue el primero en ir corriendo hacia su hermano.

-¡Tetragold! Joder, ¡te he dado!

Agahnim y el Médium se acercaron al herido y lanzaron sendos hechizos de curación para intentar frenar la neurotoxina liberada por el Misil Muerte. Günter quiso aprovechar la confusión para escapar de la sala. Tan sólo el chambelán le separaba de la salida de la estancia. Cuando sobrepasó al esquelético ser, sintió una punzada aguda en la espalda. Este golpe no lo había visto venir. Al mirar hacia abajo, pudo comprobar con horror que una hoja curva le había atravesado el abdomen. El filo se retiró de su cuerpo, provocando un fatal sangrado que empapó la alfombra oscura de la sala del trono de líquido carmesí. En un último esfuerzo, el Bárbaro logró darse la vuelta y mirar a su asesino. Enfrente de él, un esqueleto en frac lo observaba con las cuencas vacías de su calavera. Su brazo derecho se había convertido en un enorme filo de guadaña manchado de sangre. Günter Gregen creyó contemplar a la mismísima Muerte antes de expirar su último aliento.

Agahnim y el Médium seguían tratando de frenar el envenenamiento de Tetragold, pero se antojaba imposible. Ganondorf apareció unos instantes después, atraído por una urgente llamada telepática de Agahnim. Contempló horrorizado lo que acababa de suceder. Sus habituales facciones arrogantes habían sido sustituidas por muecas de desesperación.

El cuerpo de Tetragold no cesaba de convulsionar. Al poco rato comenzó a emitir un brillo azulado y, progresivamente, empezó a desvanecerse.

Genonheart estaba desesperado. Caminaba de un lado a otro rápidamente, haciendo temblar el suelo con su enorme peso.

-¡Joder, qué se muere! ¡Curadlo, por Meda, curadlo!

-¡La neurotoxina es demasiado potente! –respondió el Médium, con voz forzada-. No somos capaces más que de ralentizarla.

-¡Llama a más hechiceros! -gritó Ganondorf, mirando hacia Agahnim-. ¡Que venga Nergal, que vengan Birova!

-¡Ya lo he hecho! -contestó Agahnim sin apartar la vista del ahora semitransparente cuerpo-. Vienen de camino. ¡Aguanta, Tetragold!

De repente, el Adalid del Caos dejó de convulsionar. Sus ojos nublados miraron hacia el Emperador. Sus labios se abrieron y emitieron unos débiles gemidos.

-Her…ma…no…

El cuerpo de Tetragold finalmente desapareció. En su lugar tan sólo quedaba una mancha de sangre, como macabro recordatorio de lo que acababa de suceder.

-¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Se dice que el grito que emitió Genonheart en aquel instante se escuchó en todo la Torre. Los más osados se atreven a afirmar que se pudo oír en todo Gerudo. Lo cierto es que todos los presentes en aquella sala recordarían aquel desgarrador gritó de rabia, odio y muerte que emitió el Emperador. Un grito que sólo aquel que acaba de ver morir a un ser querido puede llegar a entonar. Tras él, la sala enmudeció.

Sería el propio Genonheart quien, con una voz totalmente cambiada, rompería el silencio con unas palabras que harían historia.

-Ganondorf. Ordena la movilización total del Imperio. Desde ahora y hasta siempre estamos en guerra total con la República.