Capítulo 14: Infierno

Tras la batalla, el campamento se había convertido en lo más parecido al inferno que la mayor parte de los mineros de aquella desafortunada expedición verían en su vida. Todas las tiendas habían sido pasto de las llamas. Los cadáveres sembrados a diestro y siniestro regaban de sangre la gravilla de la explanada, generando lagunas carmesíes que acrecentaban aún más la similitud con el averno. Los supervivientes a la batalla se afanaban en ayudar a los heridos y trasladarlos a un rincón apartado del campamento, donde se había improvisado una carpa con las lonas que habían resultado indemnes del fuego. Diana, Aura y aquellas personas con algún conocimiento en primeros auxilios intentaban por todos los medios salvar al mayor número de heridos posible. El recuento de bajas era asolador. De más de un centenar de mineros, científicos, soldados y personal de servicio, apenas habían sobrevivido varias decenas de personas.

Aura se llevó una desagradable sorpresa cuando identificó en la fila de heridos graves al joven imberbe que había animado antes de la batalla. Tenía una herida profunda en el abdomen tapada por un fuerte vendaje que según pasaban los minutos iba perdiendo su blancura y adquiriendo un tono bermellón. Parecía estar delirando, o durmiendo en un sueño inquieto.

-¡Diana! –gritó Aura buscando con la mirada a su amiga-. Este chico está perdiendo mucha sangre. Necesito que cauterices la herida.

Diana apareció poco después. Aura notó enseguida en el andar cansado y la mirada perdida de su amiga que la fatiga estaba sobreponiéndose a su afán de salvar vidas. La hechicera le echó un vistazo rápido al joven, retirando su vendaje para volver a ponérselo inmediatamente.

-Este chico tiene los intestinos destrozado. No tengo fuerzas para salvarlo… Morirá en unos pocos minutos.

Aura notó un profundo dolor en la voz franca de Diana. Ella sabía lo extremadamente sensible que era su amiga, y se imaginaba lo mal que lo debía de estar pasando con el infierno que se había desatado sobre el campamento. Alabó la integridad que estaba demostrando . En el fondo era más fuerte de lo que parecía.

Una voz interrumpió sus pensamientos.

-Bi..bi…cé…

Aura se inclinó sobre el chico, que parecía haber despertado de su delirio.

-No te esfuerces, descansa, todo va a salir bien –dijo la hechicera, mientras intentaba calmarlo con la mejor sonrisa que fue capaz de forzar-.

-Bicéfalo… se llama… bicéfalo –el joven había abierto ya los ojos-. Me he…llevado a unos cuantos… Mi….Michael estaría… orgullos…

-¡Bicéfalo! Que nombre más original. Tiene dos puntas, que son como dos cabezas. Eres un chico muy listo. Tu descansa y ya verás como en un par de horas estás mejor…

Aura se calló. No tenía sentido seguir hablando. El joven había dejado de respirar. Le cerró los ojos y salió de la improvisada tienda con paso apresurado. Necesitaba estar sola.

-¡Aura!

La hechicera miró en la dirección de donde provenía el grito. Uno de los científicos estaba acercándose a ella. Llevaba un vendaje en torno a la cabeza.

-¿Estás bien? –preguntó Aura alarmada-. ¡Deberías descansar en la tienda!

-No te preocupes, Aura –le tranquilizó el científico, colocándose unas gafas a las que les faltaba un cristal-. Alguien tiene que poner orden en todo esto. Hemos registrado los cuerpos de esos encapuchados y en todos hay algo en común.

El científico sacó del bolsillo de su bata un pedazo de tela andrajosa color caqui y manchada de sangre y se la tendió a la hechicera. Al desdoblarla, Aura descubrió una mancha negra impresa en la tela. Tenía forma de mano.

-¿La Mano Negra? ¿Qué coño hace el Imperio aquí?

-No tengo ni idea. Esta tela es parte del… uniforme reglamentario de los soldados rasos del Imperio. Todos los atacantes la llevaban puesta debajo de la armadura.

-¡Pero esto es un acto de guerra clarísimo! –saltó Aura-. Hay que avisar a la República cuanto antes. La Mano Blanca no viene hasta pasado mañana, y pueden llegar más encapuchados en cualquier momento.

-Yo también lo pensé, pero esos cabrones destrozaron el ansible a conciencia –contestó el científico con tono afligido-. Sabían muy bien lo que hacían. Según me han dicho, no tiene ningún arreglo. Estamos incomunicados.

-¡Mierda! –Aura descargó su impotencia con un sonoro pisotón que levantó una nubecilla de polvo a su alrededor-. Hay que organizar una defensa. Tenemos que ir a las minas. Son un auténtico laberinto. Allí no nos encontrarán.

-No podemos mover a los heridos –replicó el científico-. Son varios kilómetros de travesía, muchos no la aguantarían. No tenemos más remedio que quedarnos aquí.

-Si nos quedamos aquí moriremos todos.

Aura y el científico se volvieron a la vez para ver quién había dicho esa última frase. El cocinero, que tenía el brazo derecho vendado, se estaba acercando a ellos.

-Van a venir más de esos cabrones, y yo no pienso tentar a la suerte otra vez. Tenemos que dejar a los heridos e ir a la mina.

-¿Pero cómo puedes decir eso? –le espetó Aura, muy alterada-. No podemos abandonarlos a su suerte, joder, son nuestros compañeros.

-Haced lo que queráis, pero yo me voy a la mina. Ya nos veremos cuando venga la Mano Blanca.

El cocinero se fue por el mismo camino por donde había venido, dirigiéndose a una multitud de personas que estaba cerca de la puerta del campamento. Al cabo de poco rato, el grupo salió por la puerta en dirección a la mina.

Aura volvió hacia la tienda-hospital. El sol ya se había puesto pero la hechicera estuvo hasta altas horas de la madrugada despierta, atendiendo a los heridos. Diana se acostó pronto, vencida por el cansancio, y durmió hasta bien entrada la mañana siguiente.

El día amaneció rojo, a tono con la sangre que seguía derramada por la explanada del campamento. Los miembros de la expedición que no habían escapado a las minas se afanaron con las tareas de limpieza. Enterraron a todos sus compañeros y quemaron los cadáveres de los encapuchados, no sin antes despojarles de armas, armaduras y todo objeto útil en un posible ataque futuro. El ambiente estaba cargado de miedo e incertidumbre. El número de defensores no pasaba de la veintena.

Aura despertó fatigada tras una noche de sueño inquieto. Tras asearse y comer un poco de jamón proveniente de las provisiones que se habían salvado de los incendios, salió fuera de la tienda. Max y Diana se encontraban charlando a pocos metros de la puerta. Parecían asustados.

-¡Buenos días, chicos! –saludó con una sonrisa-. ¿Qué tal habéis dormido?

-Ah, hola Aura –contestó Max, alzando la mano-. Diana me lo ha contado todo. Gracias por protegerme ayer.

-Ahora tenemos otros problemas –cortó Diana, metiendo la mano en su bolso de cuero-. Esta mañana, un dron aéreo ha soltado esto sobre el campamento.

La hechicera sacó un cilindro metálico de unos treinta centímetros de largo y se lo tendió a Aura. Lo primero en lo que se fijó fue en un símbolo grabado en él: cuatro rombos unidos por los vértices, formando un hueco rómbico central en el cual se puede ver un murciélago de un sólo ojo. Era el símbolo del Imperio del Mal.

simbolo imperio

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