Capítulo 22: Apertura

El general Kortul, líder de la Primera Flota de Imperio, miraba con ansia la pantalla del radar, observando como una infinidad de puntos rojos se acercaban más y más hacia su posición. Esa impresión era errónea, pues eran sus naves en realidad las que avanzaban hacia los republicanos a toda máquina. Kortul tenía órdenes de eliminar la totalidad de la flota del Maestro Yoda en un ataque relámpago envolvente, aprovechando la presencia del planeta para evitar su huida. Sin embargo, el número de puntos que mostraba el radar indicaba que una escaramuza rápida no sería posible. Los informes de los Halcones auguraban la presencia de doscientas astronaves, pero había más del doble de luces parpadeantes en la pantalla de cristal líquido.

 

-Flota enemiga a rango de nuestros misiles dentro de tres minutos –avisó uno de los controladores del puente de mando del Vulkore, la nave capital de la Primera Flota-. Estarán dentro del alcance de nuestros turboláseres en quince minutos.

 

-Todoss los esscudos al frente –ordenó Kortul, con su característico acento serpentino- En cuanto esstemos a tiro dessviad toda la energía de los motoress a los esscudos. Dejemos que la inercia noss lleve hacia elloss.

 

Como miembro de la raza vasari, el general Kortul tenía un aspecto reptiliano, con piel escamosa y piernas insectoides. Corría por sus venas la sangre de un pueblo marcial versado en mil batallas a lo largo y ancho de su galaxia. Kortul llevaba el arte de la guerra en sus genes y lo había demostrado comandando la flota más veterana del Imperio. Tenía muy claras sus estrategias en todo momento y contaba con ganar esta batalla con el menor número de bajas posibles.

 

-Flota en rango en diez segundos. Nueve, ocho…

 

-Preparad una salva de missiles de fasse. Lanzadloss en cuanto esstén a tiro. Los objetivoss prioritarioss son las navess de apoyo táctico y reparación.

 

Los misiles de fase eran artilugios de tecnología vasari que generaban campos de fase al estallar contra los escudos enemigos, los cuales provocaban fluctuaciones espacio-temporales que los desactivaban. Kortul sabía que una salva de misiles explosivos convencionales sería inútil contra los escudos intactos de la flota republicana, por lo que las armas de fase eran la mejor apertura para la batalla. Sin naves de apoyo táctico, la flota republicana se vería en graves problemas para organizar una defensa efectiva. Era un buen plan, y el general vasari lo sabía.

 

-¡Fuego! –ordenó Kortul cuando la cuenta regresiva alcanzó el cero, extendiendo su escamoso brazo para enfatizar la orden-.

 

Los ocho acorazados que conformaban la Primera Flota, entre los que se encontraba el Vulkore, y casi cien fragatas de largo alcance armadas exclusivamente con baterías de misiles dispararon sus proyectiles de fase contra la desprevenida flota republicana. Las fragatas de la Cuarta Flota reaccionaron rápido y descargaron un aluvión de proyectiles con sus impulsores de masa contra los misiles entrantes, lo que destruyó una parte de ellos en vuelo. El resto lograron impactar contra numerosas astronaves, desactivando sus escudos.

 

-Dissparad salvass de missiles penetrantess a los missmos objetivoss.

 

Entonces se hizo el infierno. Varias decenas de naves republicanas estallaron en violentas explosiones a lo largo de la formación. Las naves restantes respondieron al ataque con una salva de misiles que impactó dócilmente contra los poderosos escudos de los buques imperiales, causando tan sólo unas pocas bajas.

 

-Flota a rango de nuestros turboláseres y cañones de plasma, general.

 

-¡Fuego con todasss las baterías! –ordenó Kortul-. Y enviad a los cazasss y cazabombarderosss. Loss objetivos prioritarioss son los acorazadoss.

 

Los cañones de ambas flotas aullaron, atrapando en su fuego cruzado a los miles de cazas y cazabombarderos que combatían su propia batalla en el espacio frontera entre ambas flotas. La superioridad numérica de la Primera Flota pronto se hizo notar. Superadas en una proporción de diez a uno, las naves republicanas cayeron rápidamente.

 

El Maestro Yoda observaba con expresión triste como sus fragatas estallaban una tras otra bajo el fuego de los cañones láser.

 

-Capitán –dijo de pronto, tornando la vista al puente de mando-, hacia la flota imperial que todas nuestras naves a máxima potencia aceleren.

 

El capitán del Libertad, visiblemente sorprendido, retransmitió la orden del general a todas las naves de la flota. Iba a preguntar el motivo de la orden cuando Yoda le interrumpió con una pregunta.

 

-¿Para entrar en el hiperespacio a seguir cuál es la primera regla, capitán?

 

-Ehm… las naves deben de encontrarse libres de campos gravitacionales que interfieran en el cálculo dimensional, general. El máximo umbral permitido es de un dos por ciento de interferen… ¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Pretende atravesar su flota y saltar al hiperespacio!

