Capítulo 1: La rebelión

Aún no había amanecido en el lejano planeta de Beaufar, cuando el estruendo de un cuerno orco anunció el comienzo de la jornada laboral a los más de mil trescientos mineros que cada día extraían toneladas de beauxelita de las minas que rodeaban la capital. Este raro pero valioso mineral había sido el principal impulsor económico de esta fría colonia del Través Neutral. Sin embargo, su difícil prospección había llevado al caudillo orco, líder de esta colonia, a reducir los descansos y a anular las breves vacaciones de las que podía disponer un minero, para así poder cumplir los plazos de producción que exigía el Imperio. Combinado con las condiciones casi inhumanas que soportaban y las eventuales explosiones de grisú que en cualquier momento podían causar la muerte de varios desafortunados trabajadores, el descontento general se extendía por todo el proletariado como una olla a presión, cuya espita no era capaz de desalojar el vapor sobrante. Cuando el caudillo anunció una reducción en la paga semanal debido al bajo índice de producción que estaban obteniendo, se produjo lo que irremediablemente ocurría en todos los ámbitos laborales abusivos. Los mineros se levantaron contra los orcos.

Comenzó como un acto aislado, unos pocos mineros que habían aprovechado la dinamita utilizada en la prospección para explosionar uno de los bloques de viviendas orcas. Pero como si de una reacción en cadena se tratase, se fueron sucediendo más y más explosiones y ataques durante el resto del día. Al caer el alba, los mineros, que superaban ampliamente en número a los guardias orcos, se habían hecho con el control del polvorín y comenzaban a colocar cargas explosivas en la puerta de la muralla de la ciudad. También habían tomado el portal, que habían cerrado temporalmente para evitar la llegada de refuerzos. La caída de la capital estaba cerca.

Thurk’hal se había alistado en la Mano Negra en cuanto pudo sostener un arma. Pertenecía a una familia, que, como la mayoría de las familias tradicionales orcas, se había dedicado desde muchas generaciones atrás al arte de la guerra. Rápidamente destaco entre los demás reclutas, ascendiendo y llegando a teniente coronel en el apogeo de su carrera. Sin embargo, tras una actuación desafortunada en una operación militar contra unos rebeldes, que concluyó con la pérdida de casi toda su unidad, Thurk’hal fue “retirado voluntariamente” del ámbito militar, y se le ofreció como compensación el puesto de caudillo de una pequeña colonia minera. El orco encontraba aborrecible su nuevo trabajo, y la falta de acción repercutía en su estado de ánimo, irascible debido al ansia de sangre contenida. La rebelión le brindó una oportunidad de volver a experimentar aquello para lo que había sido entrenado desde pequeño, así que en cuanto supo que los mineros se habían levantado, fue directo a enfundarse su vieja y pesada armadura, que tenía colgada encima de su cama como una preciada reliquia del pasado. No encontraba el momento de ponerse a rebanar cabezas.

Al mismo tiempo, en la capital cundía el pánico. La gente corría de un lado a otro buscando a sus seres queridos desesperadamente, mientras las familias de los sublevados escapaban de los guardias orcos que, ante la muerte de sus compañeros, no dudaban en asesinar a sangre fría a todo aquel que perteneciese a una familia minera como acto de venganza personal. Afortunadamente para ellos, los guardias dejaron la macabra persecución tan pronto como el caudillo salió a la plaza principal y comenzó a organizar la defensa.

En una taberna de la zona alta de la ciudad, la noticia de la rebelión parecía no haber llegado, o, presumiblemente, parecía no haberle importado a nadie. Los cuatro borrachos de siempre se apoyaban pesadamente en la barra saboreando cada trago del pestilente licor que el tabernero parecía no tener ningún reparo en servirles. Aparentemente, para los borrachos era casi como néctar de ambrosía. En una mesa situada a la luz de un lúgubre candil, un grupo de obreros disfrutaban de su único momento de ocio apostando su escasa asignación semanal a los dados. La única figura que destacaba en esa decrépita estampa era la de un joven embutido en una túnica que en sus tiempos debía de haber sido de un azul brillante. Bebía un vaso de whisky apoyado en la barra, sumido en sus pensamientos.

La escena se vio interrumpida de pronto por un guardia orco que irrumpió sin miramientos en la taberna. Antorcha en mano, parecía estar avisando puerta por puerta del caos que se avecinaba. Al ver que nadie le hacía caso, salió con la misma rapidez con la que había entrado. No perdería tiempo salvando a un par de borrachos de los rebeldes, con un poco de suerte morirían intoxicados por el garrafón antes de que llegasen. Sin embargo, poco después del aviso, el hombre de la túnica pago su copa y se fue sin decir adiós. Ninguno de los presentes le echaría de menos.

La primera explosión se oyó poco después. Enormes cascotes de piedra volaron por los aires, cayendo sobre las casas cercanas. Por la enorme brecha que la dinamita produjo en la muralla, extendiendo la puerta casi al doble de su tamaño original, los rebeldes entraron en tropel esgrimiendo picos, horcas y las armas que les habían robado a los guardias. El caudillo mandó a sus hombres cargar contra ellos. A los pocos segundos, una sangrienta batalla se extendía a lo largo de toda la entrada. A pesar de la superioridad física de los orcos y a sus pesadas armaduras, los rebeldes estaban en proporción de cinco a uno. Thurk’hal ordenó retirarse a la plaza a los pocos guardias que aún quedaban en pie, rodeados por una masa de mineros con ansias de venganza. El líder orco sabía que la batalla estaba perdida, pero iba a llevarse al mayor número de enemigos con él.

Los rebeldes, conscientes de su inminente victoria, cargaron contra los guardias de la plaza. Estaban a sólo unos metros de llegar cuando una enorme bola de fuego rayó la oscuridad e impactó contra la vanguardia de los rebeldes. Varios cuerpos salieron volando envueltos en llamas, mientras que el fuego se había prendido en las harapientas ropas de varios mineros, que corrían desesperados. A los pocos segundos, una segunda bola impactó justo en la retaguardia, causando estragos similares y atrapando a los rebeldes entre dos muros ígneos Desesperados, muchos intentaron cruzar las llamas para salir de aquella muerte segura. Sólo unos pocos sobrevivieron y lograron escapar a los bosques cercanos.

Los orcos contemplaron la escena con admiración. Los más supersticiosos se habían echado al suelo rezando a sus dioses, pronunciando incongruentes oraciones en las que se mezclaban alabanzas por lo ocurrido y ruegos para que ellos no fuesen los siguientes. Thurk’hal, sin embargo, miraba en dirección contraria. Sabía que lo que acababa de contemplar no era obra de ningún dios, sino de un mago, y uno muy poderoso. Y allí estaba, un joven con una túnica de mago de un color azul apagado, cuya sonrisa era la de un artista que contempla orgulloso su propia obra. Esta noche, pensó Thurk’hal esbozando una sonrisa triunfal, habría fiesta. Y él sería su invitado de honor.

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