Capítulo X+1: Latido mudo

El interior de la torre de Khaiden parecía haber sufrido los efectos de un devastador terremoto. Todo aquello que había estado en su momento colgado de las paredes de piedra ahora yacía destrozado en el suelo. Las vibraciones causadas por el bombardeo orbital habían derribado armaduras, tumbado estanterías y descolgado cuadros y tapices. También se apreciaban los estragos típicos de una batalla. Columnas derruidas, muros agrietados y… cadáveres. Allá donde alcanzase la vista, los cuerpos de los alumnos y profesores de Khaiden yacían sobre las baldosas, ahora carmesíes a causa de la sangre derramada.

-Mierda… he llegado demasiado tarde-.

A lo lejos se escuchaba un griterío y algún que otro estruendo intermitente, signo inequívoco de una batalla aún por concluir. El hombre se dirigió rápidamente hacia esa dirección. Todavía quedaba esperanza.

Dos hechiceros con túnicas azul brillante le cortaron el paso. Lo habían visto venir desde lejos y habían cargado un hechizo en sus varitas para atacarle por sorpresa. El hombre logró esquivar los conjuros en el último instante, teletransportándose detrás de ellos. Aprovechando el factor sorpresa, conjuró una bola naranja en sus manos. La lanzó contra el hechicero más cercano, al cual le impactó de lleno, derribándolo. La bola de energía rebotó tras impactar, directamente hacia el lanzador. Aprovechando la inercia de su propio conjuro, el hombre lo golpeó con su mano, redirigiéndolo contra el otro hechicero. Aunque estaba prevenido de lo que iba a suceder, la bola iba demasiado rápida como para esquivarla, por lo que el segundo hombre de túnica azul salió despedido varios metros antes de chocar contra la pared de piedra. El hechizo volvió a salir rebotado, pero esta vez el lanzador decidió apartarse. El conjuro estalló a su espalda, astillando una estantería y agrietando la pared.

El ruido atrajo a varios soldados del Imperio. Iban ataviados con un traje de aramida negro de cuerpo entero y armados con rifles láser, lo que implicaba que eran tropas de élite de la Mano Negra. Se desplegaron rápidamente por la sala, asegurando el perímetro sin dejar de apuntar en ningún momento al hombre ni a los hechiceros derribados. El soldado que parecía estar al mando se acercó al hombre.

-Identifíquese- dijo el soldado, sin dejar de apuntarle-.

-Soy Agahnim, el hechicero personal del Emperador, y por lo tanto su superior. Identifíquese usted.

El soldado se percató de la túnica roja con el ojo estampado que llevaba el hombre debajo de la capa de viaje marrón. Dio una orden en voz alta y el resto de soldados dejaron de apuntarle.

-Soy el capitán O’Brian, de la Fuerza Operativa Foxtrot, señor –dijo el militar, haciendo el clásico saludo militar imperial apoyando el puño cerrado en la sien-. Le ruego que me disculpe por haberle apuntado, pero estamos en una zona de guerra.

-Lo sé, no se preocupe, capitán. Escuche atentamente. Debe retirar todas las tropas de la torre. Necesito encontrar a una hechicera, viva.

-Pero señor… tenemos órdenes directas del general Sturm de tomar la torre…

-¡Capitán! -gritó Agahnim, con tono severo-. Estoy por encima de los generales en la escala de mando. Le repito que ordene el cese del fuego de todas las unidades de Khaiden.

-¡Sí, señor! -exclamó O’Brian, haciendo el saludo militar. Luego presionó el botón del intercomunicador de su uniforme-. A todas las unidades. Aquí el capitán O’Brian con órdenes directas del alto mando. Que cese el fuego. Repito, que cese el fuego.

O’Brian tuvo que discutir unos instantes con su superior directo, hasta que finalmente logró convencerlo de la validez de las órdenes.

-Ya está solucionado, señor. Le escoltaremos a la zona de batalla.

-No. Podría haber más bajas de las necesarias. Tan sólo indíqueme el camino, capitán.

Agahnim siguió las indicaciones de O’Brian. Por el camino se encontró a varias tropas del Imperio en retirada. Para evitar más pérdidas de tiempo en identificaciones, el hechicero decidió prescindir de la capa de viaje. La túnica roja hizo su función. Los soldados pasaban de largo, mirando al hechicero con una mezcla de incredulidad y respeto. Agahnim tardó pocos minutos en llegar al antiguo frente de batalla. Lanzó un conjuro de invisibilidad sobre sí mismo para pasar inadvertido entre los miembros de Khaiden supervivientes. Reconoció a algunos de ellos. La mayor parte estaban heridos, pero aún así se afanaban en recorrer uno a uno todos los cuerpos caídos buscando más supervivientes. Agahnim hizo lo mismo, buscando con desesperación una cara que ya creía olvidada. En el fondo esperaba no encontrarla allí. Eso significaría que podría estar en alguna colonia perdida en lo más profundo del Espacio Republicano, alejada de la guerra, a salvo junto a Max y a Diana. De ellos dos tampoco había ni rastro.

El hechicero no se rindió. Siguió registrando los cuerpos caídos y observando las caras de los supervivientes. Uno tras otro. Habitación por habitación. Sin descanso.

El sombrero…

Lo vio a lo lejos. Un sombrero de fieltro color caqui. Lo hubiese reconocido en cualquier parte. Lo había comprado él mismo, durante uno de sus paseos por la capital. Cuando todavía estaban juntos.

Agahnim se acercó, corriendo. No le importó que sus pisadas resonasen en toda la estancia, atrayendo la mirada de algún curioso que rastreaba su origen. Buscó alrededor del sombrero. Había varios cuerpos esparcidos. Miró uno por uno.

Y la encontró.

Estaba inconsciente. Tenía varias quemaduras de láser por todo el cuerpo, y su abdomen estaba empapado en sangre. Agahnim acercó su mano al cuello, buscándole el pulso. Durante un segundo el tiempo se congeló. El hechicero contuvo la respiración.

Latido.

Estaba viva. Tenía que salvarla. No sabía apenas nada de magia curativa pero lanzó un hechizo muy básico que había aprendido entre esas paredes.

El resplandor atrajo a varios curiosos. Agahnim entendió que el hechizo de invisibilidad carecía de sentido, así que lo desactivó.

-¡Que alguien me ayude! -les gritó Agahnim a los hechiceros que se estaban acercando-. Se está muriendo, ¡necesita asistencia!

Los curiosos, en cuanto vieron ondear la túnica roja de Agahnim, salieron corriendo. Lo habían reconocido. Sabían que no tenían nada que hacer contra uno de los hechiceros más poderosos del Imperio. No escucharon sus palabras. Simplemente huyeron.

-Aura, despierta, por favor. Despierta. Soy Pete. He vuelto.

El hechizo estaba agotando a Agahnim. Era demasiado simple como para canalizar eficazmente su energía. No lo iba a conseguir.

Aura abrió los ojos.

Agahnim los miró. Aquellos enormes faros de color almendra que una vez lo habían enamorado. Le vinieron a la mente cientos de escenas, recuerdos que había recluido selectivamente en su memoria. Las partidas de cartas, los paseos por Arcadia…

Aura gritó, asustada al ver al orco azul que lo miraba desde arriba.

-Aura, Aura, soy yo, Pete. Soy Pete. ¿No me recuerdas?

-¡Sal de mi vista, engendro! -gritó Aura, para luego gemir de dolor-. ¡Tú no eres Pete,  eres el mago que nos habló en el desierto!

-Sí, es cierto. Soy Agahnim, el hechicero personal del Emperador. Pero antes fui Pete. ¿No me recuerdas, mona?

El hechicero se llevó la mano a la frente y se quitó la diadema. Se la acercó a Aura, enseñándole la piedra incrustada.

-Es el granate que me regalaste. ¿No te acuerdas? Lo he llevado desde que me lo diste. Te prometí que estaría siempre contigo. Pero no pude cumplir esa promesa. Matar a Henry fue el peor error que he cometido, y me arrepiento a cada instante. Porque la venganza me separó de ti.

-¿Pete? ¿En serio… eres tú? -Aura abrió mucho los ojos. No terminaba de creérselo-. ¿Por qué… estás tan azul y horrible?

-Tuve que tomar una poción mutágena para salir de Khaiden sin ser reconocido. Iba a ser temporal, pero debí de prepararla mal. Los efectos se volvieron permanentes. No hablemos ahora. Tengo que sacarte de aquí. Necesitas un médico.

-No…, no me muevas, Pete. La última explosión…Me he caído sobre algo afilado, creo.

Agahnim se fijó en el abdomen de la hechicera. De la herida, de la que no paraba de brotar sangre, sobresalía una varilla metálica.

-¡Mierda, mierda, mierda! Aura, no te mueras, por favor. Tengo muchas cosas que decirte. Te llevaré conmigo a Gerudo, lo prometo. No pienso volver a abandonarte.

-Pete… ¿por qué no volviste antes? Te esperé… todo este tiempo. Max me dijo que estabas bien. Pensé que… algún día volverías.

-No podía volver. El Consejo me buscaba. Y después me fue imposible. Deje de ser Pete y me convertí en Agahnim. Pero nunca te olvidé. Siempre conservé el granate. Y… aún te amo como el primer día. No he pensado en nadie más que en ti durante todos estos años.

-Pete… yo… yo… siento que haya sido todo así. Fui débil… con Henry. Nunca… nunca te he olvidado. Siempre has sido mi… mi… tonto favorito.

Aura cerró los ojos y sonrió. Era una sonrisa sincera, de paz.

-Aura, no fue culpa tuya. Yo fui quien lo jodió todó al matar a…

Agahnim se calló de repente. La expresión de Aura no cambiaba. Seguía sonriendo. Y sus ojos cerrados.

-¿Aura? ¡Aura, despierta! ¡AURAAA!

La hechicera no respondía. Agahnim le puso el dedo sobre el cuello. Otra vez el tiempo se congeló.

No había pulso.

-Hasta el último suspiro de tus pulmones, hasta el último latido de tu corazón…

Agahnim rompió a llorar. Abrazó el cuerpo de la hechicera y ahogó sus lágrimas en él. Estuvo allí tendido varios minutos, sollozando. Finalmente, se levantó, cubrió el cuerpo de Aura con su capa bermellón y avisó telepáticamente al capitán O’Brian de que asegurasen la zona y llevasen el cadáver marcado a su transbordador. Después, el hechicero salió de la estancia en la dirección en la que habían huido los demás hechiceros.

Quería venganza.

Rastreó sus auras hasta que los encontró. Se habían atrincherado en el comedor principal de la torre. Agahnim reventó la puerta con un hechizo y entró en la amplia estancia en la que tanta veces había estado.

Los hechiceros reaccionaron rápido. Lanzaron todos los conjuros que pudieron contra el intruso. Agahnim levantó una barrera delante de él y los bloqueó.

Luego generó dos bolas de energía. Una en cada mano.

