Capítulo X: Huracán de recuerdos (Parte II)

ACLARACIÓN

Debido al poco éxito que ha tenido este blog, he decidido suspender hasta nuevo aviso la publicación de Memorias de Hyrule. Sin embargo, debido a que ya tenía escritos los dos capítulos restantes del arco “Vientos de recuerdo” he decidido publicarlos para que el lector no se quede con las ganas de saber que pasa. Aclarar que estos dos capítulos vendrían seguidos y estarían colocados varios capítulos después del 26, cuando la trama principal (la guerra entre el Imperio y la República) estuviese algo más avanzada. Esto se puede apreciar sobre todo en el capítulo X+1.

Disculpen las molestias.

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A las nueve y media, la operación comenzó. Pete, equipado con unos guantes de cuero negros, salió de su habitación con el tomo escondido bajo su túnica y se dirigió al despacho. Cuando llegó, miro a su alrededor para comprobar que estaba solo. Había permanecido tantas veces allí delante, observando, que estaba totalmente seguro de que no se equivocaba, pero aun así leyó una vez más el letrero que colgaba de la puerta.

“Despacho de Gotoh”

Pete introdujo la llave en la cerradura y la giró. La puerta se abrió con suavidad. El hechicero sonrió. Max había hecho su trabajo a la perfección. Ahora le tocaba a él. Cerró la puerta con llave tras de sí y se dirigió al enorme escritorio que presidía la estancia. Dejó el libro de la forma más casual que pudo, de forma que se viese claramente pero que no desentonase con el resto del lugar. Decidió coger un par de tomos de una librería para ponerlos junto al suyo, teniendo cuidado de no tirar ninguno de los trofeos plateados que llenaban las estanterías.

De repente, escuchó pasos.

Pete se quedó inmóvil. Sabía que no tenía nada que temer, pues la puerta del despacho estaba cerrada, pero el miedo se apoderó de él igualmente. Los pasos se acercaban cada vez más. “Pasad de largo. Pasad de largo.” pensaba Pete mientras procuraba no hacer ningún ruido. Los pasos se detuvieron delante de la puerta.

Escuchó el sonido de la cerradura al abrirse.

Pete reaccionó rápido. Se agachó y se escondió tras el escritorio. Alguien entró en el despacho. Estaba hablando. Reconoció la voz. Era Henry. Una voz más débil le contestó. No podía ser.

Pete se levantó. Al lado de Henry estaba Aura, con sus enormes ojos color almendra mirando al infinito. Henry le estaba tocando los pechos mientras la miraba lascivamente.

Todo sucedió muy rápido. Henry vio un movimiento por el rabillo del ojo y reaccionó instintivamente. Se apartó de Aura y se llevó la mano a la cintura, dispuesto a sacar su varita. Pete estaba petrificado. No era capaz de mover el brazo para desenfundar la suya. Miraba impotente como Henry le apuntaba y pronunciaba una oscura maldición. Conocía aquel hechizo. Sabía que iba a morir.

-¡Pete!

El grito de Aura lo sacó de su sueño mortal. La varita de Henry comenzó a centellear con un frío brillo esmeralda. Pete levantó la mano de forma instintiva y canalizó todo su odio, su ira y sus ansias de venganza en el hechizo más horrible que conocía.

MIN HAGA!

Una esquirla plateada surgió de la mano del hechicero y se dirigió a toda velocidad hacia Henry. La inercia del impacto lo tumbó justo en el momento en el que él lanzaba su hechizo, el cual, desviado, chocó contra una librería. Los trofeos y los pesados volúmenes cayeron formando un gran estruendo. Aura, asustada por lo que acababa de presenciar y ya totalmente libre del hechizo de control mental, abrió la puerta del despacho y escapó. Pete, jadeante por el esfuerzo que acababa de realizar, intentó ir tras ella. Cuando se acercó a la puerta,  notó que sus zapatos estaban húmedos.

El suelo estaba lleno de sangre.

Pete se acercó a Henry. El fragmento de plata que había generado estaba atravesado en la garganta del hechicero. El impacto le había seccionado la carótida y la yugular, por lo que su cuerpo estaba inundado de líquido carmesí.

-¡Mierda, joder, mierda! -gritó Pete, totalmente desesperado-. Tengo que salir de aquí.

Pete huyó del despacho. Sus zapatos iban dejando huellas sangrientas allá donde pisaba. Tras avanzar un par de pasos, vio algo que lo dejó helado.

