Capítulo 18: Sesión extraordinaria

Horas después de la conversación en la sala del trono, una nave diplomática despegaba del espaciopuerto de la Torre con destino a Arcadia. A bordo se encontraba el cónsul Herks’klem. Los orcos eran extraños de ver en el ámbito diplomático, pero los pocos existentes gozaban de muy buena reputación en la comunidad política.

Mientras la nave cruzaba el undécimo portal dimensional de su ruta a Arcadia, en la capital de la República se celebraba un pleno extraordinario. Prácticamente todos los senadores se encontraban en el hemiciclo, algo tan poco habitual como el día en el que se estaba oficiando.

Robert tuvo que golpear varias veces con su mazo de madera hasta que el ruido llegó a un nivel aceptable como para permitirle hablar.

-Señorías, probablemente ya estén todos ustedes informados de la noticia del día. En su llegada al planeta GJ 832 C, uno de los planetas del sector T-37 alfa incluido en el plan colonial republicano, la flota estelar encargada de preparar la llegada de los futuros colonos se encontró totalmente destruido el campamento minero establecido allí. Los pocos supervivientes han revelado que se encontraron pruebas fehacientes en los cadáveres de los invasores que demostraban que estos pertenecían al ejército regular imperial, la Mano Negra. Así mismo, un grupo de hechiceros pertenecientes a la Torre de Khaiden ha afirmado que han mantenido contacto con un miembro del alto mando imperial. Señor Athos, si hace usted el favor de aclararnos este último tema.

El archisabio se levantó de su escaño y, tras carraspear un par de veces, habló con su característica voz pausada.

-Si, ejem… tras el ataque, mis hechiceros fueron convocados mediante un documento imperial para reunirse en… ciertas coordenadas del planeta. Allí se encontraron una nave no tripulada. Parece ser que esta… nave desplegó una pantalla donde el supuesto hechicero personal del Emperador les instó a… cesar los ataques contra su nación.

A pesar de que prácticamente todos los senadores conocían la noticia, el tumulto se sucedió igualmente. Tras acallarlo a golpe de martillo, Robert cedió la palabra al portavoz del PER.

-Señorías, es evidente que nos encontramos ante una trampa colocada con vileza por nuestra nación antagónica –Khorovir hizo una pausa dramática mientras se mesaba la barba-. En mi humilde opinión, creo que los Imperiales están intentando provocarnos, quizás para que les declaremos la guerra. No debemos caer en su ardid. El PER propone aumentar nuestros efectivos militares en el sector alfa para proteger el resto de nuestros campamentos hasta que se hayan convertido en colonias oficiales y, por lo tanto, protegidas por el convenio colonial. En cuanto vean nuestra potencia militar, el Imperio dejará de molestarnos.

Tras el inevitable murmullo posterior, el canciller le cedió la palabra a Ithorièl, que parecía que iba a saltar en cualquier momento.

-Khorovir, ¿no te das cuenta de que mandando tropas lo que haces precisamente es caer en ese ardid del que hablas? Entrar en guerra es lo último que se debería plantear la República, Señorías, pues solo traería el caos y la miseria a nuestra patria. Si enviamos más tropas al sector alfa estaremos creando un clima de tensión que podría desembocar en un conflicto mayor que la pérdida de un campamento. Sugiero que tratemos este tema con diplomacia. El PNR propone mandar a un emisario a Gerudo para aclarar los motivos de esta absurda provocación.

-El POR está de acuerdo con la proposición del senador Ithorièl –dijo Ironhide en cuanto se le cedió la palabra-, no debemos entrar en guerra con el Imperio, al menos no hasta que el arma de Athos esté operativa. Nuestro partido quiere más que nadie acabar con los abusos del Imperio, pero también hay que plantearse el asunto con la cabeza bien fría. Mandar tropas al sector alfa puede tomarse como una provocación innecesaria, y por el momento debemos de ser cautos.

Tras las deliberaciones llegó la hora de votar. A pesar de la gran cantidad de senadores del PER, la vía diplomática ganó a la amenaza militar por una amplia mayoría. Como partido mayoritario, los expansionistas fueron los encargados de designar al emisario que debía viajar hasta Gerudo. Por supuesto, eligieron a Günter Gergen. Medía más de dos metros y pesaba más de dos quintales. Era conocido como “el Bárbaro” por su lenguaje soez y directo y su apariencia vikinga, debida a su cabello carmesí y a su larga barba trenzada. Khorovir sabía que si no podía enviar la flota para amedrentar al Imperio, mandaría al más amenazador de sus senadores. No consentiría que el Imperio jugase con el país que dirigía como si fuese un abusón en un patio de colegio.

La nave diplomática republicana tomaría el camino inverso al de su homóloga imperial. Sin embargo, Günter y Herks’klem nunca llegarían a cruzarse.