-¡Acabo de perder lo único que amaba en este universo! -dijo en voz alta, para que todos los hechiceros lo escuchasen-. Ahora tan sólo queda odio en mi interior. Odio hacia todo miembro de esta maldita escuela, que permitió violaciones entre sus paredes, odio hacia toda la República, que provocó esta absurda guerra. Pero a vosotros os tengo un odio especial. Decidisteis no ayudar a una compañera herida, y por vuestra culpa acaba de morir. ¡Ahora, cabrones, pagaréis por ello con vuestra propia vida!

Agahnim lanzó sus conjuros hacia los objetivos más cercanos, y con extraordinaria habilidad, fue rebotando las bolas de energía hacia cada uno de los hechiceros de la sala. En cada viaje, las esferas ganaban velocidad y, por lo tanto, se volvían más letales. A los primeros hechiceros simplemente los derribaban pero, tras unos cuantos rebotes, las dos bolas desintegraban todo objetivo al que impactaban. Los hechiceros eran incapaz de esquivar tan mortíferos y veloces proyectiles. Los pocos que lograron bloquear los conjuros con escudos protectores vieron impotentes como las esferas de energía simplemente rebotaban de nuevo hacia el lanzador, el cual con una velocidad pasmosa las volvía a redirigir hacia ellos. En menos de un minuto, Agahnim había acabado con todos los hechiceros de la sala. Finalmente, dirigió las bolas contra las paredes. La energía cinética que habían acumulado originó una explosión descomunal que provocó el derrumbe del comedor. El hechicero escapó de allí rápidamente para evitar ser aplastado.

Tras ello, Agahnim salió de la Torre de Khaiden en dirección a su transbordador. Allí se encontró con O’Brian, que había cumplido su misión. El cuerpo de Aura, cubierto con la túnica bermellón, se encontraba a salvo en el interior de la nave. Agahnim subió en ella.

-¿Alguna orden más, señor? -preguntó el capitán-.

-Sí. Que todas las tropas se retiren de la torre y sus alrededores.

-Pero señor, aún no hemos asegurado los pisos superiores. El general Sturm nos ordenó registrarlos en busca de artefactos…

Agahnim lo penetró con la mirada. El capitán se estremeció de los pies a la cabeza.

-¡Sí, señor! –gritó realizando el saludo militar más perfecto de su vida-.

El transbordador despegó a los pocos minutos, rumbo al Executor. Una vez allí, Agahnim fue directo al puente, donde se encontraba el general Vader.

-General, no he encontrado nada de valor en la torre de Khaiden. Proceda a su bombardeo.

-A sus órdenes -respondió Vader, para luego dirigirse al oficial al mando del Executor-. Almirante Ozzel, inicie el bombardeo orbital de precisión en las coordenadas designadas como Kilo Hotel Alfa. Utilicen armamento nuclear.

A los pocos minutos, tres misiles nucleares procedentes del Executor impactaron con extraordinaria precisión contra la Torre de Khaiden. Se produjo una violenta explosión que redujo a escombros el colosal edificio y una extensa área a su alrededor.

Agahnim lo observó todo desde una ventana de la titánica nave capital de la Tercera Flota. No pudo evitar que una solitaria lágrima se deslizase por su mejilla. Sería la última que derramaría en su vida.

Capítulo X: Huracán de recuerdos (Parte II)

ACLARACIÓN

Debido al poco éxito que ha tenido este blog, he decidido suspender hasta nuevo aviso la publicación de Memorias de Hyrule. Sin embargo, debido a que ya tenía escritos los dos capítulos restantes del arco “Vientos de recuerdo” he decidido publicarlos para que el lector no se quede con las ganas de saber que pasa. Aclarar que estos dos capítulos vendrían seguidos y estarían colocados varios capítulos después del 26, cuando la trama principal (la guerra entre el Imperio y la República) estuviese algo más avanzada. Esto se puede apreciar sobre todo en el capítulo X+1.

Disculpen las molestias.

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A las nueve y media, la operación comenzó. Pete, equipado con unos guantes de cuero negros, salió de su habitación con el tomo escondido bajo su túnica y se dirigió al despacho. Cuando llegó, miro a su alrededor para comprobar que estaba solo. Había permanecido tantas veces allí delante, observando, que estaba totalmente seguro de que no se equivocaba, pero aun así leyó una vez más el letrero que colgaba de la puerta.

“Despacho de Gotoh”

Pete introdujo la llave en la cerradura y la giró. La puerta se abrió con suavidad. El hechicero sonrió. Max había hecho su trabajo a la perfección. Ahora le tocaba a él. Cerró la puerta con llave tras de sí y se dirigió al enorme escritorio que presidía la estancia. Dejó el libro de la forma más casual que pudo, de forma que se viese claramente pero que no desentonase con el resto del lugar. Decidió coger un par de tomos de una librería para ponerlos junto al suyo, teniendo cuidado de no tirar ninguno de los trofeos plateados que llenaban las estanterías.

De repente, escuchó pasos.

Pete se quedó inmóvil. Sabía que no tenía nada que temer, pues la puerta del despacho estaba cerrada, pero el miedo se apoderó de él igualmente. Los pasos se acercaban cada vez más. “Pasad de largo. Pasad de largo.” pensaba Pete mientras procuraba no hacer ningún ruido. Los pasos se detuvieron delante de la puerta.

Escuchó el sonido de la cerradura al abrirse.

Pete reaccionó rápido. Se agachó y se escondió tras el escritorio. Alguien entró en el despacho. Estaba hablando. Reconoció la voz. Era Henry. Una voz más débil le contestó. No podía ser.

Pete se levantó. Al lado de Henry estaba Aura, con sus enormes ojos color almendra mirando al infinito. Henry le estaba tocando los pechos mientras la miraba lascivamente.

Todo sucedió muy rápido. Henry vio un movimiento por el rabillo del ojo y reaccionó instintivamente. Se apartó de Aura y se llevó la mano a la cintura, dispuesto a sacar su varita. Pete estaba petrificado. No era capaz de mover el brazo para desenfundar la suya. Miraba impotente como Henry le apuntaba y pronunciaba una oscura maldición. Conocía aquel hechizo. Sabía que iba a morir.

-¡Pete!

El grito de Aura lo sacó de su sueño mortal. La varita de Henry comenzó a centellear con un frío brillo esmeralda. Pete levantó la mano de forma instintiva y canalizó todo su odio, su ira y sus ansias de venganza en el hechizo más horrible que conocía.

MIN HAGA!

Una esquirla plateada surgió de la mano del hechicero y se dirigió a toda velocidad hacia Henry. La inercia del impacto lo tumbó justo en el momento en el que él lanzaba su hechizo, el cual, desviado, chocó contra una librería. Los trofeos y los pesados volúmenes cayeron formando un gran estruendo. Aura, asustada por lo que acababa de presenciar y ya totalmente libre del hechizo de control mental, abrió la puerta del despacho y escapó. Pete, jadeante por el esfuerzo que acababa de realizar, intentó ir tras ella. Cuando se acercó a la puerta,  notó que sus zapatos estaban húmedos.

El suelo estaba lleno de sangre.

Pete se acercó a Henry. El fragmento de plata que había generado estaba atravesado en la garganta del hechicero. El impacto le había seccionado la carótida y la yugular, por lo que su cuerpo estaba inundado de líquido carmesí.

-¡Mierda, joder, mierda! -gritó Pete, totalmente desesperado-. Tengo que salir de aquí.

Pete huyó del despacho. Sus zapatos iban dejando huellas sangrientas allá donde pisaba. Tras avanzar un par de pasos, vio algo que lo dejó helado.

Una chica lo miraba fijamente. Pete la conocía. Iba a la misma clase de Rúnica que él. La estudiante, al ver las manchas de sangre, salió corriendo. “Esto va mal, esa chica me ha reconocido. Tengo que salir de aquí antes de que me pillen”, pensaba Pete mientras corría por los pasillos, jadeante por el esfuerzo.  Bajó rápidamente hasta los jardines y se escondió en el cobertizo. Tan pronto como cerró la puerta, se derrumbó y rompió a llorar. Lo había echado todo a perder. Acababa de matar a un hombre, y no a uno cualquiera, sino al hijo de uno de los profesores más influyentes de Khaiden. Si lo pillaban, iría directamente a la cárcel. Y probablemente no saldría de ella jamás. Tenía que poner en marcha el plan alternativo.

Cogió un cuchillo de una estantería y se cortó el cuello.

Tan pronto como notó la sangre brotar a borbotones de la carótida seccionada, pronunció un hechizo que había practicado durante los últimos días. Su sangre se volvió mucho más viscosa, lo que detuvo en parte la hemorragia. Ayudándose de un espejo, Pete logró arrancarse el chip localizador antes de perder demasiada sangre. Por suerte, había hecho la incisión en el sitio correcto. Con su último aliento, pronunció un hechizo de cauterización para detener la hemorragia. Luego se desmayó.

-¡Pete! ¡Joder Pete, despierta!

El hechicero abrió los ojos. Max lo miraba con cara de profunda preocupación. Había un fuerte olor a sangre en el ambiente.

-Pete, ¿qué ha pasado? ¿Ha salido algo mal?

-No hay tiempo para explicaciones, Max. Debo de salir de aquí. Aura te contará lo que ocurrió. Estaba allí.

Max abrió los ojos, sorprendido.

-¿Qué dices? ¿Qué coño ha pasado?

-No hay tiempo para explicártelo, joder. Lánzame un hechizo de curación.

Max obedeció. Al poco rato, Pete estaba ya de pie. Cogió una bolsa que había escondido previamente dentro de una caja de herramientas y la abrió. Había un frasco con un líquido azulado.

-Este es mi pasaporte a la libertad, Max. Debo escapar de Arcadia, de la República. He asesinado a Henry. Los aurores me perseguirán hasta que me capturen, y son los mejores en eso. Debo huir, Max. Cuida de Aura. Dile que estoy bien, en un lugar seguro. Que guardo su granate como un tesoro, y que siempre la voy a querer. Cuida de ella, Max. Vete antes de que te involucre en esto.

-Pero…

-¡Vete, joder!

Max lo miró a los ojos y empezó a llorar. Pete no pudo evitar sorprenderse. Era la primera vez que veía sus lágrimas. Max se las enjuagó rápidamente  y abrió la puerta del cobertizo.

-Lo haré, Pete. Prometo que la cuidaré.

Luego se marchó sin mirar atrás.

Aquel fatídico día Pete desapareció para siempre. Quién salió minutos después del cobertizo no era sino aquel que había cometido un pecado mortal. El primer hombre al que matas queda marcado en lo más hondo de tu mente, como una mancha que jamás podrás borrar. Aún tengo pesadillas con aquel día. Ya he asumido que tendré que vivir para siempre con esa carga. Aquel hechizo marcaría lo que soy ahora. Un asesino.

-¡Señor! Ya hemos llegado.

El hombre cerró con cuidado su voluminoso diario de hojas gastadas, lo guardó en un maletín que apoyó cuidadosamente en el suelo y salió del transbordador. Frente a él, y entre las ruinas de una Arcadia en llamas, se erigía una enorme torre que había resistido a los intensos bombardeos de la zona.

