Capítulo 15: Travesía

Aura desenroscó la tapa del cilindro y retiró de su interior un rollo de papel que había estado sellado con un lacre de color bermellón. La hechicera extendió impaciente el documento y lo leyó en voz alta.

 

A la expedición republicana,

Se cita al responsable o responsables de este campamento para un asunto de máxima urgencia. Se indican las coordenadas y la hora de encuentro en la nota adjunta. Cualquier escolta armada será considerada como un acto de guerra. No presentarse a la cita será considerado como una ruptura de las relaciones diplomáticas.

 

  -¡Vaya una amenaza! –comentó Aura, guardando el documento en la valija-. ¿En serio pretenden que vayamos a su encuentro después del ataque? ¡Y encima desarmados!

-No parece que tengamos elección –contestó Max, soltando un leve suspiro-. La cita es esta tarde. Si no acudimos, probablemente lo usen como una excusa para mandar otro ataque. Y tampoco podemos evacuar a los heridos, así que escapar a las minas no es una opción.

-A mí me resulta muy extraño que después de intentar aniquilarnos se decidan a parlamentar –dijo Aura con tono pensativo-. ¿Por qué no mandan otra brigada a terminar el trabajo?

-Tengo una teoría –terció Diana, cerrando los ojos para concentrarse mejor-. Su plan era terminar con nosotros por sorpresa, antes de que pudiésemos reaccionar. Como no han tenido respuesta de sus esbirros, han debido suponer que hemos resistido el ataque. ¿Y qué fue lo primero que intentamos hacer tras terminar la batalla?

-Ayudar a los heridos –respondió Aura-.

-Ni idea, estaba inconsciente –contestó Max-.

Diana soltó un suspiro de exasperación.

-Tras acabar con los encapuchados, lo primero que hice fue buscar a Elliot, el encargado del ansible –explicó, con un tono neutro-. Teníamos que poner a la República sobre aviso para que acelerasen la llegada de la flota.

-¿Pero el ansible está roto, no? –preguntó Aura-. O eso me dijeron ayer.

-Desgraciadamente, los intercomunicadores por entrelazamiento cuántico rompen fácilmente, sobre todo si los golpeas a conciencia con mazas de guerra –afirmó Diana, con cierta tristeza en su voz-. Pero los imperiales no saben si está inutilizado. Todos los atacantes se suicidaron, ¿recordáis?

Max intentó hacer un comentario sobre su imposibilidad de acordarse, pero Diana le interrumpió.

-Probablemente crean que ya hemos avisado del ataque –continuó la hechicera-. Así que se andarán con cautela. Si lanzan otra oleada, pueden acabar provocando un gravísimo conflicto diplomático. Una cosa es atacar a convoyes comerciales por medio de piratas, y otra muy distinta arrasar un campamento civil con tropas regulares.

-Vamos, que les ha salido mal y ahora van a intentar arreglarlo, ¿no? –saltó Aura-. ¡Menuda cara tienen esos gilipollas! ¿Pues sabéis qué? ¡Pienso ir personalmente a esa cita para decirle cuatro palabras a esos putos imperiales!

-Tranquilízate, Aura –dijo Max, abrazándola. Notó como la hechicera sollozaba ligeramente-. Has tenido muchas emociones juntas, y sé que te han afectado. A la cita iremos Diana y yo. Quédate con los heridos y encárgate de que reciban la atención necesaria.

Aura no estaba de acuerdo con la idea de Max, pero prefirió no protestar. Sabía que en esos momentos no sería capaz de proponer argumentos capaces de convencerlo de lo contrario. Decidió que primero trataría de calmarse, y al mediodía intentaría persuadirlos para que la dejasen viajar con ellos.

La comida consistió en más jamón y unas gachas de avena. Tras terminar el rancho, Max y Diana se retiraron a preparar el viaje hacia el punto de reunión. Aura decidió dejarles unos minutos antes de atacar, tiempo que aprovechó para repasar todos los argumentos que utilizaría para intentar rebatir a Max.

El sol ardía con fuerza en el cielo. Los hermanos hechiceros tiraban sincrónicamente de la polea que permitía extraer agua del pozo. Tras examinar el mapa del planeta, habían comprobado que el punto de reunión se encontraba en mitad de un desierto. Y hacía mucho calor.

-¿Crees que Aura se recuperará de todo esto? –preguntó Max-.

Diana terminó de llenar las cantimploras. La bomba de agua había sido destruida deliberadamente durante el ataque, probablemente para evitar que pudiesen apagar los incendios, por lo que los hermanos tenían que extraer el agua del pozo utilizando el rudimentario sistema de cubo y polea.

-Aunque no lo parezca, ella es fuerte –contestó Diana tapando la última cantimplora-. No puedo negarte que todo esto le haya afectado mucho. Ha visto morir a compañeros suyos sin poder evitarlo, y ella misma ha estado a punto de perder la vida. Pero creo que lo superará. Al fin y al cabo, superó lo que sucedió hace siete años.

