Capítulo 16: Vientos de recuerdo III

Los días pasaban, y pesaban. Tu actitud hacia mí, ora cariñosa ora distante, me desorientaba, me perdía en un mar de incertidumbre. Pensé decírtelo, preguntártelo, mostrar mis cartas de una vez por todas, declararte mi amor incondicional. Pero cuando lo empezaba a tener claro, todo cambió. 

Después de un duro día de clases, Max, Pete y Diana se encontraban en la habitación de esta última jugando a un extraño juego de cartas que habían comprado en un mercado Arcadia la semana pasada. Las reglas consistían en quitar puntos al rival a base de combinaciones de colores y números primos que se creaban con los naipes. Max se dedicaba a  pensar largo tiempo secuencias complejas de cartas, mientras que Pete prefería jugar por intuición y utilizaba jugadas erráticas e impulsivas que rara vez eran efectivas. Diana, por su lado, permanecía callada y lanzaba sus naipes siempre al mismo ritmo. Les estaba dando una paliza.

-Veintitrés rojo y verde, tengo prioridad sobre tu trío cromático, Diana –dijo Max lanzando dos cartas al tapete.

-¡No tan rápido! –saltó Pete, golpeando la mesa con un naipe-. ¡Enlazo tu siete rojo con mi trece verde! Tu jugada ya no vale, así que la baza me la llevo yo.

Max iba a replicar, pero Diana se le adelantó.

-El siguiente primo de siete es el once, no el trece. Necesitas un once verde, como este –Diana le dio la vuelta a la carta que llevaba un rato sujetando separada de las demás en una mano-. Vuelvo a ganar.

-Arg, ¡siempre igual! –se quejó Pete, tirando sus cartas sobre la mesa-. Nos estas dando una paliza tremenda. Necesitamos refuerzos, ¿donde está Aura?

Diana bajó la mirada y respondió.

-Creo… que se encontraba mal de la barriga y se fue a su habitación a descansar.

-Menuda racha lleva… –suspiró Pete-. Primero la gripe esa tan contagiosa de la semana pasada, después ese trabajo tan largo que le mandaron, y ahora otra vez enferma. ¡Con las coñas llevo ya medio mes sin verla!

-Ya, yo tampoco la he visto desde hace un tiempo –comentó Max, torciendo la boca-. Y me parece bastante extraño, la verdad. ¿No será que nos está evitando?

-¡No digas sandeces! –saltó Diana, sobresaltándolos-. Lo de la gripe no es para bromear, estuvo en cama con bastante fiebre. Y en ese trabajo se jugaba una asignatura, así que es normal que no saliese de la habitación ni para comer.

-Bueno, bueno, tampoco te pongas así –terció Pete-. Venga, sigamos jugando. ¿Quién reparte ahora?

No sería hasta el día siguiente, mientras los tres hechiceros comían su rancho diario, cuando Aura haría acto de presencia. Posó su bandeja en el sitio libre de la mesa y comenzó a comer sin decir palabra.

-¡Anda, si eres tú, Aura! No te había reconocido –dijo Pete, fingiendo sorpresa-. Como debe de hacer siglos que no nos vemos…

-Sí, la verdad es que estos días he estado bastante ausente –respondió la hechicera, esbozando una sonrisa forzada-. Pero a partir de ahora me veréis más a menudo, os lo prometo.

-¡Eso espero! –añadió Max, con una sonrisa sincera-. Te hemos echado bastante de menos, la verdad. Cuando no estás, el ambiente se nota más triste.

La conversación tornó a temas más banales. Aura permaneció callada durante toda la comida, salvo pequeños comentarios que hacía muy de vez en cuando. Pete se dio cuenta del extraño comportamiento de su amiga, así que cuando se despidieron decidió seguirla por los pasillos para hablar con ella. Le costó alcanzarla debido a las rápidas zancadas de la hechicera, pero finalmente logró llegar hasta ella. Le tocó un hombro para llamar su atención. Aura se volvió, dejando a la vista de Pete unas mejillas sonrojadas y unos ojos mojados por las lágrimas.

-Aura.. ¿estás… estás bien? –balbuceó Pete sorprendido, dando inconscientemente un paso hacia atrás.

Aura se dio la vuelta rápidamente y salió corriendo por el pasillo. Pete se quedó petrificado en el sitio, sin saber cómo reaccionar. La campana le sacó de su ensimismamiento. Llegaba tarde a clase.

Tras terminar la dura jornada educativa, Pete fue directo a la habitación de Diana. Ahora estaba seguro de que a Aura le pasaba algo, y si alguien sabía el qué, esa era su mejor amiga. La encontró escribiendo uno de sus grimorios, por lo que esperó pacientemente a que terminase el trabajo, sentado en la cama.

Diana finalmente enrolló el pergamino, lo guardó en el cajón de su escritorio y giró su silla para encararse a su invitado.

-Vienes por Aura, ¿verdad? –le preguntó la hechicera con su característico tono de voz neutro.

Pete no se sorprendió. Sabía que en su cara ahora mismo podía leerse la palabra “Preocupación”. Se dedicó a asentir con la cabeza.

Diana suspiró y comenzó a juguetear nerviosamente con su colgante en forma de luna creciente. Durante un minuto la habitación estuvo totalmente en silencio. Pete estaba expectante, pero sabía que insistir a su amiga para que comenzase a hablar era el peor error que podía cometer en ese momento.

Finalmente, la hechicera levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Pete.

-Sí, es cierto, a Aura le ha pasado algo –dijo Diana, con cierta congoja en su voz-. Algo grave. Pero me ha hecho prometer que no se lo contase absolutamente a nadie. Y no voy a faltar a mi palabra. No te preocupes por ella, Pete, me ha dicho que en unos días volverá a estar como siempre.

-¡Pues claro que me preocupo, Diana! –exclamó el hechicero, indignado-. La quiero muchísimo, y si está pasándolo mal es normal que me preocupe. No entiendo por qué no me lo ha querido contar. Pensaba que confiaba en mí.

-No seas tan egoísta, Pete –replicó Diana, con tono severo-. Lo que le ha pasado no es ninguna broma. Entiendo perfectamente que se lo quiera contar a las menos personas posibles. De todos modos puedes animarla igual con tus tonterías y tus chistes malos. Créeme, lo que más necesita ahora es distraerse.

Pete se quedo pensativo durante un rato, atontado por la revelación. Diana giró su silla y sacó otro pergamino del cajón. Había dado la conversación por terminada. Pete finalmente salió de su ensimismamiento, se despidió de Aura y se marchó a su habitación a descansar.

Aquella noche la pasé en vela. No paraba de darle vueltas al hecho de que Aura no me hubiese contado su problema. Me sentía dolido, traicionado por quién mas quería. No me di cuenta entonces de lo egoísta de mis pensamientos. Lo que le había sucedido no era un problema cualquiera, sino un asunto tremendamente delicado. Por suerte, a los pocos días, tal como había prometido Diana, Aura volvió a ser la de siempre.

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