-La batalla está prácticamente terminada. Khaiden es nuestra, señor.

El hombre se acercó a la torre. Todo le resultaba familiar. Inconscientemente, se llevó la mano al granate incrustado en la diadema de su frente. No sabía si la encontraría allí, pero tenía que intentarlo. Le había hecho una promesa que no había podido cumplir. Le debía una disculpa. Y una despedida

-Soldado-dijo el hombre, sonriendo, sin apartar la vista de la torre-. Informe al cuartel general de este sector de que he llegado. No hace falta que me traigan escolta, entraré sólo. Tengo una cuenta pendiente ahí dentro.

Capítulo 26: Huracán de recuerdos (Parte I)

Los días posteriores a nuestra ruptura fueron como vivir en el infierno. Mi corazón ardía con ira. La impotencia crecía, el odio me dominaba. Una palabra se grabó en mi mente: venganza.

 -Recordad… alumnos, que el odio saca lo peor que hay en nosotros. Alejaos de la nigromancia… y de todo lo relacionado. Sólo os llevará al dolor y al sufrimiento. Estudiamos las Artes Impías… para aprender a combatirlas. Para entender por qué no se deben usar. Sólo la magia pura os llevará… por el camino de la verdad.

La campana señaló el fin de la clase. Pete salió de su ensimismamiento. Los exámenes finales estaban cerca y él no era capaz de concentrarse ni siquiera en su clase favorita. Aunque Athos tendía a dar discursos muy filosóficos y pausados, tenía una extraordinaria habilidad para transmitir sus conocimientos. De hecho, Artes Impías era una de las asignaturas más solicitadas de Khaiden.

Pete se dirigió a su habitación, sólo. Hacía ya una semana de la ruptura con Aura, y aunque delante de ella y de sus amigos aparentaba normalidad, por dentro estaba destrozado. Pasaba las tardes en su habitación intentando estudiar, pues sabía que en su estado necesitaría al menos el triple de esfuerzo para sacar las asignaturas adelante. “Me espera otra tarde de Rúnica…” pensaba con exasperación mientras torcía la esquina del pasillo. Se topó de bruces con una túnica azul, donde estampó su nariz sin poder evitarlo. Dio un paso hacia atrás y levantó la vista, a la vez que abría la boca para disculparse. La cerró al momento.

-Henry… -susurró entre dientes,  mientras miraba fijamente a los ojos al hechicero.

-Hombre, si es el tío que temblaba más que su flan -respondió Herny, devolviéndole la mirada con desprecio.- Mira por dónde vas, capullo.

-¿Capullo? -respondió Pete, mirando hacia los lados para confirmar que estaban solos en el pasillo-. ¿Yo capullo? Eso lo serás tú, gilipollas.

Henry dio un paso hacia delante y se encaró con el hechicero. Su mirada era realmente intimidante, pero Pete no se echó atrás.

-Juró que pagarás por lo que le hiciste a Aura, aunque me vaya la vida en ello -añadió sin pestañear ni una vez.

Henry dio un paso atrás y se echo a reír sonoramente. Acababa de entender la situación.

-Vaya, vaya, el caballero sale en defensa de su princesa. Me traen sin cuidado tus amenazas. No eres el primero que intenta vengarse, ¿sabes? Me he beneficiado de muchas otras antes que a tu amiguita. Algunas tenían novio. Y aquí estoy. Pero no estés celoso, señor flan, que Aura ha destacado sobre las demás. Es difícil resistirse ante esos pechos tan perfectos. No me importaría volver a follármela. De hecho igual…

Henry no pudo terminar la frase, pues tuvo que esquivar el puñetazo de Pete que amenazaba con partirle la nariz. Aprovechó el impulso de su movimiento para ponerse a un lado de Pete y le barrió las dos piernas con la suya, ayudándose de un tirón con los brazos. El hechicero perdió el equilibrio y cayó de espaldas, circunstancia que aprovechó Henry para pisarle la garganta. Pete intentó librarse de la estrangulación, pero la presión era demasiado grande.

-¿Sabes que es lo mejor de anular la voluntad? Poder follarme a gusto a quién quiera sin tener que aguantar sus gritos y sus llantos. Y aún así la muy zorra de Aura se resistió cuando se la metí bien dentro, me hizo un puto arañazo. Supongo que el dolor de ser desvirgada atenúo el efecto del hechizo. La próxima vez que me la folle usaré una maldición más potente…

La vista de Pete se nubló debido a la ira y al corte del riego sanguíneo. Pocos segundos después, se desmayó. Cuando se despertó se encontraba acostado en una cama, rodeado de sus amigos. Max y Aura parecían realmente preocupados. Diana leía un libro sentada en un butacón.

-¿Donde estoy? -preguntó algo confuso-.

-En la enfermería -contestó Max, aliviado por ver a su amigo despertar-. Te encontraron desmayado en los pasillos. Ya te advertí que no desayunar podía provocarte bajones de azúcar.

-No fue un bajón de azúcar. Fue… -Pete se calló al ver el rostro preocupado de Aura. Decidió que no era buena idea contar la verdad-. Últimamente ando con dolor de cabeza. No pensé que fuese a llegar a tanto.

Durante el tiempo que permaneció en la enfermería hasta que le dieron el alta, Pete tuvo tiempo para pensar. Debía de detener a Henry antes de que siguiese violando a más mujeres, pero de nada servirían las acusaciones sin pruebas. Si quería hacer justicia debía de encontrarlas. “Voy a dedicar cada minuto de mi vida a reunir información de él hasta que pueda acusarlo ante Athos” se juró mientras acariciaba el granate de Aura, que llevaba siempre consigo.

Pete cumplió su juramento. Durante las siguientes días se convirtió en su sombra, averiguando sus rutinas y siguiéndole a todas partes, armado siempre con una cámara fotográfica para pillarlo in fraganti cuando decidiese cometer su siguiente barbarie. Pero el fin del curso se acercaba y Henry no había vuelto a violar a ninguna mujer. Pete sabía que era el último año del hechicero antes de comenzar las prácticas en el extranjero, por lo que la oportunidad de detenerlo se escapaba entre sus dedos. Comenzó a desesperarse. No podía dejar escapar a ese criminal. No sin hacérselo pagar. Necesitaba la ayuda de alguien, y sólo había una persona en quien podía confiar.

Pete llamó a la puerta de su habitación.

-Anda, hola Pete. ¿Y tú por aquí? -preguntó Max, desde el otro lado de la puerta.

-Necesito hablar contigo. Es muy importante.

-Bueno, estás de suerte. Me pillas en mi hora de descanso. Pasa.

Max le indicó la mesa auxiliar que utilizaba para apilar sus libros de uso cotidiano. La pila tenía por lo menos dos pies de alto. Pete la apartó mientras Max buscaba un par de taburetes.

Pete le contó todo lo relacionado con Aura y Henry. Según avanzaba la historia, el rostro de Max fue palideciendo. Cuando la narración terminó, se hizo el silencio durante varios minutos. Pete esperó pacientemente a que su amigo asimilase lo que le acababa de contar.

-Ni que decir tiene que no le puedes decir a nadie que te he contado esto-dijo finalmente Pete, cuando creyó que había pasado tiempo suficiente-. Llevo siguiendo a Henry desde hace varias semanas para reunir pruebas, pero no ha vuelto a violar a nadie. A este paso se marchará de Khaiden sin pagar por lo que hizo.

-Si se ha dado cuenta de que le sigues no volverá a hacerlo -comentó Max, con voz temblorosa-. Tienes que buscar otro método.

-A eso he venido. Tú eres el inteligente del grupo. Necesito que se te ocurra algo para que lo detengan. Mira, te he traído una lista detallada con todas las rutinas de Henry.

Pete le entregó una libreta garabateada a Max. Estaba llena de esquemas y anotaciones escritas con gran esmero. El hechicero las había pasado varias veces a limpio pensando que así se le ocurrirían ideas.

-Las revisaré esta noche -prometió Max mientras dejaba la libreta encima de su escritorio-. Pásate mañana por aquí a esta hora y hablaremos.

Max no apareció en el comedor para cenar esa noche. El hechicero estuvo hasta altas horas de la madrugada revisando una y otra vez las anotaciones de la libreta. Al día siguiente, Pete se presentó puntualmente en la habitación de su amigo. Max le abrió la puerta con una sonrisa en la cara que contastaba con sus grandes ojeras.

-¡Lo tengo!

-¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó Pete impacientemente mientras se sentaba en el taburete de la mesa auxiliar.

Max extendió un papel sobre la mesa. Era un boceto muy simple de lo que parecía un estudio.

-Este es el despacho del padre de Henry, donde él comete las violaciones. Supongo que porque está en una zona aislada y hay menos probabilidades de que le pillen. Según las anotaciones de tu libreta, Henry suele estudiar allí por las tardes hasta más o menos las ocho y media, que se va a cenar. La cuestión es… su padre se pasa el día en el laboratorio y sólo utiliza el despacho los viernes por la mañana, cuando se reúne con Athos, ¿verdad?

-Así es -respondió Pete, haciendo memoria-. Suelen ir los dos a tomar el café allí. O al menos siempre que los he observado van con una cafetera humeante.

-Eso leí yo también. La cuestión es, ¿entran ambos a la vez en el despacho?

-Exacto. Van a coger la cafetera al comedor y luego se acercan al despacho. ¿Por qué preguntas eso? Es el único día de la semana que es imposible que viole a una chica.

-Es cierto, pero es que no vamos a intentar pillarle in fraganti -respondió Max, sonriendo-. Mi plan es el siguiente. Nos hacemos con la llave del despacho y dejamos el jueves por la noche algo tremendamente ilegal. Un artilugio nigromántico o algo así. Cuando Athos y el padre de Henry lleguen el viernes por la mañana, se lo encontrarán. Athos está totalmente en contra de las artes impías, así que le exigirá explicaciones y él tendrá que confesar que es de Henry si quiere salvar su pellejo. Puede que no lo acusen de violación, pero la práctica de nigromancia es un delito muy grave también. Irá a la cárcel casi seguro.

-Parece un plan muy complejo -comentó Pete tras sopesarlo-. ¿Cómo pretendes que nos hagamos con la llave del despacho? Ni siquiera los bedeles tienen copia.

-Exacto. Sólo existen dos copias de esa llave, y Henry tiene una. Según la libreta, el martes y el jueves por la mañana suele ir a la piscina durante una hora. Cogeremos la llave de su taquilla y haremos una copia en alguna ferretería de Arcadia. De eso ya me encargo yo, no te preocupes. Domino las runas de manipulación bastante bien. No puedo abrir la puerta del despacho, pero puedo forzar la taquilla sin que se note. Tú encárgate del artilugio nigromántico. El mercado negro del distrito treinta y tres está lleno de ellos. Pregunta en El Alambique Inquieto por Natham, y él te guiará.