Una chica lo miraba fijamente. Pete la conocía. Iba a la misma clase de Rúnica que él. La estudiante, al ver las manchas de sangre, salió corriendo. “Esto va mal, esa chica me ha reconocido. Tengo que salir de aquí antes de que me pillen”, pensaba Pete mientras corría por los pasillos, jadeante por el esfuerzo.  Bajó rápidamente hasta los jardines y se escondió en el cobertizo. Tan pronto como cerró la puerta, se derrumbó y rompió a llorar. Lo había echado todo a perder. Acababa de matar a un hombre, y no a uno cualquiera, sino al hijo de uno de los profesores más influyentes de Khaiden. Si lo pillaban, iría directamente a la cárcel. Y probablemente no saldría de ella jamás. Tenía que poner en marcha el plan alternativo.

Cogió un cuchillo de una estantería y se cortó el cuello.

Tan pronto como notó la sangre brotar a borbotones de la carótida seccionada, pronunció un hechizo que había practicado durante los últimos días. Su sangre se volvió mucho más viscosa, lo que detuvo en parte la hemorragia. Ayudándose de un espejo, Pete logró arrancarse el chip localizador antes de perder demasiada sangre. Por suerte, había hecho la incisión en el sitio correcto. Con su último aliento, pronunció un hechizo de cauterización para detener la hemorragia. Luego se desmayó.

-¡Pete! ¡Joder Pete, despierta!

El hechicero abrió los ojos. Max lo miraba con cara de profunda preocupación. Había un fuerte olor a sangre en el ambiente.

-Pete, ¿qué ha pasado? ¿Ha salido algo mal?

-No hay tiempo para explicaciones, Max. Debo de salir de aquí. Aura te contará lo que ocurrió. Estaba allí.

Max abrió los ojos, sorprendido.

-¿Qué dices? ¿Qué coño ha pasado?

-No hay tiempo para explicártelo, joder. Lánzame un hechizo de curación.

Max obedeció. Al poco rato, Pete estaba ya de pie. Cogió una bolsa que había escondido previamente dentro de una caja de herramientas y la abrió. Había un frasco con un líquido azulado.

-Este es mi pasaporte a la libertad, Max. Debo escapar de Arcadia, de la República. He asesinado a Henry. Los aurores me perseguirán hasta que me capturen, y son los mejores en eso. Debo huir, Max. Cuida de Aura. Dile que estoy bien, en un lugar seguro. Que guardo su granate como un tesoro, y que siempre la voy a querer. Cuida de ella, Max. Vete antes de que te involucre en esto.

-Pero…

-¡Vete, joder!

Max lo miró a los ojos y empezó a llorar. Pete no pudo evitar sorprenderse. Era la primera vez que veía sus lágrimas. Max se las enjuagó rápidamente  y abrió la puerta del cobertizo.

-Lo haré, Pete. Prometo que la cuidaré.

Luego se marchó sin mirar atrás.

Aquel fatídico día Pete desapareció para siempre. Quién salió minutos después del cobertizo no era sino aquel que había cometido un pecado mortal. El primer hombre al que matas queda marcado en lo más hondo de tu mente, como una mancha que jamás podrás borrar. Aún tengo pesadillas con aquel día. Ya he asumido que tendré que vivir para siempre con esa carga. Aquel hechizo marcaría lo que soy ahora. Un asesino.

-¡Señor! Ya hemos llegado.

El hombre cerró con cuidado su voluminoso diario de hojas gastadas, lo guardó en un maletín que apoyó cuidadosamente en el suelo y salió del transbordador. Frente a él, y entre las ruinas de una Arcadia en llamas, se erigía una enorme torre que había resistido a los intensos bombardeos de la zona.

-La batalla está prácticamente terminada. Khaiden es nuestra, señor.

El hombre se acercó a la torre. Todo le resultaba familiar. Inconscientemente, se llevó la mano al granate incrustado en la diadema de su frente. No sabía si la encontraría allí, pero tenía que intentarlo. Le había hecho una promesa que no había podido cumplir. Le debía una disculpa. Y una despedida

-Soldado-dijo el hombre, sonriendo, sin apartar la vista de la torre-. Informe al cuartel general de este sector de que he llegado. No hace falta que me traigan escolta, entraré sólo. Tengo una cuenta pendiente ahí dentro.

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