Capítulo 26: Huracán de recuerdos (Parte I)

Los días posteriores a nuestra ruptura fueron como vivir en el infierno. Mi corazón ardía con ira. La impotencia crecía, el odio me dominaba. Una palabra se grabó en mi mente: venganza.

 -Recordad… alumnos, que el odio saca lo peor que hay en nosotros. Alejaos de la nigromancia… y de todo lo relacionado. Sólo os llevará al dolor y al sufrimiento. Estudiamos las Artes Impías… para aprender a combatirlas. Para entender por qué no se deben usar. Sólo la magia pura os llevará… por el camino de la verdad.

La campana señaló el fin de la clase. Pete salió de su ensimismamiento. Los exámenes finales estaban cerca y él no era capaz de concentrarse ni siquiera en su clase favorita. Aunque Athos tendía a dar discursos muy filosóficos y pausados, tenía una extraordinaria habilidad para transmitir sus conocimientos. De hecho, Artes Impías era una de las asignaturas más solicitadas de Khaiden.

Pete se dirigió a su habitación, sólo. Hacía ya una semana de la ruptura con Aura, y aunque delante de ella y de sus amigos aparentaba normalidad, por dentro estaba destrozado. Pasaba las tardes en su habitación intentando estudiar, pues sabía que en su estado necesitaría al menos el triple de esfuerzo para sacar las asignaturas adelante. “Me espera otra tarde de Rúnica…” pensaba con exasperación mientras torcía la esquina del pasillo. Se topó de bruces con una túnica azul, donde estampó su nariz sin poder evitarlo. Dio un paso hacia atrás y levantó la vista, a la vez que abría la boca para disculparse. La cerró al momento.

-Henry… -susurró entre dientes,  mientras miraba fijamente a los ojos al hechicero.

-Hombre, si es el tío que temblaba más que su flan -respondió Herny, devolviéndole la mirada con desprecio.- Mira por dónde vas, capullo.

-¿Capullo? -respondió Pete, mirando hacia los lados para confirmar que estaban solos en el pasillo-. ¿Yo capullo? Eso lo serás tú, gilipollas.

Henry dio un paso hacia delante y se encaró con el hechicero. Su mirada era realmente intimidante, pero Pete no se echó atrás.

-Juró que pagarás por lo que le hiciste a Aura, aunque me vaya la vida en ello -añadió sin pestañear ni una vez.

Henry dio un paso atrás y se echo a reír sonoramente. Acababa de entender la situación.

-Vaya, vaya, el caballero sale en defensa de su princesa. Me traen sin cuidado tus amenazas. No eres el primero que intenta vengarse, ¿sabes? Me he beneficiado de muchas otras antes que a tu amiguita. Algunas tenían novio. Y aquí estoy. Pero no estés celoso, señor flan, que Aura ha destacado sobre las demás. Es difícil resistirse ante esos pechos tan perfectos. No me importaría volver a follármela. De hecho igual…

Henry no pudo terminar la frase, pues tuvo que esquivar el puñetazo de Pete que amenazaba con partirle la nariz. Aprovechó el impulso de su movimiento para ponerse a un lado de Pete y le barrió las dos piernas con la suya, ayudándose de un tirón con los brazos. El hechicero perdió el equilibrio y cayó de espaldas, circunstancia que aprovechó Henry para pisarle la garganta. Pete intentó librarse de la estrangulación, pero la presión era demasiado grande.

-¿Sabes que es lo mejor de anular la voluntad? Poder follarme a gusto a quién quiera sin tener que aguantar sus gritos y sus llantos. Y aún así la muy zorra de Aura se resistió cuando se la metí bien dentro, me hizo un puto arañazo. Supongo que el dolor de ser desvirgada atenúo el efecto del hechizo. La próxima vez que me la folle usaré una maldición más potente…

La vista de Pete se nubló debido a la ira y al corte del riego sanguíneo. Pocos segundos después, se desmayó. Cuando se despertó se encontraba acostado en una cama, rodeado de sus amigos. Max y Aura parecían realmente preocupados. Diana leía un libro sentada en un butacón.

-¿Donde estoy? -preguntó algo confuso-.

-En la enfermería -contestó Max, aliviado por ver a su amigo despertar-. Te encontraron desmayado en los pasillos. Ya te advertí que no desayunar podía provocarte bajones de azúcar.

-No fue un bajón de azúcar. Fue… -Pete se calló al ver el rostro preocupado de Aura. Decidió que no era buena idea contar la verdad-. Últimamente ando con dolor de cabeza. No pensé que fuese a llegar a tanto.

