Capítulo 10: Vientos de recuerdo I

Aún recuerdo la primera vez que vi su rostro. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ya nada volvió a ser lo mismo.

-¡Max!, ¡espera!, ¡Max!

Un chico que no debía de tener más de veinte años se dio la vuelta al escuchar su nombre. Tenía una melena larga levemente rizada. Su color negro original se había aclarado prematuramente y ahora lucía un degradado entre el gris y el blanco. La genética que le había obsequiado con una pronta canicie también se había cebado con su vista, pues de su cuello colgaban unas gafas de media luna que intentaban remediar su hipermetropía. Vestía una sencilla túnica de hechicero de color azul brillante y un sombrero cónico negro muy desgastado y rodeado con un cinturón que poseía una hebilla de plata exageradamente elaborada. A pesar de contrastar tanto con su túnica, Max llevaba su sombrero a todas partes. Le tenía un cariño especial.

-Hombre Pete, no te había visto. ¿Qué tal tu primer día? A mí este año me ha tocado  Thowyn en Rúnica de Varitas. Dicen que para aprobar con ella tienes que ser capaz de hacer una bi-runa sin pronunciar el hechizo. Voy a tener que darle duro a la varita este año…

-Venga ya, Max, si tu eres un cerebrito –respondió Pete dándole una palmada en el hombro-. Entre tú y tu hermana os lleváis todas las matrículas de Khaiden. Ya podías compartir alguna con tu mejor amigo.

-Si estudiases un poco, en veinte años estarías en el puesto de Athos, Pete –replicó Max-. Posees un talento excepcional para la magia, pero lo desperdicias cada día que pasas fantaseando con tus libros de aventuras y vagueando por Arcadia. Yo creo que tu problema en el examen no sería conjurar la bi-runa, sino saber cuál es la que te mandan lanzar.

-Vale, papá, ya me pondré a estudiar mañana –bufó Pete-. Pero hoy Diana, tú y yo nos vamos a divertir un poco. Creo que los de último año montan una fiesta esta noche en la sala de usos múltiples para integrar a los nuevos. Corre el rumor de que la banda de Pickels viene desde Devahood para tocar. Me encanta como suenan esos chicos, el batería es buenísimo.

-Sí, sé lo de la fiesta –le cortó Max-. De hecho no lo andes comentando por ahí porque es una sorpresa para los de primero. Y no, no viene Pickels. No sé quién se inventaría eso –Pete suspiró decepcionado-. Bueno, yo ahora tengo que escribir una página de grimorio para Sortilegios, y mi hermana está haciendo un trabajo de Geología con una compañera de clase. Así que ya nos veremos luego en la fiesta, ¿vale?

-¿Deberes? ¿Trabajos? ¿El primer día? –se sorprendió Pete-. Que miedo me da tercero, nosotros sólo tenemos que buscar no se qué información sobre portales arcanos, y hasta el lunes no hay que entregarlo. Y además, ¿qué hace Diana en Geología, si es una optativa de primero?

-Este año cambiaron los requisitos para especializarse en magia arcana. Ahora necesitas también tener Geología. Es una putada en realidad, mi hermana no es la única que la ha tenido que coger este año. Pero ella es muy inteligente, la sacará sin problema. Bueno, ya nos vemos después.

Max comenzó a alejarse de Pete para poner rumbo a su habitación. Pero a los pocos pasos dudó un instante y se dio la vuelta.

Ah, y te conozco, Pete –le advirtió Max-. Sé que no harás ese trabajo de los portales hasta el domingo a última hora. Deberías aprovechar ahora que no tienes nada que hacer, porque al final se te va a juntar todo y no te va a dar tiempo…, para variar.

Pete sonrió con desdén y se dio la vuelta tras despedirse con un gesto. Mientras iba camino a su habitación, las palabras de Max comenzaron a rondarle por su cabeza. Ya había tenido varias broncas por no entregar trabajos a tiempo, y no quería empezar el curso con mal pie. Pasó por delante de la biblioteca y se detuvo. “Bueno, aunque sea adelantar un poco el trabajo…”, pensó mientras abría la puerta de madera y entraba en silencio en la estancia donde varios estudiantes ataviados con la característica túnica azul brillante se distribuían por varias mesas situadas entre colosales estanterías repletas de libros.

Pete se dirigía hacia el bibliotecario cuando divisó en una mesa un rostro conocido. Cambió de rumbo y se acercó a saludar.

-¡Diana! –susurró Pete -. ¿Qué tal el primer día?

La chica de larga melena oscura con flequillo recto levantó la mirada de un pesado volumen con ilustraciones de minerales y sonrió al ver a su amigo.

-Ah.., hola Pete –respondió Diana en un murmullo casi inaudible-. Bien, estoy aquí… haciendo un trabajo. ¿Y tú qué tal?

-Yo genial. Me he encontrado antes con tu her…

-¡Hola! –le interrumpió de repente una chica que estaba sentada al lado de Diana. Se oyeron varios siseos procedentes de otras mesas en señal de protesta-. ¡Huy!, perdón –continuó en voz más baja-. Oye, ¿no sabrás por casualidad que es una lechatelierita? Es que no lo encontramos por ningún lado.

-Yo, ehm, pues… –tartamudeó Pete-. No… no lo sé.

-No te preocupes –le calmó la chica con una sonrisa, mientras lo miraba con curiosidad con sus grandes ojos color almendra-. ¡Huy!, que maleducada soy que ni me he presentado. Me llamo…

 Ya no podré nunca más olvidar esa mirada que penetraba en lo más profundo de mi alma, esa sonrisa que derrumbaba las murallas que no querría volver a reconstruir jamás. A pesar de que muy probablemente ya nunca más la vaya a volver a ver, su presencia persistirá siempre en mi memoria. Soplan vientos de recuerdo que mueven las aspas de la rueda del destino. Girará hasta que nuestros caminos para siempre ligados se vuelvan a cruzar. Hasta ese momento esperaré por ti, Aura…

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