Capítulo 13: Vientos de recuerdo II

Los siguientes meses fueron los mejores de mi vida. Me enamoré perdidamente de tus ojos, de esa mirada tuya que observaba el mundo con insaciable curiosidad. De tus labios sinceros y de tu sonrisa cálida. Lo peor fue clasificar mis sentimientos como alto secreto. Para ti sólo éramos dos amigos que, sin buscarse, se habían encontrado.

-¡Corre, Pete! ¡Qué llegamos tarde!

Habían pasado ya quince minutos desde que la campana había anunciado el comienzo del período de media hora que tenían los alumnos para comer antes de  las clases de la tarde. Pete mantenía a duras penas el ritmo de la joven hechicera de pelo castaño que de vez en cuando se paraba para mirar atrás y dar ánimos a su amigo.

-¡Aura! Esta bandolera pesa por lo menos cincuenta kilos. ¡Ve más despacio, por favor!

La hechicera se detuvo, le miró a los ojos y puso los brazos en jarras.

-¡Por tu culpa vamos a tener que comer a toda prisa! ¡Y Max y Diana se van a enfadar! No te vuelvo a esperar nunca más. ¡A partir de ahora vas sólo al comedor!

Pete la alcanzó tras varias zancadas. A pesar de la expresión colérica de Aura, sus ojos la delataban. El enfado era totalmente fingido.

-Tienes que aprender a mentir, mona –le contestó Pete con una sonrisa burlona-. Venga, que se nos enfría la comida.

Pete siguió andando rápido sin esperarla. Aura soltó un bufido de exasperación y le siguió el paso.

El comedor de Khaiden estaba repleto de figuras vestidas de azul devorando con fervor sus platos después de la dura mañana de clases que habían tenido. Sabían que aún les esperaban varias horas más hasta el final de la jornada, así que aprovechaban para charlar y desconectar todo lo que podían en la escasa media hora libre que les otorgaba la escuela.

Tras recibir su comida, Aura y Pete se sentaron en una mesa de cuatro comensales donde Max y Diana los esperaban con sus platos ya vacíos. A pesar de la bronca inicial de Max por llegar tarde, rápidamente la conversación derivó a temas más agradables para aprovechar al máximo los minutos que les quedaban antes de separarse de nuevo e ir a sus respectivas aulas. Aunque sólo hacía un año que conocían a Aura, los cuatro hechiceros ya se habían vuelto inseparables. Comían juntos, cenaban juntos y dedicaban todo el tiempo libre que podían en hacer actividades juntos: escapadas a Arcadia, partidas interminables a juegos de mesa o conversaciones que se alargaban hasta altas horas de la madrugada.

-Buf, tengo un examen de cristalografía dentro de un par de horas y estoy muy nerviosa –confesó Aura mientras terminaba con avidez su pastel de frutas-. Como os envidio a vosotros, que os aprueban con saberos un par de hechizos.

-Eso no es cierto… –contestó Diana, con expresión seria-. Yo pasó más tiempo escribiendo grimorios que practicando con la varita.

-Además, ya sabes que aprender a hacer correctamente los patrones es muy complicado –añadió Max, mientras se recolocaba el sombrero, que había escorado hacia un lado-. Un trazo mal hecho y la varita no reconoce el hechizo. Y en una batalla esa puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

-Yo directamente no los practico –saltó Pete con una carcajada-. Son tiempos de paz, no vamos a usar nunca la mitad de los conjuros que aprendemos.

Max pasó su mano por la frente en un gesto de exasperación y abrió la boca para replicar, pero Aura le cortó antes de que pudiese decir nada.

-¡Yo no entiendo como consigues aprobar todo, Pete! En algún momento te vas a llevar un palo, ¡ya lo verás! ¡Luego no me vengas llorando!

