Capítulo 11: Tempestad

Aura cambió su forma a la de un majestuoso halcón peregrino de cuerpo plomizo y alas blancas para acto seguido alzar el vuelo. Dibujó amplios círculos en el cielo mientras observaba con su mejorado sentido de la vista la escena que se estaba desarrollando en el humeante campamento base de la colonia. Divisó a varias figuras encapuchadas que disparaban reiteradas flechas imbuidas en fuego contra la única tienda que todavía no había sido pasto de las llamas gracias a una cúpula mágica que la protegía de los ataques externos. Aura descendió tras los restos de una pequeña atalaya carbonizada situada a las afueras del campamento y se transformó en el gato blanco que había asustado hacía apenas unos minutos a los mineros enanos. Sigilosamente, se acercó todo lo que pudo a la cúpula  y maulló insistentemente. Sólo tuvo que esperar unos instantes para que la cabeza de una mujer que conocía de vista surgiese de debajo de la tela oscura de la carpa y la mirase con los ojos como platos, para luego desaparecer con la misma rapidez.

Aura comenzó a impacientarse. Los encapuchados también habían escuchado los maullidos, y dos de ellos se estaban acercando mientras la apuntaban con sus ballestas de repetición, dudando si se encontraban ante una amenaza o ante la mascota del campamento. Aura levantó sus orejas al escuchar el ruido de la tela al correrse y miró hacia la carpa. Un hombre que ella reconoció como el cocinero del asentamiento le estaba haciendo señas. En cuanto sus miradas se cruzaron, el hombre volvió la cabeza, dijo algo dentro de la tienda y luego le gritó a ella lo más fuerte que pudo.

-¡Va a bajar la barrera, entra rápido!

El cocinero no había terminado de pronunciar la frase cuando Aura percibió como la energía mágica de la cúpula se debilitaba. Instantes después, el brillo irisado que producía la luz del sol al difractarse en la barrera desapareció. Era el momento. Aura corrió hacia la tienda lo más rápido que sus cuatro patas le permitían. Los dos encapuchados reaccionaron de inmediato y dispararon sus ballestas contra el ágil felino. Aura esquivó los virotes de un grácil salto sin perder de vista su objetivo. Logró alcanzar la tela antes de que los tiradores terminaran de accionar la palanca de recarga de sus ballesta. La cúpula reapareció al instante, bloqueando los siguientes disparos de los frustrados ballesteros. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. En cuanto Aura entró en la tienda, su mirada se perdió entre las llamas que se extendían por el techo y las paredes de la carpa, ignorando los esfuerzos de la gente que corría de un lado a otro buscando trapos y botellas de agua para tratar de apagarlas. Los invasores habían aprovechado los segundos de vulnerabilidad para disparar una salva de flechas incendiarias contra la tienda. Un sentimiento de culpa le invadió al comprobar el resultado de su entrada. Cambió a su forma humana e intentó apagar con su sombrero de fieltro un pequeño fuego que ardía a su lado. Una mano la detuvo.

-Ve al frente a ayudar a Max, por favor –le rogó el cocinero, que la miraba con miedo en sus ojos-. Sin ti estamos perdidos.

-Tranquilízate, la cúpula todavía aguantará un rato más –contestó Aura intentando calmarlo-. ¿Qué ha pasado con Diana? ¿Está también manteniendo la barrera?

-No, no sé qué le pasa a esa chica –dijo nervioso el cocinero mientras dirigía su mirada hacia una figura que estaba sentada contra la pared de la tienda mirando al vacío mientras abrazaba un grueso libro de tapa dorada-. Lleva ahí sentada desde que comenzó el ataque. Max no se puede mover y a nosotros no nos hace caso. Pero no pierdas el tiempo, necesitamos tu magia fuera de la tienda. ¡Corre!

El hombre se dirigió a apagar un pequeño incendio que se extendía por el lateral de la tienda. El humo dificultaba la respiración. Los defensores comenzaron a salir de la carpa para limpiar sus pulmones e intentar apagar los incendios desde fuera. Aura hizo caso omiso del humo y del consejo del cocinero y se dirigió hacia la figura que seguía inmóvil abrazando su libro. Se agachó delante de ella y la miró a los ojos.

-Diana –dijo Aura con voz calmada-, se que estás asustada, pero tienes que ayudar a tu hermano. Está soportando él sólo toda la barrera.

Diana volvió en sí y la miró. Aura pudo vislumbrar una lágrima deslizándose por sus mejillas antes de que agachase la cabeza detrás del libro ambarino.

Aura la abrazó con delicadeza. Notó la respiración entrecortada de Diana, fruto de su nerviosismo y del hollín suspendido en el aire. Le acarició con suavidad la coronilla  mientras le susurraba al oído.

-Todo va a salir bien. No te preocupes. Voy a ir a ayudar a Max. Cuando creas que estás preparada, levántate y sal afuera. No te presiones, tómate el tiempo que necesites. ¿Vale?