Media hora después de cruzar el portal número veintitrés, el piloto espacial Ryan Bentley divisó algo extraño en el radar, una señal amorfa. Al principio lo identificó como un asteroide solitario y no le dio importancia, pero según se iba aproximando al objeto, su señal se dividió en pequeños puntos que comenzaron a desplazarse de forma independiente. Ryan sabía perfectamente lo que era. Sólo había un tipo de naves que se ocultarían de tal manera al radar.

-¡Piratas! –gritó, con un reconocible miedo en su voz.

Ryan desvió toda la energía a los escudos y lanzó una señal de socorro por radio en todas las frecuencias. A los pocos segundos, toda la nave comenzó a temblar. El cónsul Herks’klem, que hacía unos instantes estaba leyendo tranquilamente en su diván, miraba ahora por la ventana con miedo en sus ojos. Los destellos azules de los cañones de iones se repetían incesantemente. La nave diplomática contaba sólo con dos baterías láser como defensa. Los cañoneros imperiales trataban de impactar contra las escurridizas naves piratas, pero sus disparos se perdían en el espacio. Ryan conocía perfectamente la táctica de asalto pirata. Primero inhabilitaban los sistemas electrónicos con sus cañones de iones y, cuando la nave estaba totalmente indefensa, la abordaban. “Puede que tomen al cónsul como rehén para cobrar un rescate.” pensó Ryan mientras realizaba una maniobra evasiva “Pero los demás no les somos útiles.”

Los tripulantes de la nave diplomática decidieron luchar por sus vidas hasta su último aliento. Cuando los sistemas eléctricos cayeron, montaron una barricada en torno al cónsul. La primera nave llegó por babor. Tras anclarla al fuselaje por medio de imanes, los piratas abrieron un agujero en el casco usando lanzas térmicas y comenzaron el abordaje. Los tripulantes dispararon fieramente sus rifles láser contra los invasores hasta que los piratas, derrotados, se retiraron a su nave. Cinco invasores caídos a cambio de las vidas del copiloto, el ingeniero de vuelo y un artillero. Dos naves se acercaron a ellos por estribor. Eran demasiadas.

Nunca más se volvió a saber de Herks’klem ni de la tripulación.

Al día siguiente, de madrugada, la nave de Günter atravesó el último portal y aterrizó, escoltada por dos cruceros imperiales, en el espaciopuerto principal del Nexo. Allí, el gigantesco diplomático tomó una de las lanzaderas a la capital del Imperio, deseoso de cruzar unas palabras con el Emperador.

Genonheart, mientras tanto, estaba reunido con sus hermanos en la sala del trono. Parecía visiblemente enfadado.

-Es bastante probable que tengan una explicación coherente para el hecho de que el canciller haya mandado a un senador en su lugar –dijo Tetragold, intentando calmar los ánimos-. Y que no tengamos noticias de Herks’klem no tiene por qué estar relacionado con la República. Igual ha sufrido un acciden…

-¡Basta ya, hermano! –gritó el Emperador, mirándole a los ojos-. Veo perfectamente lo que tengo ante mí. No voy a acusar a nadie hasta que ese estúpido senador nos aclare lo que ha ocurrido, pero tampoco voy a dejar correr el asunto ni un minuto más. Si hoy no se ha aclarado todo, pienso arrasar Arcadia hasta que no quede una puta alma en pie.

-Bueno, tampoco te pases –terció Ganondorf, mesándose su barba carmesí-. Puede que la solución sea una intervención militar, pero entrar en una guerra en gran escala… Yo creo que si tomamos el sector alfa los republicanos se irán con el rabo entre las piernas. Saben que les superamos económica y militarmente.

El Emperador pareció calmarse ante las palabras de sus hermanos

-No se… no se…, todo este tema me está empezando a sacar de mis casillas. Primero los piratas y los aranceles, luego los ataques a los campamentos del sector alfa y ahora la desaparición de Herks’klem. Espero que se aclare todo hoy.

-No te preocupes, hermano –dijo Tetragold, con una sonrisa-, todo se aclarará al final. Y por si el senador no es capaz de dar una explicación, pienso ponerme ahora mismo a investigar el tema hasta llegar al fondo del asunto.

Los hermanos se despidieron y salieron de la estancia. Genonheart se sentó en su trono y cerró los ojos para intentar ordenar sus ideas. Al cabo de un largo rato, Huesitos hizo acto de presencia con su característica voz estridente.

-Emperador Genonheart, mi alma está a su servicio. El senador Günter Gregen está en la sala de espera. ¿Le dejo entrar?

-Sí, es hora de aclarar las cosas.

Huesitos abrió la puerta, y un gigantesco ser de más de dos metros cruzó el umbral. Miró de forma amenazadora las órbitas huecas del chambelán y le espetó:

-Es Gergen, gilipollas.

Si Huesitos hubiese tenido cejas las hubiese fruncido. En su lugar emitió un gruñido gutural, impropio de él, y se apartó. Ya se encargaría el Emperador de enseñarle quién mandaba en Gerudo.