Pete soltó una carcajada e hizo ademán de contestar, pero un alboroto atrajo la atención de los cuatro hacia una mesa situada a pocos metros de la suya. Un grupo de estudiantes de cursos superiores estaban discutiendo con un chico de unos veintitrés años, cuyo atractivo y porte le daban un aire respetable a la par que intimidatorio. El grupo finalmente se calló y se retiró ante los gritos y la mirada amenazadora del joven.

-Ya está Henry liándola otra vez –comentó Pete-. Me pregunto qué les habrá hecho a esos chicos. Se cree que por ser el hijo de un profesor ya puede hacer lo que le venga en gana.

-Igual no ha sido culpa suya –replicó Aura-. Siempre estás juzgando a la gente sin conocer la situación.

-Sabes que no es verdad, mona –le contestó Pete, frunciendo el ceño-. Henry va conmigo a Magia mental avanzada. Lo conozco bien, y sé que es un cretino.

-A mí sólo me parece un chulito como otro cualquiera –terció Max-. Khaiden está lleno de ellos. Se creen que por saber hacer una bola de fuego más grande que los demás, ya son los mejores. No entienden el verdadero sentido de la hechicería. En el fondo me dan pena. Espero que algún día maduren y entiendan que la magia va más allá de…

Diana le dio un puntapié bajo la mesa a su hermano para interrumpirlo. Sabía que si lo dejaba continuar estaría el resto de la comida hablando sobre los valores éticos de la magia. Pete había desconectado en cuanto había percibido el inicio del sermón, y observaba a Henry con disimulo. Percibió como se quedaba mirando hacia su mesa. Quiso mantenerle la mirada, pero la retiró en cuanto vio que Henry se acercaba hacia ellos con una expresión retadora. Jugueteó con las sobras de su flan hasta que el recién llegado apoyó su mano sobre la mesa y le preguntó con voz calmada pero firme.

-¿Tienes algún problema?

Pete optó por no contestar, y siguió mareando su postre. Henry no esperaba ninguna respuesta. Al momento su mirada cambio de objetivo y se posó en la persona que había venido a buscar. Su tono de voz cambió completamente.

-¡Hola, Aura! Venía a decirte que mi padre hoy está enfermo, así que no vais a tener Sortilegios.

-¡Anda, genial! –saltó Aura con una sonrisa-. Así tengo una hora más para repasar el examen.

-Era de Cristalografía, ¿no? Si quieres te puedo ayudar–se ofreció Henry con una sonrisa amable-. Yo la aprobé el año pasado, así que tengo los conocimientos frescos.

-Buf, gracias Henry –contestó Aura complacida-. Pero no creo que logre entender nada de lo que me expliques. Esta asignatura se me da fatal, y encima la profesora no sabe…

-No te preocupes –cortó Henry guiñándole un ojo-, ya sabes que me gustan los retos. Andaré por la biblioteca del piso veinticinco, te espero allí.

Henry dio media vuelta y se fue sin esperar la respuesta de Aura. Pete espero a que estuviese a una distancia prudencial para hablar.

-¿Eres amigo de ese chico? –gruñó con un mal disimulado tono celoso- ¿Pero cómo te puede caer bien?

-Pues a mí me parece muy majo –le reprochó Aura-. Siempre que llego a la biblioteca me lo encuentro estudiando en una mesa, no como alguien que yo conozco. Además es muy inteligente, me ayuda mucho con los deberes.

Aura se levantó de la mesa y se puso al hombro el bolso de cuero marrón que usaba para llevar sus apuntes.

-Si lo conocieses mejor seguro que te caía bien. Bueno, yo me voy ya que tengo que pasar por mi habitación a buscar unos cristales para Artefactos. ¡Nos vemos a la noche, chicos!

Mientras observaba como Aura se alejaba con su característica forma de andar, no podía dejar de pensar en ese chico, Henry. En él había algo que lo hacía interesante a la par que amenazador. En aquel momento me di cuenta de que tendría que andar muy atento con él.

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