 

Yoda gruñó asertivamente y volvió su vista de nuevo al ventanal. Las naves imperiales cada vez se acercaban más, estrechando el cerco. Había pocas probabilidades de que lograsen escapar. Su aguda vista se fijó en una de las fragatas enemigas. Su casco era inconfundiblemente obra de ingenieros vasari, lo que confirmaba su teoría. “La Primera Flota es”, pensó Yoda, frunciendo el ceño. “Las cosas eso a complicar va”.

 

-Capitán –ordenó de nuevo Yoda-, a todos nuestros cazabombarderos en doce escuadrones agrupe. Que en el centro de la formación mi señal esperen.

 

Tras dar la orden, el general se dirigió a uno de los ordenadores del puente de mando y consultó los archivos de inteligencia republicanos.

 

En el Vulkore, los oficiales observaban confundidos como las naves republicanas se acercaban hacia ellos. Kortul, sin embargo, parecía esperar ese movimiento.

 

-El Maestro Yoda intenta essscapar de nosotrosss con una táctica muy predecible –anunció el general vasari, con una sonrisa-. Que los inhibidores de fasse se sitúen en possición en torno a su flota. El resto de las naves que se preparen para virar ciento ochenta gradoss y disparar a mi señal. Les pillaremos por detráss con loss escudoss bajadoss y no podrán esscapar.

 

En medio del caos de la batalla era imposible apreciar como ciertos navíos imperiales se situaban estratégicamente alrededor de la formación republicana. Estos buques portaban uno de los mayores logros de la tecnología vasari: los inhibidores de fase. Estos enormes dispositivos se conectaban entre sí formando un enorme campo de fase que interfería con los motores hiperespaciales de las naves atrapadas en su interior, impidiéndoles realizar los cálculos necesarios para el salto dimensional.

 

La flota republicana atravesó finalmente el cerco, no sin sufrir un elevado número de bajas. A una orden de Kortul, las naves imperiales rotaron sobre sí mismas y dispararon contra la popa de los navíos en retirada. Con todos los escudos orientados todavía hacia la proa, las indefensas naves estallaron bajo el fuego de los turboláseres y los cañones de plasma.

 

En el Libertad, la tensión podía cortarse con un cuchillo.

 

-General, hemos atravesado el cerco –anunció el capitán-.

 

-¿Recuento de bajas? –preguntó Yoda

 

-Um… según el ordenador hemos perdido casi el sesenta por ciento de las fragatas. Las naves de reparabots, las de restauración de escudos y las de guerra electrónica fueron destruidas en su totalidad durante la primera salva de misiles. Respecto a los acorazados, los escudos del Libertad y del Igualdad han sufrido daños soportables, pero los del Fraternidad están al límite de su capacidad.

 

-Perder un acorazado no debemos –sentenció Yoda-. Todas las naves que para saltar se preparen.

 

-Índice de interferencia en diez por ciento y bajando, general –anunció una oficial desde el otro lado del puente de mando-. Nueve por cien… un momento… ¡general!, ha aumentado hasta el sesenta por ciento de repente. Debe de haberse estropeado el ordenador.

 

-Un fallo no, sino una táctica es, oficial – corrigió Yoda, esbozando una sonrisa. Acto seguido se dirigió a su segundo al mando-. De jugar nuestras cartas hora es, capitán. Atento a la orden. A nuestros doce escuadrones de cazabombarderos que pasen la interfaz de combate a modo escáner de frecuencia ordene. Atacar a todo objetivo que emita a la longitud de onda que he introducido en él deben. Cada escuadrón, numerados del uno al doce, a la zona correspondiente a un reloj con las doce en punto situadas en su nave capital atacar deben.

 

El capitán, fascinado por la complejidad de la orden, la retransmitió punto por punto a los escuadrones, eliminando los hipérbatos para facilitad la comprensión. A los pocos segundos, cientos de diminutas naves unipersonales atacaban selectivamente a los inhibidores de fase situados alrededor de la flota. Apenas dos minutos después de la orden, la oficial al mando del motor hiperespacial suspiró aliviada y anunció que el índice de interferencia era de un siete por ciento.

 

A bordo del Vulkore, Kortul estaba visiblemente enfadado. Conocía la gran capacidad táctica de su rival, pero no se esperaba una respuesta tan inmediata.

 

-Concentrad el fuego en loss acorazadoss –ordenó con voz firme-. Apuntad a loss motoress. Que no esscape ninguno. Cada acorazado vale máss que todass las demáss navess juntass.

 

Las partículas ionizadas de los cañones de plasma surcaron el vacío del espacio en dirección a los propulsores de las tres gigantescas naves republicanas. El Libertad y el Igualdad encajaron los golpes gracias a los poderosos escudos que continuaban activos a pesar del intenso fuego que habían recibido. El Fraternidad, sin embargo, no tuvo tanta suerte. A los pocos impactos, la barrera del acorazado finalmente se quebró, exponiendo su casco a la interminable lluvia de disparos que se concentró de pronto sobre él. Se sucedieron diversas explosiones a lo largo de la superestructura, seguidas de un gran estallido en la popa, junto a los motores de babor.