-¿Sabes forzar cerraduras y conoces el mercado negro? -preguntó sorprendido Pete ante la revelación de su amigo-. ¿Quién coño eres tú y que has hecho con mi amigo?

Max se rió sonoramente. Había disfrutado con la mueca de sorpresa que había puesto su amigo.

-Athos lo dice bien claro. Sólo estudiando las artes impías podemos combatirlas. He tenido que adquirir ciertos… artículos para ello. Pero no son nada radical. Necesitarás algo muy gordo para provocar la ira del archisabio.

-Descuida -comentó Pete con una sonrisa, mientras se levantaba del taburete-. Voy a encontrar una mierda tan oscura que no la reconocerían ni en la torre negra.

Al día siguiente, Pete se dirigió al distrito treinta y tres. Externo al Muro, este barrio se caracterizaba por ser de los más peligrosos de Arcadia. El hecho de llevar una bolsa llena de sacres bajo su túnica azul brillante no le tranquilizaba en absoluto, por lo que avanzaba a paso ligero sin mirar a nadie a los ojos. Suspiró aliviado cuando alcanzó la puerta de la tienda. El Alambique Inquieto no era más que un cuchitril escondido en uno de los callejones del distrito. Pete abrió la desvencijada puerta y entró en la estancia. La apariencia interna de la tienda estaba acorde a su localización. En las estanterías se acumulaban cientos de frascos de pociones llenos de polvo que daban a entender que la clientela no era algo habitual en el Alambique Inquieto. En el mostrador, un gnomo más viejo que la tienda, con barba blanca de chivo y gafas de media luna leía un libro sin portada sentado en un butacón de piel que había visto tiempos mejores.

Pete se acercó al mostrador. El dependiente levantó la vista de su libro.

-Está cerrado -dijo con voz áspera, para luego retornar a su lectura-.

-Ehm… ¿está Natham? -preguntó el hechicero, con voz insegura-.

El dependiente levantó de nuevo la vista hacia el visitante. Se levantó de la butaca y se subió a una escalerilla estratégicamente situada para poder tratar con sus clientes desde una altura equiparable. Lo observó de pies a cabeza, para luego mirarlo fijamente a los ojos.

-Depende de quién pregunte -respondió con voz seca-.

-Quiero comprar algo… ilegal -añadió Pete, sin saber muy bien que decir-.

El gnomo se rió con una sonora carcajada.

-Esto es una tienda de pociones. Nosotros no vendemos cosas ilegales. Además, está cerrada. Vuelve a tu cuna y no te metas en asuntos de mayores.

Pete no estaba dispuesto a rendirse. Antes de que el gnomo pudiese volver a bajar de la escalerilla, sacó la bolsa de sacres y la puso encima del mostrador. El saco se abrió, mostrando las brillantes monedas de la República.

-Me da igual si me atiende Natham o su abuela, no me pienso ir de aquí hasta que no me muestren el género -dijo Pete, intentando parecer lo más amenazador posible-. Tengo dinero y, que yo sepa, el dinero no entiende de edades.

El gnomo frunció el ceño y soltó un pequeño gruñido. Le echó un breve vistazo a la bolsa y dudó unos instantes. Finalmente, bajó de su escalerilla y abrió la puerta del mostrador.

-Ven conmigo.

Pete recogió su bolsa de sacres y la volvió a guardar dentro de su túnica. Acompaño al gnomo hasta la trastienda. Estaba mucho más ordenada y limpia que la anterior estancia,  lo que daba a entender que los verdaderos negocios de El Alambique Inquieto se trataban allí. En el centro había una discreta mesa de madera iluminada por una lámpara de techo. El dependiente lo invitó a sentarse en un butacón reluciente de cuero, tras lo cual él hizo lo mismo al otro lado de la mesa.

-Quienes me conocen como Natham son bienvenidos en este lugar -se presentó el gnomo, con una media sonrisa en su rostro-. Bienvenido a El Alambique Inquieto, el local de estraperlo más importante del distrito treinta y tres. ¿Qué estas buscando?

Pete sonrió. Había llegado al lugar adecuado.

-No busco nada en concreto. Necesito meter en un lío a alguien. Un lío muy gordo. Necesito algo tremendamente ilegal, que le cueste mínimo la cárcel.

-Has venido al lugar adecuado, niño. Precisamente nos ha llegado hace poco un buen cargamento de fisstech. Creo que con un par de gramos…

-No, no busco drogas -le cortó Pete, algo asqueado-. Verás… él es estudiante de Khaiden, como yo. Busco algo relacionado con la nigromancia. Un artefacto mágico o algo así.

-Mmm… creo que tengo algo adecuado para esa empresa. Espera un momento aquí.

El gnomo se levantó de su butacón y salió por una puerta lateral de la trastienda. Pete comenzó a ponerse nervioso. Le inundaron pensamientos negativos. “¿Y si no se fía de mí y me manda a un par de matones? O lo que es peor, ¿y si me denuncia ante el Consejo?”.

Estaba a punto de levantarse y escapar cuando el gnomo volvió por donde se había ido. Llevaba en las manos un libro algo desgastado.

-Esto es justo lo que necesitas. Un libro de conjuración. Quizás seas demasiado joven para saberlo, pero hace unos treinta años un alumno de Khaiden convocó un dracoliche por error mientras leía uno de estos. El monstruo asesinó a trece alumnos antes de que los profesores pudiesen darle caza. Desde aquellas, Athos prohibió expresamente la posesión de estos libros, incluso entre los propios profesores. Los tomos que había en las bibliotecas de todas las torres de hechicería fueron quemados. Sólo unos pocos se salvaron. Uno de ellos es este. Créeme que, sea a quién sea, si cogen a alguien con uno de estos está prácticamente acabado.

-¡Es justo lo que necesitaba! -exclamó Pete, visiblemente alegrado-. Me lo llevo. ¿Cuánto vale?

-Todo lo que llevas en esa bolsa -respondió Natham, con una sonrisa ladina-. Y de regalo te llevas un consejo. ¿Trato?

Pete dudó unos instantes. En esa bolsa estaban prácticamente todos los ahorros de sus últimos años.

-Está bien, me lo llevo -respondió finalmente, sacando nuevamente de su túnica la bolsa de sacres-.

-Perfecto. Ha sido un placer. -dijo el gnomo, cogiendo el dinero y dándole el tomo de conjuración-. Y aquí mi consejo. Planifica un plan alternativo antes de hacer nada. Nunca sabes qué puede salir mal. Lo digo porque si tienes que huir, es mejor que sepas como quitarte… esa cosa. Ya sabes.

Natham se señaló el cuello. Pete entendió al instante. El chip localizador. Ya había pensado en eso.

-Gracias por el consejo. Hasta luego.

Pete salió de la tienda, no sin antes esconder bien el tomo bajo la túnica. El camino de vuelta fue similar, sólo que ahora estaba el doble de nervioso. El dinero como máximo se lo podían robar. Si lo pillaban con ese libro sería su fin. Por suerte, nadie reparó en él.

Los días pasaron lentamente, pero al fin llegó el jueves. Pete y Max están reunidos en la habitación de este último, ultimando los detalles del plan.

-Aquí tienes la llave del despacho -dijo Max-. No tuve problemas en conseguirla. Esta noche deja el tomo de conjuración. No debería ser difícil. Procura no dejar huellas, ¿vale?

-Descuida -respondió Pete con seguridad-. Llevo dándole vueltas a esto mucho tiempo, lo haré a la perfección. Pero por si algo fallase… quiero que vayas al cobertizo de los jardines a las diez en punto. Si no estoy allí es que todo ha salido a la perfección.

-Está bien. Mucha suerte, amigo. Hagámosle pagar caro a ese canalla.

-¡Por Aura! -exclamó Pete, levantándose-. Hoy será vengada.

Capítulo 25-Eclosión

En lo alto de la Torre la agitación era evidente. Decenas de altos cargos de la Mano Negra se movían de una estancia a otra llevando carpetas con documentos de inteligencia, mapas de sectores y libros sobre tácticas militares. El Imperio estaba llevando a cabo una invasión por tres frentes, y eso requería una logística, estrategia y táctica muy complejas.

En contraste con aquel bullicio infernal, en la sala del trono reinaba un silencio tenso. El Emperador leía con atención las noticias de los últimos avances de la ofensiva en el informe que su hermano le acababa de traer hacía unos instantes. Ganondorf observaba atentamente los pequeños ojos carmesíes de Genonheart, la única parte de su cuerpo que asomaba tras su armadura integral, en busca de una expresión que le indicase su opinión respecto al desarrollo de la guerra.

-Mmm, parece que nos hemos atascado –dijo el Emperador, tras cerrar el informe-.

-Sí, hermano. Han detenido nuestras fuerzas en Torvetto y Gundabad –contestó Ganondorf, cruzándose de brazos-. Son posiciones están fuertemente defendidas por defensas planetarias y orbitales, además de numerosas instalaciones de apoyo táctico.

-¿Nos espera entonces una guerra de desgaste? –preguntó Genonheart, entornando los ojos.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Ganondorf.

-En condiciones normales lo sería. Pero por suerte nosotros tenemos el arma definitiva. Ya hemos desarrollado un prototipo, y esperamos poder producir otros dos más a lo largo de la guerra si encontramos más vetas de mineral en el sector.

-¿Está el prototipo listo para combatir? –preguntó el Emperador con una mirada ansiosa-.

-Esta mañana Med procedió a su activación y fue todo según lo previsto. Estoy seguro de que te mueres por verlo. He mandado que lo traigan a la Torre. Está en el quinto sótano.

Genonheart se levantó de un salto. Sus ojos centelleaban.

-¡Vamos!

Los dos hermanos llegaron rápidamente a las dependencias subterráneas de la Torre gracias al ascensor personal del Emperador. Tras caminar en penumbra por sinuosos pasillos de paredes lisas sin más adornos que las periódicas luces que alumbraban el camino llegaron a una puerta de seguridad flanqueada por Agahnim y el Médium.

-Te esperaba, Emperador –anunció el Médium, haciendo una leve reverencia-. Ah sí, Emperador Genonheart, mi alma está a su servicio.

-No nos perdamos en protocolos, Med, o acabaremos pareciéndonos a la República –replicó el Emperador-. Venga, quiero ver el arma-.

El pequeño grupo franqueó la puerta de seguridad. La estancia parecía ser un almacén, pues varias cajas se apilaban apoyadas en las paredes. En el centro, un enorme contenedor de vidrio contenía suspendido en un líquido semitransparente una figura familiar. Cuatro cristales cortados en forma de rombo flotaban en el seno del fluido formando un símbolo muy parecido al del propio Imperio. El Emperador los miraba extasiado.

-Para generar el arma necesitábamos que las gemas contenedoras activadas estuviesen en algo que los hechiceros llamamos equilibrio geomágico –explicó el Médium, dando un par de pasos al frente-. En los planos originales, el arma estaba diseñada usando gemas triangulares, pero decidí cambiarla por algo más patriótico. Los soldados imperiales pelearán con el doble de ímpetu si ven a su propio símbolo combatir a su lado. Y bien, ¿qué te parece mi obra, Emperador?