Aura no esperó la respuesta. Sabía que no la habría, y el tiempo apremiaba. Se levantó de un salto y corrió hacia la entrada de la tienda. Nada más apartar la tela, una brisa de aire fresco la golpeó de frente y le levantó los ánimos. La agradable sensación no duró mucho, pues la situación externa no era más favorable. El golpeteo de las flechas contra la cúpula era constante. Varios encapuchados se afanaban a golpes contra ella con mazas de armas, martillos y lucernas. Max se encontraba de pie, inmóvil, sosteniendo en alto una varita de la que emanaba una corriente irisada hacia la pared interna de la cúpula. Aura se acerco a él. Pudo distinguir en su frente abundantes perlas de sudor que resbalaban por sus mejillas. Su pelo cano estaba apelmazado y pegado contra la nuca. A sus pies yacía su sombrero cónico, que Aura supuso que se le había caído durante la conjuración del hechizo. “Será mejor que se lo ponga”, pensó mientras lo recogía del suelo y se lo colocaba en la húmeda cabellera del hechicero. Lo único que recibió a cambio fue un gruñido, que ella consideró de aprobación. Se fijó en que estaba temblando. Max estaba muy cerca de su límite físico.

Aura echó un vistazo a su alrededor. Varios grupos de hombres se afanaban en levantar barricadas con todos los muebles y aparatos voluminosos que encontraban en la tienda. La mayor parte de ellos portaba armas improvisadas con utensilios de cocina, palancas o hasta palos de escoba, siendo su única protección la proporcionada por escudos rudimentarios construidos a base de tablones de madera y chapas de hojalata. Los pocos soldados encargados de proteger el campamento habían caído durante el ataque,  y sus cuerpos yacían en el exterior de la cúpula junto con sus armas y armaduras. Aura se acercó a una de las barricadas, donde un semielfo estaba enseñando a blandir una lanza improvisada a un chico de no más de dieciséis años.

-¡Michael! -dijo Aura, alzando la mano-. El semielfo se giró y sonrió.

-¡Aura! Menos mal que has llegado. Max no va a aguantar mucho tiempo. Nos hemos preparado lo mejor que hemos podido, pero en cuanto caiga la barrera esto va a ser una masacre.

El joven imberbe se apoyó contra la barricada y comenzó a temblar. Estaba blanco como la leche.

-¡Pero ahora que estás aquí estamos salvados! –aclaró Michael rápidamente al darse cuenta de su inoportuno derrotismo-. Sólo tienes que mantener la barrera mientras terminamos de prepararnos. O mejor aún, ¡mándales un par de bolas de fuego para que ardan igual que ardieron los nuestros! Acaba con esos capullos, Aura. Hazlo por todos nosotros.

-Michael –le cortó Aura, alzando la mano-. Yo soy geóloga, no hechicera. Sólo conozco conjuros ofensivos básicos. Como mucho podría parar a un par de ellos antes de que se nos echen encima. Y tampoco podría mantener la barrera, porque no conozco la runa que está usando Max. Lo máximo que puedo hacer es transformarme y pelear con vosotros.

El joven lancero rompió a llorar. Estaba temblando. Su arma se le cayó de las manos, produciendo un ruido sordo al golpear el asta de madera contra la gravilla.

Aura se agachó para recoger la lanza y se la tendió al chico, que continuaba sollozando. Las lágrimas se mezclaban con el hollín de su rostro, dejando regueros negros en sus mejillas. Se frotó los ojos con la manga de su chaqueta, cogió su arma y la miró fijamente. Michael observaba la escena con curiosidad.

-Es un arma ingeniosa. ¿La has hecho tú? –preguntó Aura con una sonrisa amable. El joven asintió sin dejar de mirarla a sus grandes ojos castaños -. Me gusta la idea de atarle dos cuchillos a la punta del asta, así tienes el doble de posibilidades de perforarle algún órgano vital. Deberías ponerle un nombre. Toda arma debería de tenerlo. Ah, ¡y no los mates a todos tú!, déjale alguno a Michael que si no se va a poner celoso.

El chico sonrió y se intentó secar la cara con la manga de su chaqueta, pero la hechicera lo detuvo con un gesto. Luego le guiñó el ojo.

-No te limpies la cara, me gusta cómo te queda el hollín en las mejillas. Parecen pinturas de guerra. ¡Entre eso y tu lanza doble vas a hacer que se caguen encima!

El joven soltó una leve carcajada y asintió sin dejar de sonreír. Aura levantó rápidamente la cabeza y miró hacia el cielo y hacia Max sucesivamente. El aura mágica estaba desapareciendo. Max finalmente bajó su brazo y se dejó caer al suelo. Cuando su cara golpeó la dura grava él ya estaba inconsciente, y la barrera había desaparecido.

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