 

Una voz metálica sonó por los altavoces del Libertad. Era el capitán del Fraternidad A pesar de las interferencias, se notaba un claro tono de alarma en su voz. “Aquí el Fraternidad, estamos sufriendo serios daños en la estructura. Los propulsores sub-luz están inutilizados, pero tenemos inercia suficiente para salir de aquí. Solicitamos inmediatamente una recarga de escudos para evitar daños mayores”

 

-Capitán, nuestras naves de apoyo destruidas han sido –contestó Yoda, con pesar en su voz-. Recargas de escudos proporcionarle no podemos. Aguantar debéis.

 

-Índice de interferencia en cinco por ciento, general –anunció la oficial, que no despegaba la vista de la pantalla del contador-.

 

Yoda miraba pensativo a través del ventanal como sus fragatas, ya desprovistas de escudos, caían una tras otra bajo los láseres y los torpedos de protones imperiales.

 

-Mm.. arriesgado es, pero otra opción no tenemos. Ordenen a todas las naves que salten ya al sector T-37 epsilon.

 

-Pero general, con un cinco por ciento no es seguro entrar en el hiperespacio –objetó el capitán de la Libertad-. Algunas naves puede que no salgan jamás de él. O que impacten contra cuerpos hiperespa…

 

-¡Capitán, de la orden! –gritó Yoda, con un temperamento inusual en el apacible maestro- Los riesgos conozco, pero otra opción no tenemos. Si más tiempo permanecemos aquí, todos moriremos.

 

El capitán, asustado, retransmitió la orden por el canal de comunicación general. Al cabo de un minuto, las naves más ligeras comenzaron a brillar y desaparecer, dejando una nube azulada en su lugar. Los cruceros, más pesados que las fragatas convencionales, tardaron varios segundos más en comenzar sus saltos. Prosiguieron los bombarderos, y después los portanaves. Tan solo restaban los acorazados por saltar.

 

-Cálculos al ochenta por ciento, general –informó un oficial de la Libertad-. Saltaremos en treinta segundos.

 

Un destello azulado confirmó a los presentes que el Igualdad había saltado con éxito al hiperespacio. Tan solo restaban dos.

 

La voz metálica cortó el silencio que la tensión del momento había provocado. El tono de alarma se había acentuado todavía más. “Aquí el Fraternidad, tenemos drones de guerra electrónica acoplados al casco. Están interfiriendo en los cálculos. Tardaremos aún dos minutos…”

 

La voz se cortó repentinamente. Al mismo tiempo, un relámpago blanco penetró en el puente de mando. El maestro Yoda se asomó a los ventanales de estribor y comprobó con horror que la popa del Fraternidad había desaparecido. En su lugar había un amasijo de metal fundido y miles de fragmentos flotando ingrávidamente a su alrededor.

 

La voz volvió a resonar por los altavoces. El tono de alarma había sido sustituido por el de desesperación. “Aquí el Fraternidad, hemos perdido el propulsor hiperespacial. El reactor principal está dañado y se está desestabilizando”

 

-¡Ca… cálculos finalizados, general! –anunció el oficial, aturdido por el mensaje del Fraternidad. Su hermano servía en ella-.

 

-Iniciad el salto –ordenó Yoda, secamente-.

 

-¡Pero general!, no podemos abandonarles a su suerte –saltó el capitán, que también estaba alterado por la noticia-.

 

-¡Saltad! ¡Una orden es! ¡Dos acorazados hoy no perderé!

 

-A sus órdenes… general.

 

Un instante después, el Libertad desaparecía en un destello azulado. El general Kortul, desde la Vulkore, miraba con gozo el maltrecho y solitario acorazado abandonado a su suerte. Había ganado la batalla, y era hora de cobrar su recompensa.

 

-General, hemos recibido una retransmisión de la nave enemiga anunciando su capitulación –anunció un oficial de la nave capital imperial-. ¿Cuáles son las órdenes?

 

-Destrúyanla. Los vasari no hacemos prisioneros.

 

-A sus órdenes, general.

 

El gigantesco acorazado fue desintegrado en apenas un minuto. El fuego concentrado de toda la flota imperial sobre el maltrecho casco de la nave la redujo a escombros. Varios disparos impactaron contra el reactor principal, provocando una violenta explosión que esparció los fragmentos del  Fraternidad en varios kilómetros a la redonda. Las cápsulas de evacuación que habían logrado escapar del ataque fueron perseguidas y destruidas una por una por los cazas imperiales. Aquella batalla, que posteriormente sería conocida como el Conflicto Alfa, se saldó con la pérdida de ciento noventa naves de línea republicanas y treinta imperiales, además de los incontables cazas y cazabombarderos destruidos. Casi setenta mil militares republicanos perdieron la vida en lo que se consideró como el inicio del mayor conflicto de la historia del universo conocido.

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