Genonheart se adelantó hacia el contenedor y acarició el vidrio, sin apartar la vista de los hipnóticos cristales.

-¿Tiene nombre? -murmuró, con un tono extraño en su voz.

-Bueno, el proyecto original se llamaba Trifuerza –comentó el Médium-. Pero supongo que como este prototipo tiene cuatro cristales podríamos llamarlo… Cuatrifuerza-.

Sin previo aviso, el Emperador rompió de un puñetazo el vidrio del contenedor. El movimiento cogió por sorpresa a todos los presentes, que contuvieron la respiración mientras el líquido se derramaba por toda la sala. La recién nombrada Cuatrifuerza seguía flotando en su forma original a pesar de que ya no se encontraba en el seno del fluido. Parecía que la gravedad no afectase en absoluto a los cuatro cristales, los cuales ajenos a la turbidez del líquido ahora refulgían con un sobrecogedor brillo negro.

-Emperador, ¡¿qué has hecho?! –exclamó el Médium, recuperándose del shock momentáneo-. ¡El control del arma no ha sido probado todavía! No sabemos si obedecerá nuestras órdenes fuera del éxtasis.

-¿Obedecerá? –preguntó Ganondorf, sin apartar la vista de la flotante figura.-. ¿Acaso tiene… conciencia?

Una profunda voz que parecía surgir de lo más hondo del propio ser contestó la pregunta en las conciencias de cada uno de los presentes. Todos se habían comunicado alguna vez con un ente telepático, pero aquella sensación era distinta. Parecía como si realmente aquel ser estuviese penetrando en sus mentes.

“He aquí ante mi presencia aquel capaz de someter las almas de sus enemigos. He sido creada para serviros, Emperador, y sólo vuestras órdenes obedeceré”

-Yo, Genonheart, Emperador del Imperio del Mal, reclamo tu alma para cosechar las de mis enemigos –proclamó el Emperador, con cierto tono sobrecogedor en su voz, mientras alzaba la mano hacia la Cuatrifuerza-. Guía a mi nación hasta la victoria.

Como si de una demostración de poder se tratase, la Cuatrifuerza palpitó con una fuerza colosal, generando ondas expansivas que derribaron a todos los presentes salvo al recio Emperador. Segundos después, un fulgor extremadamente brillante llenó la sala. Cuando los hombres lograron abrir los ojos y levantarse, comprobaron anonadados que la Cuatrifuerza había desaparecido. El Emperador permanecía en la misma posición que tenía cuando reclamó el arma. Ni las ondas ni el destello parecían haber hecho mella en él.

Lentamente, Genonheart se dio la vuelta. Su hermano se fijó que en la armadura que cubría el dorso de su mano izquierda refulgía con el mismo brillo que había observado anteriormente en los cristales del arma.

-Ahora la Cuatrifuerza y yo somos uno –explicó el Emperador, adivinando los pensamientos de su hermano, mientras avanzaba pausadamente hacia ellos-. Creo que ha llegado la hora de que tenga un poco de acción. Ya no recuerdo la última vez que esta coraza recibió el golpe de una espada. Vengaré a mi hermano personalmente, y no habrá ser vivo en este universo que pueda detenerme.

Capítulo 24: Estrategia burocrática

A las pocas horas de concluir la batalla del sector T-37 alfa, la noticia ya había llegado a Arcadia. El bullicio de las calles de la capital era, si cabía, aún más ruidoso de lo habitual. Se habían producido diversos altercados a lo largo del planeta, consecuencia del pánico y de las persecuciones a los orcos y trasgos que se encontraban en Arcadia. La improvisada policía militar había suprimido la mayoría de ellos, pero a cada minuto surgían nuevos incidentes que ponían en jaque al ejército.

Max, Diana y Aura bajaron del transbordador en el Portón para tomar luego otra nave hacia la capital. Durante su travesía les habían informado de la batalla que se acababa de producir. Una mezcla de alivio e intranquilidad les había invadido, al saber lo cerca que habían estado de verse involucrados en ella, pero a la vez de lo que esta implicaba para el futuro de la República. Su alivio desapareció en cuanto aterrizaron en el planeta, pues el pánico general era extremadamente contagioso. Los hechiceros, montados en un jeep y escoltados por varios militares, lograron llegar sanos y salvos a Khaiden, no sin antes sortear varios altercados por el camino.

-¡Nunca había estado tan feliz de volver a la escuela! –exclamó Aura mientras entraban en el interior de la torre. Al contrario que en el exterior, los únicos ruidos que se escuchaban eran los pasos de los alumnos y los susurros de las túnicas al arrastrarse por el suelo.

-Aquí parece que todo el mundo está tranquilo –opinó Max, mientras un grupo de hechiceros pasaron a su lado saludándolos con un leve gesto de sus manos-.

-Tranquilos de más, ¿no crees? –observó Diana, mirando a su hermano-. Fíjate en sus ojos, están muertos de miedo. Tan sólo la estricta educación que nos han impuesto les contiene de ponerse a gritar como los de allá afuera.

-Y para no estarlo, con la que se ha montado –comentó Aura, con tono preocupado-. Mirad, ahora lo único que me apetece es darme una ducha calentita en mi habitación y tumbarme un rato a ordenar mis pensamientos. No sé cuánto durará la guerra, pero no pienso moverme de aquí hasta que termine. Ya he tenido suficiente con lo del campamento. Además… quizás Pete vuelva aquí algún día.

-Yo tengo curiosidad por saber por qué nos han atacado –dijo Max, colocándose su sombrero-. ¿Tendrá algo que ver con lo que nos dijo aquel hechicero imperial? Hablaba sobre ataques por parte de la República. Aunque seguro que se los han inventado para así tener una excusa para apoderarse del sector alfa.

-Yo no sacaría esas conclusiones sin tener pruebas, hermanito –le cortó Diana-. El Senado o algún otro grupo de la élite política podrían haber ordenado esos ataques para eliminar la competencia imperial en el sector. Hay que recordar que los que descubrimos las gemas contenedoras fuimos nosotros, y ellos los que vinieron a aprovecharse.

-Bueno, lo que es innegable es que ellos también atacaron –terció Aura-. Y hablando de atacar, estoy deseando hacerlo a la cena de esta noche. Si no han cambiado el menú, los miércoles toca pizza.

Mientras los hechiceros se dirigían tranquilamente a sus habitaciones, en la otra punta de Arcadia, concretamente en la cámara del Senado, se estaba produciendo el pleno más importante de la historia republicana. Todos los senadores, sin excepción, se encontraban presentes en aquella sala. Algunos habían tenido que recorrer cientos de sistemas en apenas unas horas para poder asistir a aquel comicio.

Robert Vanegan se encontraba sentado en su escaño de canciller, con la mirada perdida entre los cientos de bulliciosos senadores que compartían sus opiniones entre sí, no siempre de una forma acorde a su cargo político. Había intentado durante varios minutos acallar el murmullo general para así poder empezar el pleno pero, cuando se disponía a hablar, alguien gritaba una frase subversiva en algún punto de la cámara y el bullicio volvía de nuevo a aparecer, con tal fuerza que enmudecía hasta sus propios pensamientos.

El canciller finalmente se cansó de tanta formalidad. Se levantó de su escaño, cogió aire y gritó con todas las fuerzas que pudo: “Silencio”. Aquella palabra tan irónicamente pronunciada logró finalmente acallar el murmullo general, o al menos reducirlo a unos pocos cuchicheos.

Aprovechando que se encontraba de pie, Robert comenzó el pleno.

“Señorías, como todos bien sabrán, el Imperio del Mal nos ha declarado la guerra. Se han producido ataques en diversos puntos del Través Neutral, y ya hemos perdido bastantes bases de operaciones. Inteligencia nos ha informado que las flotas imperiales se han agrupado en tres zonas. Al norte del Través, la tercera y la sexta flota han tomado la mayor parte de nuestras colonias y se encuentran a apenas cinco saltos de Gundabad. Nuestra segunda flota, al mando del general Nogrod, ha detenido su avance hacia el planeta natal enano, pero es cuestión de tiempo que logren abrir una brecha en sus defensas.”

“En el sur, la primera flota imperial entabló una violenta batalla en el sector T-37 alfa con parte de nuestra cuarta flota, que estaba esta estacionada allí para investigar los ataques a nuestros campamentos mineros. El general Yoda logró retirarse, pero no sin antes sufrir numerosas bajas, incluido uno de sus acorazados. Tras la batalla, la flota imperial ocupó todas nuestras colonias mineras del sector. Afortunadamente, casi toda la gema contenedora había sido evacuada de ellas el día anterior ante el temor de más ataques imperiales a campamentos mineros, y ahora se encuentra a salvo en la capital.”

“En el centro, la segunda y tercera flota imperiales han hecho un avance extremadamente rápido a lo largo del Través, pero los hemos detenido en Torvetto. La quinta flota, en manos del general, Andrew “Ender” Wiggin, se encuentra en estos momentos defendiendo su posición allí”.

“Como pueden comprobar, la situación es muy delicada. Como canciller, y según ordena la Constitución, me corresponde a mí la proposición de los movimientos de nuestras flotas, pero estos deben de ser aprobados por el Senado. Tras discutir la situación con los distintos generales, hemos acordado la siguiente estrategia. La primera flota del general Anderson se unirá a la quinta flota para bloquear el avance hacia la capital en Torvetto. La tercera flota de Belegost se unirá a su congénere Nogrod en la defensa de su planeta natal. Las flotas élficas, sexta y séptima, lanzaran una contraofensiva en el sur para recuperar el sector T-37 alfa. Comencemos con la votación. Señor James Khorovir, del PER, tiene la palabra”

El senador expansionista se levantó enérgicamente al ser nombrado, carraspeó y habló con voz decidida.

“Gracias, señor canciller. El Partido Expansionista republicano apoya  incondicionalmente las decisiones del canciller. Será un placer ofrecer las flotas humanas para combatir a quién ha osado atacar por sorpresa nuestras colonias, legitimadas por el Tratado de Libre Colonización. Defenderemos la ruta a la capital con uñas y dientes. Sus acciones no quedarán impunes.”

-Gracias, senador –contestó Robert, con una sonrisa.-. Señor Zolvan Ironhide, del POR, tiene la palabra.

El senador enano, que había permanecido de pie durante todo el pleno, golpeó sonoramente con el puño su mesa.

-Perdonen, Señorías, que me salte el protocolo. Pero espero sinceramente que les pateemos el culo a esos puñeteros imperiales y les mandemos de vuelta a su jodida casa. El POR apoya que nuestros hermanos de la segunda y tercera flota defiendan nuestro hogar. Faltaría más. Armaremos buques civiles si es necesario antes de dejar que esos cabrones pongan un pie en Gundabad. A propósito, ¿se sabe algo más del arma de Athos?