Durante el tiempo que permaneció en la enfermería hasta que le dieron el alta, Pete tuvo tiempo para pensar. Debía de detener a Henry antes de que siguiese violando a más mujeres, pero de nada servirían las acusaciones sin pruebas. Si quería hacer justicia debía de encontrarlas. “Voy a dedicar cada minuto de mi vida a reunir información de él hasta que pueda acusarlo ante Athos” se juró mientras acariciaba el granate de Aura, que llevaba siempre consigo.

Pete cumplió su juramento. Durante las siguientes días se convirtió en su sombra, averiguando sus rutinas y siguiéndole a todas partes, armado siempre con una cámara fotográfica para pillarlo in fraganti cuando decidiese cometer su siguiente barbarie. Pero el fin del curso se acercaba y Henry no había vuelto a violar a ninguna mujer. Pete sabía que era el último año del hechicero antes de comenzar las prácticas en el extranjero, por lo que la oportunidad de detenerlo se escapaba entre sus dedos. Comenzó a desesperarse. No podía dejar escapar a ese criminal. No sin hacérselo pagar. Necesitaba la ayuda de alguien, y sólo había una persona en quien podía confiar.

Pete llamó a la puerta de su habitación.

-Anda, hola Pete. ¿Y tú por aquí? -preguntó Max, desde el otro lado de la puerta.

-Necesito hablar contigo. Es muy importante.

-Bueno, estás de suerte. Me pillas en mi hora de descanso. Pasa.

Max le indicó la mesa auxiliar que utilizaba para apilar sus libros de uso cotidiano. La pila tenía por lo menos dos pies de alto. Pete la apartó mientras Max buscaba un par de taburetes.

Pete le contó todo lo relacionado con Aura y Henry. Según avanzaba la historia, el rostro de Max fue palideciendo. Cuando la narración terminó, se hizo el silencio durante varios minutos. Pete esperó pacientemente a que su amigo asimilase lo que le acababa de contar.

-Ni que decir tiene que no le puedes decir a nadie que te he contado esto-dijo finalmente Pete, cuando creyó que había pasado tiempo suficiente-. Llevo siguiendo a Henry desde hace varias semanas para reunir pruebas, pero no ha vuelto a violar a nadie. A este paso se marchará de Khaiden sin pagar por lo que hizo.

-Si se ha dado cuenta de que le sigues no volverá a hacerlo -comentó Max, con voz temblorosa-. Tienes que buscar otro método.

-A eso he venido. Tú eres el inteligente del grupo. Necesito que se te ocurra algo para que lo detengan. Mira, te he traído una lista detallada con todas las rutinas de Henry.

Pete le entregó una libreta garabateada a Max. Estaba llena de esquemas y anotaciones escritas con gran esmero. El hechicero las había pasado varias veces a limpio pensando que así se le ocurrirían ideas.

-Las revisaré esta noche -prometió Max mientras dejaba la libreta encima de su escritorio-. Pásate mañana por aquí a esta hora y hablaremos.

Max no apareció en el comedor para cenar esa noche. El hechicero estuvo hasta altas horas de la madrugada revisando una y otra vez las anotaciones de la libreta. Al día siguiente, Pete se presentó puntualmente en la habitación de su amigo. Max le abrió la puerta con una sonrisa en la cara que contastaba con sus grandes ojeras.

-¡Lo tengo!

-¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó Pete impacientemente mientras se sentaba en el taburete de la mesa auxiliar.

Max extendió un papel sobre la mesa. Era un boceto muy simple de lo que parecía un estudio.

-Este es el despacho del padre de Henry, donde él comete las violaciones. Supongo que porque está en una zona aislada y hay menos probabilidades de que le pillen. Según las anotaciones de tu libreta, Henry suele estudiar allí por las tardes hasta más o menos las ocho y media, que se va a cenar. La cuestión es… su padre se pasa el día en el laboratorio y sólo utiliza el despacho los viernes por la mañana, cuando se reúne con Athos, ¿verdad?

-Así es -respondió Pete, haciendo memoria-. Suelen ir los dos a tomar el café allí. O al menos siempre que los he observado van con una cafetera humeante.

-Eso leí yo también. La cuestión es, ¿entran ambos a la vez en el despacho?

-Exacto. Van a coger la cafetera al comedor y luego se acercan al despacho. ¿Por qué preguntas eso? Es el único día de la semana que es imposible que viole a una chica.