-¿Estás segura de que quieres que venga con nosotros?

-Si no la dejamos, va a venir igual. Es cabezota como ella sola. Y creo que ahora mismo necesita nuestra compañía. Por mucho que te preocupe, Max, va a estar mejor con nosotros que comiéndose la cabeza en el campamento, rodeada de moribundos.

-Espero que tengas razón –cedió Max. Giró la cabeza al escuchar unos pasos acercándose-. Mira, por allí viene.

Aura se dirigía hacia ellos con su característico paso apresurado. Nada más llegar, alzó su mano derecha con el índice extendido y comenzó el discurso que tenía preparado.

-Antes de que digáis nada, quiero que sepáis que estoy totalmente convencida de que mi compañía en vuestro viaje puede ser provechosa. Conozco bien el terreno de este planeta porque lo he estado estudiando durante varias semanas…

-Aura… –dijo Max.

-Además -continuó Aura haciendo caso omiso de su amigo-, gracias a mi forma de pájaro puedo adelantarme para encontrar posibles emboscadas enemigas. Y con mi forma felina puedo compensar mi carencia de hechizos ofensivos…

-¡Aura! –le interrumpió Max, alzando las manos-. Ya hemos decidido que puedes venir con nosotros. No hace falta que nos sueltes ese discurso.

-¡Pero si lo tenía preparadísimo! –exclamó Aura, con una falsa indignación que dejaba entrever fácilmente su repentino júbilo. –En fin, muchas gracias. ¿Cuándo salimos?

-En media hora –contestó Diana-. Las provisiones ya están preparadas. Haz tu equipaje y vuelve aquí. No te olvides de la túnica de viaje. Coge la más clara que tengas, que hace un sol de justicia.

Treinta minutos después, la expedición se puso en camino. El punto de reunión se encontraba a tan sólo siete millas del campamento, pero el calor abrasador del desierto hizo que les pareciesen el doble. Tras dos horas de travesía, los sudorosos hechiceros llegaron a una explanada situada entre dos dunas, en las que una solitaria nave espacial se erguía sobre el mar de arena, apoyada sobre un trípode metálico. La luz del sol reflejada en el fuselaje les había permitido divisarla desde hacía una milla.

Al acercarse, los hechiceros pudieron comprobar que la nave estaba totalmente sellada. No se veían compuertas en el fuselaje, ni nada que pudiese indicar cómo entrar o salir de ella.

-Parece que no se fían de nosotros –comentó Diana-. Han mandado un dron a recibirnos.

Efectivamente, la nave que tenían delante no parecía presentar ningún indicio de vida. Al cabo de unos minutos de espera guarnecidos a la sombra del dron, esté desplegó ante ellos una enorme pantalla desde su vientre. Max, que estaba justo debajo, recibió de lleno el pantallazo.

-¡Au! –exclamó, recolocándose el sombrero.

La pantalla se iluminó. En ella apareció un rostro monstruoso, de un color azul pálido. Vestía una túnica roja con un símbolo negro estampado que recordaba a un ojo. Tras unos segundos en los que la imagen permaneció prácticamente estática, la figura de la pantalla comenzó a leer un papel que sostenía en sus manos. La voz sonaba muy ronca, y se detenía de vez en cuando de forma repentina, a pesar de que los labios del monstruoso interlocutor no paraban de moverse.

-En nombre… del Imperio, yo…. el hechicero… personal del Emperador y…. encargado de la expedición imperial en… este sistema insto a la República… a que detenga inmediatamente… los ataques sobre nuestra nación. No se tolerarán… más ataques injustificados… contra nuestros campamentos… De lo contrario… las muertes de nuestros civiles… serán vengadas.

Los hechiceros no daban crédito a lo que estaban escuchando.

-¿Qué cojones dices? –gritó Aura, abriendo las ojos y las manos en un gesto de incredulidad-. ¡Si habéis sido vosotros los que habéis atacado!

La imagen volvió a permanecer estática unos segundos. La figura los miraba fijamente. Finalmente, la pantalla se apagó y se volvió a introducir en la nave.

-¿Qué demonios acaba de pasar? –preguntó Max, aún a sabiendas de que nadie sabría contestarle.

-No hay quién entienda al Imperio –saltó Aura, con indignación-. Primero nos atacan, y después nos citan en mitad de un desierto donde un estúpido dron que parece tener la antena estropeada nos suelta un mensaje incongruente de un tío que parece sacado de la cámara de los horrores de alguna torre de nigroman…

Aura no pudo terminar la frase. La nave comenzó a hacer un ruido muy intenso. De los tres soportes apoyados sobre la arena comenzaron a salir gases de combustión que levantaron una tormenta de arena a su alrededor. Los hechiceros se alejaron de la nave todo lo que pudieron, cubriéndose la cara con las túnicas de viaje. El dron comenzó a elevarse lentamente, para luego acelerar progresivamente y perderse en el firmamento, dejando a su paso una estela de humo blanco que se disipó a los pocos segundos.