-Gracias… senador –respondió el canciller un poco avergonzado de la conducta de Zolvan-. El arma está todavía en desarrollo, pero es probable que tengamos un prototipo en menos de dos meses.

Robert había intentado inconscientemente prorrogar la declaración del senador Ithorièl, pero había llegado la hora de que el PNR manifestase su opinión.

El elfo se levantó de su escaño, bebió un trago de agua y carraspeó. Sus ojos centelleaban con odio y arrogancia.

-El PNR –comenzó Ithorièl, con un tono artificial- ha convocado una reunión extraordinaria esta mañana con los líderes élficos de Cuiviénen y Lúthien sobre la situación de guerra actual. En la susodicha reunión hemos decidido por unanimidad acogernos a Ley Fundamental de Libertad de Escisión, y por lo tanto desde este instante los mundos élficos recogidos en el Registro Republicano de Planetas no forman parte de la República, así como la sexta y séptima flota. Os habéis buscado esta guerra con vuestros sueños expansionistas, y no caeremos con vosotros. Buenos días.

A una orden de Ithorièl, todos los senadores del PNR se levantaron de sus escaños y comenzaron a salir del hemiciclo, repitiendo los acontecimientos del día de proclamación del canciller. Zolvan fue el primero en reaccionar a la inesperada noticia.

-¡Traidores! –gritó, agitando el puño hacia los fugitivos-. ¡Cobardes! ¡El Imperio os atacará igualmente, idiotas! ¡Estáis en esta guerra, lo queráis o no!

Ningún senador élfico respondió a las réplicas. Salieron ordenadamente de la sala y cerraron la puerta tras de sí. Robert no daba crédito a lo que ocurría.

-Hablaré con Ithorièl personalmente, seguro que es tan sólo una rabieta –comentó el canciller, dejando ya a un lado totalmente el protocolo-. Bueno, Khorovir, ¿podemos recurrir a lo que queda de la cuarta flota para retomar el sector alfa?

-No sé mucho sobre estrategias militares, pero si la mitad de la flota no pudo con ellos, dudo que la otra mitad consiga retomar el sector. Creo que lo ideal sería rearmarla primero.

-Es cierto, senador, pero piense que a cada día que transcurre, los imperiales extraen más y más gema contenedora. Si descubren como construir el arma antes que nosotros podríamos perder fácilmente la guerra. Deberíamos mandar a Anderson allí.

-Y si toman la capital perderemos igualmente, canciller –terció Zolvan-. No podemos dejar a Ender sólo defendiendo Torvetto. Puede que ese asteroide sea un bastión casi inexpugnable, pero siguen siendo dos flotas contra una. Anderson debe de ir con Ender. Y no te preocupes por el sector alfa, dudo que los imperiales se hayan dado cuenta aún de para qué sirven esas piedras.

-Está bien –concedió Robert, frunciendo el ceño-. Desplegaré la cuarta flota en Mervial y la rearmaré allí. Puede que a los imperiales les dé por continuar atacando por el sur y avanzar hacia las colonias mineras del sector Omicron. Así al menos la entrada estará defendida.

-Sí, es un buen movimiento, Robert –aprobó Khorovir-. Pero no te confíes. No creo que el Imperio se haya arriesgado a atacarnos sin tener un as en la manga.

En el rostro del canciller se dibujó una repentina expresión de preocupación debido a  las palabras del senador expansionista. Había tenido la misma impresión cuando esa mañana su secretario le había informado de los ataques. Ambas naciones estaban relativamente igualadas militarmente, y ni siquiera con la escisión de los elfos la situación podía volverse preocupante, pues una de las principales máximas bélicas es que defender una posición es mucho más sencillo que atacarla. El Imperio debía de tener una buena razón para declarar la guerra. Y esa razón no podía ser otra que la certeza de saber que la ganaría.

Capítulo 23-Vientos de recuerdo V

-Pues hoy hacemos un mes, ¿sabes?

Max, que se dirigía junto con Pete a su clase de Alquimia avanzada, se llevó la mano a la cabeza en un gesto de sorpresa.

-¿¡Ya ha pasado un mes!? Que rápido pasa el tiempo cuando te matan a trabajos y exámenes. Me arrepiento de haber cogido tantas asignaturas este curso. Entre Rúnica y Alquimia no tengo tiempo para practicar los glifos de….

-Pues había pensado hacerle una cena -cortó rápidamente Pete antes de que su amigo se fuese por las ramas-. Así romántica, los dos solos a la luz de las velas… Además estaría bien que fuese todo una sorpresa, ¿podéis entretenerla o algo mientras la preparo y luego traérmela a mi habitación sobre las… diez?

-Claro, amigo, sin problema. Mmm…Diana tiene que hacer un trabajo con ella por la tarde, así que no nos debería resultar muy complicado. Allí la tendrás.

Durante toda la tarde, Pete trabajó duró en las cocinas de Khaiden para preparar una cena especial. Preparó un suculento pavo al limón con guarnición de patatas panadera, y como postre horneó una deliciosa tarta de tres chocolates, la favorita de su novia. Improvisó una mesa con su escritorio y las sillas que encontró a mano, y la decoró con velas y un jarrón de rosas. A las diez en punto, Max trajo a Aura a la habitación poniéndole como escusa una partida de cartas. La cena fue tal y como había previsto Pete: pavo delicioso, tarta tierna, vino suculento y palabras dulces. De la mesa pasaron a la cama, donde continuaron cenándose el uno al otro con besos y caricias. “Hoy es el día”, pensó Pete mientras despojaba a Aura de su recién estrenado vestido azul, para luego pelearse durante unos instantes con el sujetador, que se resistía a abandonar su función de tapar los generosos senos de la hechicera. Con un hábil movimiento de dedos logró finalmente vencer a su textil enemigo y pudo contemplar con su habitual fascinación el cuerpo desnudo de Aura. Lo había visto ya varias veces, pero seguía causando en él una excitación similar a la del primer día. Pasó suavemente los labios sobre su vientre pálido, subiendo desde el ombligo hasta la curvatura de sus pechos, escalándolos sin dificultad, ansiando llegar a la cumbre coronada por el rígido pezón que besó con dulzura. Se detuvo a observar la mancha de nacimiento que tenía al lado de su pezón derecho. Se sentía orgulloso de saber que pocas personas en el mundo sabían de su existencia. Siguió subiendo y la besó en los labios con pasión, bailando junto a su lengua un vals ardiente e intenso. Las manos de Pete buscaron despojar a Aura de su prenda más íntima. Estaba realmente húmeda, y eso lo excito aún más. El hechicero se desnudó por completo y se lanzó al ataque, con delicadeza pero con ansia, buscando finalmente consumar la relación. Entró, aún con cierta dificultad, y comenzó a moverse acompasadamente. Aura estaba tensa. Pete buscó en su mirada el placer que le estaba proporcionando, pero en sus ojos contempló lo último que esperaba ver. Terror. Aura estaba muy tensa. Comenzó a gemir, pero no de placer. Pete se apartó de repente, pensando que le estaba haciendo daño. La hechicera rompió a llorar y se alejó de su novio, tapándose con las sábanas. Pete intentó abrazarla para consolarla, sin saber muy bien qué hacer, pero Aura lo empujó muy fuerte y lo tiró al suelo. Comenzó a vestirse atropelladamente, mientras el hechicero la miraba atónito desde su posición.

-¿Qué… qué te pasa, Aura? –preguntó Pete, con los ojos abiertos de par en par por el shock del momento-.

La hechicera no respondió. Terminó de vestirse y se dirigió a la puerta. Pete insistió.

-Aura, por favor, ¿qué coño te pasa? No te vayas así sin decírmelo.

-Lo… lo siento -respondió la hechicera. Abrió la puerta y se marchó. Pete se quedó un largo rato en el suelo, pensativo, sin saber qué hacer. Finalmente, se echó a llorar, amparado por el silencio y la soledad de la noche.

No tuvo noticias de ella durante varios días. No iba a comer con ellos, ni la venía a buscar a sus clases. Fue varias veces a su habitación, pero la puerta estaba cerrada y nadie respondía a su llamada. Como último recurso, decidió ir a la habitación de Diana y le comentó lo que había ocurrido. La hechicera le escuchó con atención, con una mirada que daba a entender que ya se esperaba esta conversación.

-Bueno, y eso es todo -dijo Pete al terminar su relato-. ¿Qué crees que le ha pasado?

-Ese comportamiento, aunque no te lo parezca, era de esperar -dijo Diana con voz neutra-. Si te sirve de consuelo, ella ahora está mejor, y de hecho me ha pedido que te dijese que la vayas a ver mañana por la noche a su habitación, sobre las diez. Supongo que finalmente va a atreverse a contarte lo que le sucedió.

-¿Contarme el qué? -preguntó Pete sorprendido- ¿Tiene algo que ver con lo que le pasó hace unos meses?

-Sí, de hecho es precisamente el motivo de ello. Si te soy sincera, esperaba que esto no fuese a suceder -Pete notó un cierto tono de tristeza en su voz-. Me da pena que tenga que terminar así, Aura no se lo merece. Si me disculpas, voy a seguir leyendo.

Pete entendió la indirecta y se marchó de su habitación. El tiempo hasta la cita con su novia transcurrió tremendamente despacio. Pasó la noche en vela, y la tarde del día siguiente no era ni siquiera capaz de leer dos palabras seguidas de sus apuntes sin quedarse mirando al vacío pensando en lo que le iba a decir Aura. Finalmente, la hora llegó. El hechicero fue puntualmente a la habitación de su novia. Llamó, y escuchó un débil “Pasa” desde el otro lado. Abrió la puerta y se encontró a Aura sentada en su cama, mirándole con ojos tristes. “Siéntate”, le dijo mientras palpaba el colchón a su lado. Pete obedeció. Intentó saludarla con un beso en los labios, pero Aura se apartó. La pareja se quedo mirándose a los ojos. Tras dos minutos de tenso silencio, la hechicera empezó a hablar.

-Esto es muy difícil para mí, pero… creo que es justo que lo sepas. Recuerdas que hace unos meses tuve una época difícil, ¿verdad?

-Sí, me preocupé mucho por ti.

-Normal… verás, lo que sucedió fue que… ¿te acuerdas de ese chico, Henry?

A Pete le dio un vuelco al corazón. Los celos le punzaron con fuerza.

-Sí –contestó secamente-.

-Verás… de aquellas me gustaba un poco. Era muy atento conmigo con el tema de los estudios, y todo lo que me decía eran buenas palabras. Un día decidí darle una oportunidad y le invité a tomar un café por la mañana. Después le acompañé al despacho de su padre… no recuerdo por qué. Y una vez dentro…

Aura se calló y bajó la cabeza. El corazón de Pete quería salírsele del pecho, pero aguantó estoicamente hasta que Aura volvió a hablar. Fueron unas palabras pausadas, que disminuyeron en intensidad según iban saliendo de su boca.

-Allí dentro quiso besarme… y yo no quería. No tan pronto. Pero me sentía rara. Estaba como…ida. No… no era capaz de resistirme. Y me… me… me arrancó la ropa, y me… me violó.