-Es cierto, pero es que no vamos a intentar pillarle in fraganti -respondió Max, sonriendo-. Mi plan es el siguiente. Nos hacemos con la llave del despacho y dejamos el jueves por la noche algo tremendamente ilegal. Un artilugio nigromántico o algo así. Cuando Athos y el padre de Henry lleguen el viernes por la mañana, se lo encontrarán. Athos está totalmente en contra de las artes impías, así que le exigirá explicaciones y él tendrá que confesar que es de Henry si quiere salvar su pellejo. Puede que no lo acusen de violación, pero la práctica de nigromancia es un delito muy grave también. Irá a la cárcel casi seguro.

-Parece un plan muy complejo -comentó Pete tras sopesarlo-. ¿Cómo pretendes que nos hagamos con la llave del despacho? Ni siquiera los bedeles tienen copia.

-Exacto. Sólo existen dos copias de esa llave, y Henry tiene una. Según la libreta, el martes y el jueves por la mañana suele ir a la piscina durante una hora. Cogeremos la llave de su taquilla y haremos una copia en alguna ferretería de Arcadia. De eso ya me encargo yo, no te preocupes. Domino las runas de manipulación bastante bien. No puedo abrir la puerta del despacho, pero puedo forzar la taquilla sin que se note. Tú encárgate del artilugio nigromántico. El mercado negro del distrito treinta y tres está lleno de ellos. Pregunta en El Alambique Inquieto por Natham, y él te guiará.

-¿Sabes forzar cerraduras y conoces el mercado negro? -preguntó sorprendido Pete ante la revelación de su amigo-. ¿Quién coño eres tú y que has hecho con mi amigo?

Max se rió sonoramente. Había disfrutado con la mueca de sorpresa que había puesto su amigo.

-Athos lo dice bien claro. Sólo estudiando las artes impías podemos combatirlas. He tenido que adquirir ciertos… artículos para ello. Pero no son nada radical. Necesitarás algo muy gordo para provocar la ira del archisabio.

-Descuida -comentó Pete con una sonrisa, mientras se levantaba del taburete-. Voy a encontrar una mierda tan oscura que no la reconocerían ni en la torre negra.

Al día siguiente, Pete se dirigió al distrito treinta y tres. Externo al Muro, este barrio se caracterizaba por ser de los más peligrosos de Arcadia. El hecho de llevar una bolsa llena de sacres bajo su túnica azul brillante no le tranquilizaba en absoluto, por lo que avanzaba a paso ligero sin mirar a nadie a los ojos. Suspiró aliviado cuando alcanzó la puerta de la tienda. El Alambique Inquieto no era más que un cuchitril escondido en uno de los callejones del distrito. Pete abrió la desvencijada puerta y entró en la estancia. La apariencia interna de la tienda estaba acorde a su localización. En las estanterías se acumulaban cientos de frascos de pociones llenos de polvo que daban a entender que la clientela no era algo habitual en el Alambique Inquieto. En el mostrador, un gnomo más viejo que la tienda, con barba blanca de chivo y gafas de media luna leía un libro sin portada sentado en un butacón de piel que había visto tiempos mejores.

Pete se acercó al mostrador. El dependiente levantó la vista de su libro.

-Está cerrado -dijo con voz áspera, para luego retornar a su lectura-.

-Ehm… ¿está Natham? -preguntó el hechicero, con voz insegura-.

El dependiente levantó de nuevo la vista hacia el visitante. Se levantó de la butaca y se subió a una escalerilla estratégicamente situada para poder tratar con sus clientes desde una altura equiparable. Lo observó de pies a cabeza, para luego mirarlo fijamente a los ojos.

-Depende de quién pregunte -respondió con voz seca-.

-Quiero comprar algo… ilegal -añadió Pete, sin saber muy bien que decir-.

El gnomo se rió con una sonora carcajada.

-Esto es una tienda de pociones. Nosotros no vendemos cosas ilegales. Además, está cerrada. Vuelve a tu cuna y no te metas en asuntos de mayores.

Pete no estaba dispuesto a rendirse. Antes de que el gnomo pudiese volver a bajar de la escalerilla, sacó la bolsa de sacres y la puso encima del mostrador. El saco se abrió, mostrando las brillantes monedas de la República.

-Me da igual si me atiende Natham o su abuela, no me pienso ir de aquí hasta que no me muestren el género -dijo Pete, intentando parecer lo más amenazador posible-. Tengo dinero y, que yo sepa, el dinero no entiende de edades.

El gnomo frunció el ceño y soltó un pequeño gruñido. Le echó un breve vistazo a la bolsa y dudó unos instantes. Finalmente, bajó de su escalerilla y abrió la puerta del mostrador.

-Ven conmigo.