El tiempo pareció congelarse para Pete. Se esperaba cualquier cosa menos esta. Tras la sorpresa vino el odio, y tras el odio la impotencia. Aura se echó a llorar, y Pete se puso rojo de rabia. Pero ante todo pronóstico, supo contenerse y decir algo coherente.

-¿Lo denunciaste?

Aura levantó la mirada. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas. Apenas se le entendían las palabras.

-¿Cómo lo iba a denunciar? ¿Tú sabes lo que me ha costado contártelo a ti? Sólo lo sabéis Diana y tú.

-Debe de pagar por lo que ha hecho -contestó Pete conteniendo su ira a duras penas-.

-No pagará, su padre es muy amigo de Athos. Como mucho le caerá una reprimenda. Y ni siquiera hay pruebas…

-¿Una puta reprimenda? -explotó Pete, sin poder aguantarse más-. Te droga o lo que coño te haya hecho para llevarte allí, te viola y sólo se lleva una puta reprimenda? A ese tío tienen que colgarlo por los huevos del puto Muro para que se lo coman los buitres.

Aura lloró aún más fuerte. Pete se dio cuenta de que en su arrebato se había puesto de pie y había gritado muy alto, probablemente asustándola. Se volvió a sentar e intentó tranquilizarla con un abrazo. Aura se apartó con un grito.

-Pete… no, por favor. No… no me toques. Mira, no quiero seguir hablando de esto. Es algo que pasó y punto. No quiero que nadie lo sepa, por favor, entiéndelo.

-Pero Aura… -replicó Pete- él debe pagar. Te ha hecho mucho daño, no es justo que salga impune.

-Por favor… -insistió Aura- prométeme que no harás ni dirás nada sobre esto.

-Sólo si tú me prometes que dejarás de llorar. Cuando lo haces estás más fea que la profe de Rúnica.

Las últimas palabras de Pete, dichas en tono de burla, arrancaron una sonrisa entre las empapadas mejillas de Aura. Pete también sonrió, y aprovechó el momento para darle un abrazo y un beso a su novia. La hechicera volvió a echarse hacia atrás con un grito.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué te apartas tanto?

Aura lo miró muy serio. La expresión de felicidad que hace unos minutos se le había dibujado a Pete desapareció por completo. Jamás había visto a Aura mirar a nadie de esa manera.

-Pete -dijo con un extraño tono neutro-. Quiero que lo dejemos. Te quiero demasiado como para dejar que mi problema te afecte. Prefiero que seamos de nuevo sólo amigos.

Pete sintió como si le echasen un enorme jarro de agua fría sobre la cabeza. Notó una tremenda opresión sobre el pecho. Su mundo se derrumbaba.

-¿Pero por qué? No entiendo en qué puede afectarnos eso. Y si lo hiciese, superémoslo juntos, ¿no? Es lo que hacen las parejas.

-Esto no podemos superarlo juntos, tengo que hacerlo yo por mí misma -contestó Aura, muy seria-.Y me va a costar mucho. No quiero arrastrarte contigo por ese camino.

-Pero Aura, no puedes dejarme así -insistió Pete, a la desesperada-. ¿No entiendes que al cortar conmigo me haces más daño que el que intentas evitar? Además, las cargas es mejor llevarlas…

Aura le interrumpió.

-Mira, Pete. No podemos seguir juntos, ¿vale? Desde lo que me pasó no aguanto el contacto físico de nadie, ni siquiera el de Diana. Pensé que al salir contigo podría superarlo. He aguantado mucho, créeme, ha sido muy difícil para mí. Pero lo de hace unos días… fue demasiado. Me volví a ver en esa situación… y no pude más. No creo que esté preparada para tener un novio ahora mismo.

-Pero… pero… podemos tener una relación sin contacto -Pete ya no sabía cómo convencerla-. Y poco a poco ir superándolo, ¿no?

-Pete, ¿en serio crees que eso lo aguantarías? Piensa, tú no paras de intentar abrazarme, besarme y darme mimos. Si hiciésemos eso estarías todo el rato sufriendo. No quiero eso, Pete, entiéndelo. Quiero que lo dejemos. Deja de intentar convencerme, por favor.

El hechicero no aguantó más. Bajo la cabeza y se echó a llorar. Era la primera vez que lo hacía delante de Aura, pero no fue capaz de contener las lágrimas. Aura reaccionó de inmediato.

-No llores, por favor -rogó, con voz temblorosa-. Podemos seguir siendo amigos, seguir dando paseos y cenando juntos y riéndonos y haciendo todas esas cosas, ¿vale? Por favor, deja de llorar. Mira, tengo un regalo para ti.

Aura se levantó de la cama de un salto y empezó a hurgar en un cajón. Sacó un paquete envuelto en papel oscuro y atado con un cordón. Pete levantó la mirada. Ahora eran sus mejillas las empapadas en lágrimas. Aura le tendió el regalo, y el hechicero lo abrió.

-¿Qué es esto? -preguntó mirando a la piedra roja que tenía entre sus manos-.

-Es un granate. Mi padre tenía uno enorme al lado de la chimenea. Un regalo de boda, creo. Cuando era pequeña me pasaba horas mirando como difractaba la luz de las llamas. Tanta era mi pasión que al cumplir los doce le pedí una y otra vez una colección de gemas a mi padre hasta que me la compró. Decía que era un regalo inútil, pero gracias a él descubrí que mi pasión eran los minerales. Si no hubiese tenido aquel granate al lado de la chimenea, hoy en día estaría… no sé, estudiando derecho o incluso labrando las fincas de mi padre. Y no te habría conocido.

-¿No será este el granate de tu padre?

-No, no -contestó rápidamente Aura-. Tuvieron que empeñarlo para pagarme la escuela, junto con otras muchas cosas. A veces hay que hacer sacrificios para poder cumplir nuestros sueños. Me puse muy triste cuando lo vendieron, pero gracias a ello ahora estoy estudiando Geología en Khaiden. Esta piedra es el granate que venía en aquella colección de gemas. Siempre le he tenido un cariño especial, pero prefiero que lo tengas tú. No, no pongas esa cara, vas a aceptar este regalo. Es mi pequeño sacrificio, para que recuerdes, estés donde estés, que siempre tendrás una amiga loca por las gemas en algún lugar de este universo.

A pesar de la horrible sensación que sentía en aquellos momentos, Pete se sintió levemente reconfortado al acariciar el granate. Miró a los ojos a Aura y le hizo una promesa que sabía que no iba a ser capaz de cumplir.

-No hará falta el granate para recordármelo, Aura, pues te prometo que nunca te abandonaré. Aunque sea como amigos, estaré a tu lado hasta el último suspiro de tus pulmones, hasta el último latido de tu corazón.

El día en que lo nuestro terminó, mi corazón se rompió en mil y un pedacitos. Jamás he logrado reconstruirlo, tampoco lo he intentando. Sé que nunca encontraré a otra como tú, aunque la busque en los confines de este marchito universo. Pero si hay algo que no me puede ser arrebatado son los recuerdos de aquel mes a tu lado. Recuerdos que seguirán soplando en mi memoria hasta el fin de mis días. Hasta el último suspiro vivirás en mí. Pues desde aquella promesa nuestros caminos están ligados. Desde aquel  día, mi corazón es granate.

Capítulo 22: Apertura

El general Kortul, líder de la Primera Flota de Imperio, miraba con ansia la pantalla del radar, observando como una infinidad de puntos rojos se acercaban más y más hacia su posición. Esa impresión era errónea, pues eran sus naves en realidad las que avanzaban hacia los republicanos a toda máquina. Kortul tenía órdenes de eliminar la totalidad de la flota del Maestro Yoda en un ataque relámpago envolvente, aprovechando la presencia del planeta para evitar su huida. Sin embargo, el número de puntos que mostraba el radar indicaba que una escaramuza rápida no sería posible. Los informes de los Halcones auguraban la presencia de doscientas astronaves, pero había más del doble de luces parpadeantes en la pantalla de cristal líquido.

 

-Flota enemiga a rango de nuestros misiles dentro de tres minutos –avisó uno de los controladores del puente de mando del Vulkore, la nave capital de la Primera Flota-. Estarán dentro del alcance de nuestros turboláseres en quince minutos.

 

-Todoss los esscudos al frente –ordenó Kortul, con su característico acento serpentino- En cuanto esstemos a tiro dessviad toda la energía de los motoress a los esscudos. Dejemos que la inercia noss lleve hacia elloss.

 

Como miembro de la raza vasari, el general Kortul tenía un aspecto reptiliano, con piel escamosa y piernas insectoides. Corría por sus venas la sangre de un pueblo marcial versado en mil batallas a lo largo y ancho de su galaxia. Kortul llevaba el arte de la guerra en sus genes y lo había demostrado comandando la flota más veterana del Imperio. Tenía muy claras sus estrategias en todo momento y contaba con ganar esta batalla con el menor número de bajas posibles.

 

-Flota en rango en diez segundos. Nueve, ocho…

 

-Preparad una salva de missiles de fasse. Lanzadloss en cuanto esstén a tiro. Los objetivoss prioritarioss son las navess de apoyo táctico y reparación.

 

Los misiles de fase eran artilugios de tecnología vasari que generaban campos de fase al estallar contra los escudos enemigos, los cuales provocaban fluctuaciones espacio-temporales que los desactivaban. Kortul sabía que una salva de misiles explosivos convencionales sería inútil contra los escudos intactos de la flota republicana, por lo que las armas de fase eran la mejor apertura para la batalla. Sin naves de apoyo táctico, la flota republicana se vería en graves problemas para organizar una defensa efectiva. Era un buen plan, y el general vasari lo sabía.

 

-¡Fuego! –ordenó Kortul cuando la cuenta regresiva alcanzó el cero, extendiendo su escamoso brazo para enfatizar la orden-.

 

Los ocho acorazados que conformaban la Primera Flota, entre los que se encontraba el Vulkore, y casi cien fragatas de largo alcance armadas exclusivamente con baterías de misiles dispararon sus proyectiles de fase contra la desprevenida flota republicana. Las fragatas de la Cuarta Flota reaccionaron rápido y descargaron un aluvión de proyectiles con sus impulsores de masa contra los misiles entrantes, lo que destruyó una parte de ellos en vuelo. El resto lograron impactar contra numerosas astronaves, desactivando sus escudos.

 

-Dissparad salvass de missiles penetrantess a los missmos objetivoss.

 

Entonces se hizo el infierno. Varias decenas de naves republicanas estallaron en violentas explosiones a lo largo de la formación. Las naves restantes respondieron al ataque con una salva de misiles que impactó dócilmente contra los poderosos escudos de los buques imperiales, causando tan sólo unas pocas bajas.

 

-Flota a rango de nuestros turboláseres y cañones de plasma, general.

 

-¡Fuego con todasss las baterías! –ordenó Kortul-. Y enviad a los cazasss y cazabombarderosss. Loss objetivos prioritarioss son los acorazadoss.