Pete recogió su bolsa de sacres y la volvió a guardar dentro de su túnica. Acompaño al gnomo hasta la trastienda. Estaba mucho más ordenada y limpia que la anterior estancia,  lo que daba a entender que los verdaderos negocios de El Alambique Inquieto se trataban allí. En el centro había una discreta mesa de madera iluminada por una lámpara de techo. El dependiente lo invitó a sentarse en un butacón reluciente de cuero, tras lo cual él hizo lo mismo al otro lado de la mesa.

-Quienes me conocen como Natham son bienvenidos en este lugar -se presentó el gnomo, con una media sonrisa en su rostro-. Bienvenido a El Alambique Inquieto, el local de estraperlo más importante del distrito treinta y tres. ¿Qué estas buscando?

Pete sonrió. Había llegado al lugar adecuado.

-No busco nada en concreto. Necesito meter en un lío a alguien. Un lío muy gordo. Necesito algo tremendamente ilegal, que le cueste mínimo la cárcel.

-Has venido al lugar adecuado, niño. Precisamente nos ha llegado hace poco un buen cargamento de fisstech. Creo que con un par de gramos…

-No, no busco drogas -le cortó Pete, algo asqueado-. Verás… él es estudiante de Khaiden, como yo. Busco algo relacionado con la nigromancia. Un artefacto mágico o algo así.

-Mmm… creo que tengo algo adecuado para esa empresa. Espera un momento aquí.

El gnomo se levantó de su butacón y salió por una puerta lateral de la trastienda. Pete comenzó a ponerse nervioso. Le inundaron pensamientos negativos. “¿Y si no se fía de mí y me manda a un par de matones? O lo que es peor, ¿y si me denuncia ante el Consejo?”.

Estaba a punto de levantarse y escapar cuando el gnomo volvió por donde se había ido. Llevaba en las manos un libro algo desgastado.

-Esto es justo lo que necesitas. Un libro de conjuración. Quizás seas demasiado joven para saberlo, pero hace unos treinta años un alumno de Khaiden convocó un dracoliche por error mientras leía uno de estos. El monstruo asesinó a trece alumnos antes de que los profesores pudiesen darle caza. Desde aquellas, Athos prohibió expresamente la posesión de estos libros, incluso entre los propios profesores. Los tomos que había en las bibliotecas de todas las torres de hechicería fueron quemados. Sólo unos pocos se salvaron. Uno de ellos es este. Créeme que, sea a quién sea, si cogen a alguien con uno de estos está prácticamente acabado.

-¡Es justo lo que necesitaba! -exclamó Pete, visiblemente alegrado-. Me lo llevo. ¿Cuánto vale?

-Todo lo que llevas en esa bolsa -respondió Natham, con una sonrisa ladina-. Y de regalo te llevas un consejo. ¿Trato?

Pete dudó unos instantes. En esa bolsa estaban prácticamente todos los ahorros de sus últimos años.

-Está bien, me lo llevo -respondió finalmente, sacando nuevamente de su túnica la bolsa de sacres-.

-Perfecto. Ha sido un placer. -dijo el gnomo, cogiendo el dinero y dándole el tomo de conjuración-. Y aquí mi consejo. Planifica un plan alternativo antes de hacer nada. Nunca sabes qué puede salir mal. Lo digo porque si tienes que huir, es mejor que sepas como quitarte… esa cosa. Ya sabes.

Natham se señaló el cuello. Pete entendió al instante. El chip localizador. Ya había pensado en eso.

-Gracias por el consejo. Hasta luego.

Pete salió de la tienda, no sin antes esconder bien el tomo bajo la túnica. El camino de vuelta fue similar, sólo que ahora estaba el doble de nervioso. El dinero como máximo se lo podían robar. Si lo pillaban con ese libro sería su fin. Por suerte, nadie reparó en él.

Los días pasaron lentamente, pero al fin llegó el jueves. Pete y Max están reunidos en la habitación de este último, ultimando los detalles del plan.

-Aquí tienes la llave del despacho -dijo Max-. No tuve problemas en conseguirla. Esta noche deja el tomo de conjuración. No debería ser difícil. Procura no dejar huellas, ¿vale?

-Descuida -respondió Pete con seguridad-. Llevo dándole vueltas a esto mucho tiempo, lo haré a la perfección. Pero por si algo fallase… quiero que vayas al cobertizo de los jardines a las diez en punto. Si no estoy allí es que todo ha salido a la perfección.

-Está bien. Mucha suerte, amigo. Hagámosle pagar caro a ese canalla.

-¡Por Aura! -exclamó Pete, levantándose-. Hoy será vengada.

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