 

Los cañones de ambas flotas aullaron, atrapando en su fuego cruzado a los miles de cazas y cazabombarderos que combatían su propia batalla en el espacio frontera entre ambas flotas. La superioridad numérica de la Primera Flota pronto se hizo notar. Superadas en una proporción de diez a uno, las naves republicanas cayeron rápidamente.

 

El Maestro Yoda observaba con expresión triste como sus fragatas estallaban una tras otra bajo el fuego de los cañones láser.

 

-Capitán –dijo de pronto, tornando la vista al puente de mando-, hacia la flota imperial que todas nuestras naves a máxima potencia aceleren.

 

El capitán del Libertad, visiblemente sorprendido, retransmitió la orden del general a todas las naves de la flota. Iba a preguntar el motivo de la orden cuando Yoda le interrumpió con una pregunta.

 

-¿Para entrar en el hiperespacio a seguir cuál es la primera regla, capitán?

 

-Ehm… las naves deben de encontrarse libres de campos gravitacionales que interfieran en el cálculo dimensional, general. El máximo umbral permitido es de un dos por ciento de interferen… ¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Pretende atravesar su flota y saltar al hiperespacio!

 

Yoda gruñó asertivamente y volvió su vista de nuevo al ventanal. Las naves imperiales cada vez se acercaban más, estrechando el cerco. Había pocas probabilidades de que lograsen escapar. Su aguda vista se fijó en una de las fragatas enemigas. Su casco era inconfundiblemente obra de ingenieros vasari, lo que confirmaba su teoría. “La Primera Flota es”, pensó Yoda, frunciendo el ceño. “Las cosas eso a complicar va”.

 

-Capitán –ordenó de nuevo Yoda-, a todos nuestros cazabombarderos en doce escuadrones agrupe. Que en el centro de la formación mi señal esperen.

 

Tras dar la orden, el general se dirigió a uno de los ordenadores del puente de mando y consultó los archivos de inteligencia republicanos.

 

En el Vulkore, los oficiales observaban confundidos como las naves republicanas se acercaban hacia ellos. Kortul, sin embargo, parecía esperar ese movimiento.

 

-El Maestro Yoda intenta essscapar de nosotrosss con una táctica muy predecible –anunció el general vasari, con una sonrisa-. Que los inhibidores de fasse se sitúen en possición en torno a su flota. El resto de las naves que se preparen para virar ciento ochenta gradoss y disparar a mi señal. Les pillaremos por detráss con loss escudoss bajadoss y no podrán esscapar.

 

En medio del caos de la batalla era imposible apreciar como ciertos navíos imperiales se situaban estratégicamente alrededor de la formación republicana. Estos buques portaban uno de los mayores logros de la tecnología vasari: los inhibidores de fase. Estos enormes dispositivos se conectaban entre sí formando un enorme campo de fase que interfería con los motores hiperespaciales de las naves atrapadas en su interior, impidiéndoles realizar los cálculos necesarios para el salto dimensional.

 

La flota republicana atravesó finalmente el cerco, no sin sufrir un elevado número de bajas. A una orden de Kortul, las naves imperiales rotaron sobre sí mismas y dispararon contra la popa de los navíos en retirada. Con todos los escudos orientados todavía hacia la proa, las indefensas naves estallaron bajo el fuego de los turboláseres y los cañones de plasma.

 

En el Libertad, la tensión podía cortarse con un cuchillo.

 

-General, hemos atravesado el cerco –anunció el capitán-.

 

-¿Recuento de bajas? –preguntó Yoda

 

-Um… según el ordenador hemos perdido casi el sesenta por ciento de las fragatas. Las naves de reparabots, las de restauración de escudos y las de guerra electrónica fueron destruidas en su totalidad durante la primera salva de misiles. Respecto a los acorazados, los escudos del Libertad y del Igualdad han sufrido daños soportables, pero los del Fraternidad están al límite de su capacidad.

 

-Perder un acorazado no debemos –sentenció Yoda-. Todas las naves que para saltar se preparen.

 

-Índice de interferencia en diez por ciento y bajando, general –anunció una oficial desde el otro lado del puente de mando-. Nueve por cien… un momento… ¡general!, ha aumentado hasta el sesenta por ciento de repente. Debe de haberse estropeado el ordenador.

 

-Un fallo no, sino una táctica es, oficial – corrigió Yoda, esbozando una sonrisa. Acto seguido se dirigió a su segundo al mando-. De jugar nuestras cartas hora es, capitán. Atento a la orden. A nuestros doce escuadrones de cazabombarderos que pasen la interfaz de combate a modo escáner de frecuencia ordene. Atacar a todo objetivo que emita a la longitud de onda que he introducido en él deben. Cada escuadrón, numerados del uno al doce, a la zona correspondiente a un reloj con las doce en punto situadas en su nave capital atacar deben.

 

El capitán, fascinado por la complejidad de la orden, la retransmitió punto por punto a los escuadrones, eliminando los hipérbatos para facilitad la comprensión. A los pocos segundos, cientos de diminutas naves unipersonales atacaban selectivamente a los inhibidores de fase situados alrededor de la flota. Apenas dos minutos después de la orden, la oficial al mando del motor hiperespacial suspiró aliviada y anunció que el índice de interferencia era de un siete por ciento.

 

A bordo del Vulkore, Kortul estaba visiblemente enfadado. Conocía la gran capacidad táctica de su rival, pero no se esperaba una respuesta tan inmediata.

 

-Concentrad el fuego en loss acorazadoss –ordenó con voz firme-. Apuntad a loss motoress. Que no esscape ninguno. Cada acorazado vale máss que todass las demáss navess juntass.

 

Las partículas ionizadas de los cañones de plasma surcaron el vacío del espacio en dirección a los propulsores de las tres gigantescas naves republicanas. El Libertad y el Igualdad encajaron los golpes gracias a los poderosos escudos que continuaban activos a pesar del intenso fuego que habían recibido. El Fraternidad, sin embargo, no tuvo tanta suerte. A los pocos impactos, la barrera del acorazado finalmente se quebró, exponiendo su casco a la interminable lluvia de disparos que se concentró de pronto sobre él. Se sucedieron diversas explosiones a lo largo de la superestructura, seguidas de un gran estallido en la popa, junto a los motores de babor.

 

Una voz metálica sonó por los altavoces del Libertad. Era el capitán del Fraternidad A pesar de las interferencias, se notaba un claro tono de alarma en su voz. “Aquí el Fraternidad, estamos sufriendo serios daños en la estructura. Los propulsores sub-luz están inutilizados, pero tenemos inercia suficiente para salir de aquí. Solicitamos inmediatamente una recarga de escudos para evitar daños mayores”

 

-Capitán, nuestras naves de apoyo destruidas han sido –contestó Yoda, con pesar en su voz-. Recargas de escudos proporcionarle no podemos. Aguantar debéis.

 

-Índice de interferencia en cinco por ciento, general –anunció la oficial, que no despegaba la vista de la pantalla del contador-.

 

Yoda miraba pensativo a través del ventanal como sus fragatas, ya desprovistas de escudos, caían una tras otra bajo los láseres y los torpedos de protones imperiales.

 

-Mm.. arriesgado es, pero otra opción no tenemos. Ordenen a todas las naves que salten ya al sector T-37 epsilon.

 

-Pero general, con un cinco por ciento no es seguro entrar en el hiperespacio –objetó el capitán de la Libertad-. Algunas naves puede que no salgan jamás de él. O que impacten contra cuerpos hiperespa…

 

-¡Capitán, de la orden! –gritó Yoda, con un temperamento inusual en el apacible maestro- Los riesgos conozco, pero otra opción no tenemos. Si más tiempo permanecemos aquí, todos moriremos.

 

El capitán, asustado, retransmitió la orden por el canal de comunicación general. Al cabo de un minuto, las naves más ligeras comenzaron a brillar y desaparecer, dejando una nube azulada en su lugar. Los cruceros, más pesados que las fragatas convencionales, tardaron varios segundos más en comenzar sus saltos. Prosiguieron los bombarderos, y después los portanaves. Tan solo restaban los acorazados por saltar.

 

-Cálculos al ochenta por ciento, general –informó un oficial de la Libertad-. Saltaremos en treinta segundos.

 

Un destello azulado confirmó a los presentes que el Igualdad había saltado con éxito al hiperespacio. Tan solo restaban dos.

 

La voz metálica cortó el silencio que la tensión del momento había provocado. El tono de alarma se había acentuado todavía más. “Aquí el Fraternidad, tenemos drones de guerra electrónica acoplados al casco. Están interfiriendo en los cálculos. Tardaremos aún dos minutos…”

 

La voz se cortó repentinamente. Al mismo tiempo, un relámpago blanco penetró en el puente de mando. El maestro Yoda se asomó a los ventanales de estribor y comprobó con horror que la popa del Fraternidad había desaparecido. En su lugar había un amasijo de metal fundido y miles de fragmentos flotando ingrávidamente a su alrededor.

 

La voz volvió a resonar por los altavoces. El tono de alarma había sido sustituido por el de desesperación. “Aquí el Fraternidad, hemos perdido el propulsor hiperespacial. El reactor principal está dañado y se está desestabilizando”

 

-¡Ca… cálculos finalizados, general! –anunció el oficial, aturdido por el mensaje del Fraternidad. Su hermano servía en ella-.

 

-Iniciad el salto –ordenó Yoda, secamente-.

 

-¡Pero general!, no podemos abandonarles a su suerte –saltó el capitán, que también estaba alterado por la noticia-.

 

-¡Saltad! ¡Una orden es! ¡Dos acorazados hoy no perderé!

 

-A sus órdenes… general.

 

Un instante después, el Libertad desaparecía en un destello azulado. El general Kortul, desde la Vulkore, miraba con gozo el maltrecho y solitario acorazado abandonado a su suerte. Había ganado la batalla, y era hora de cobrar su recompensa.

 

-General, hemos recibido una retransmisión de la nave enemiga anunciando su capitulación –anunció un oficial de la nave capital imperial-. ¿Cuáles son las órdenes?

 

-Destrúyanla. Los vasari no hacemos prisioneros.

 

-A sus órdenes, general.

 

El gigantesco acorazado fue desintegrado en apenas un minuto. El fuego concentrado de toda la flota imperial sobre el maltrecho casco de la nave la redujo a escombros. Varios disparos impactaron contra el reactor principal, provocando una violenta explosión que esparció los fragmentos del  Fraternidad en varios kilómetros a la redonda. Las cápsulas de evacuación que habían logrado escapar del ataque fueron perseguidas y destruidas una por una por los cazas imperiales. Aquella batalla, que posteriormente sería conocida como el Conflicto Alfa, se saldó con la pérdida de ciento noventa naves de línea republicanas y treinta imperiales, además de los incontables cazas y cazabombarderos destruidos. Casi setenta mil militares republicanos perdieron la vida en lo que se consideró como el inicio del mayor conflicto de la historia del universo conocido.